Hacer o no hacer, esa es la cuestión

El dilema de una política que no se sanea ni sabe cómo continuar, con instituciones con normas laxas que se adaptan "según la cara del cliente". Debatir otros escenarios para la Argentina. Romper con el drama constante y permitirnos un rol decisivo como ciudadanos.

"Ser o no ser, esa es la cuestión" (en inglés, "to be, or not to be, that is the question") es la multicitada frase del monólogo del personaje Hamlet de la obra de teatro "Hamlet, principe de Dinamarca", de William Shakespeare. Plantea un dilema básico y absoluto: existir o no. Es que una vez de plantear la frase que ha trascendido la obra para sumarse al léxico cotidiano en todo Occidente, el personaje del drama del dramaturgo británico plantea; "¿Cuál es más digna acción del ánimo, sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta, u oponer los brazos a este torrente de calamidades, y darlas fin con atrevida resistencia? Morir es dormir." 

Hamlet se plantea si ante la complejidad de la vida, con sus contrariedades y sufrimientos, es mejor aceptar que así son las cosas, con todo el dolor incluido como parte del "combo" de vivir, o renunciar a seguir respirando.  

En forma análoga, el planteo puede trasladarse en días aciagos como los de una pandemia que parece eterna, al Gobierno y a la política.

Hay runrunes de anarquía y sucesiones automáticas en medio de una nueva crisis de confianza que es transversal a todos. Algo así implicaría al menos un par de opciones: un suicidio de la democracia, o un final de era con el ejercicio de la política (y con ella, de la economía y todo lo que le es inherente) tal como la conocemos para confiar en una resurrección salvadora de una nueva generación con acuerdos distintos para la convivencia.

¿Pero qué resultaría de aceptar que ser argentino implica en forma obligatoria aceptar en forma resignada la anomia, el ventajismo, el asalto al poder por parte de los oportunistas y una Constitución y normas que se desvanecen o reconfiguran según sea quien la esgrima? 

Estamos ante un dilema shakespereano en el que tanto los gobiernos como la política en todas sus expresiones no saben si hacer o no hacer. Juntan fuerzas para sobrellevar la carga, pero no saben o no pueden desembarazarse de su enorme peso, que los ancla en un presente continuo y no permite avizorar horizonte alguno.

En este marco, ¿se hacen cambios, se gobierna, se ejerce el poder o se espera "para después", sin saber si habrá oportunidad?

Volviendo sobre la obra de Shakespeare y a la analogía posible, la hipocresía, la razón y la locura confluyen para darle el triunfo a la muerte, en una escena en donde todos se vengan de todos y se envenenan...

En función de lo que vivimos y vemos a diario en torno a que la decisión de la política de sostener a cómo dé lugar el estado de cosas en donde aunque le resulten adversas las circunstancias, ya se han acostumbrado a vivir en el fango, la convocatoria ya no es a que el escenario modifique el guión trazado por las circunstancias, sino que el público defina que quiere que se interprete, en todo caso, otra obra. Dependerá de la capacidad de los espectadores en volverse protagonistas y elegir, en todo caso, a los dramaturgos adecuados para una realidad con un final más feliz que el que se vive a diario y en forma repetitivamente hartante.

Monólogo Ser o no ser, esa es la cuestión (Hamlet)

Ser, o no ser, ésa es la cuestión.
¿Cuál es más digna acción del ánimo,
sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta,
u oponer los brazos a este torrente de calamidades,
y darlas fin con atrevida resistencia?
Morir es dormir. ¿No más?
¿Y por un sueño, diremos, las aflicciones se acabaron
y los dolores sin número,
patrimonio de nuestra débil naturaleza?...
Este es un término que deberíamos solicitar con ansia.
Morir es dormir... y tal vez soñar.
Sí, y ved aquí el grande obstáculo,
porque el considerar que sueños
podrán ocurrir en el silencio del sepulcro,
cuando hayamos abandonado este despojo mortal,
es razón harto poderosa para detenernos.
Esta es la consideración que hace nuestra infelicidad tan larga.
¿Quién, si esto no fuese, aguantaría la lentitud de los tribunales,
la insolencia de los empleados,
las tropelías que recibe pacífico
el mérito de los hombres más indignos,
las angustias de un mal pagado amor,
las injurias y quebrantos de la edad,
la violencia de los tiranos,
el desprecio de los soberbios?
Cuando el que esto sufre,
pudiera procurar su quietud con sólo un puñal.
¿Quién podría tolerar tanta opresión, sudando,
gimiendo bajo el peso de una vida molesta
si no fuese que el temor de que existe alguna cosa más allá de la Muerte
(aquel país desconocido de cuyos límites ningún caminante torna)
nos embaraza en dudas
y nos hace sufrir los males que nos cercan;
antes que ir a buscar otros de que no tenemos seguro conocimiento?
Esta previsión nos hace a todos cobardes,
así la natural tintura del valor se debilita
con los barnices pálidos de la prudencia,
las empresas de mayor importancia
por esta sola consideración mudan camino,
no se ejecutan y se reducen a designios vanos.
Pero... ¡la hermosa Ofelia! Graciosa niña,
espero que mis defectos no serán olvidados en tus oraciones.

Hamlet: III acto, escena 1.

William Shakespeare

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