El deber de honestidad

Escribe en esta nota José Jorge Chade: "La honestidad es la más radical inversión de la concepción del poder como un privilegio de una o más personas, que reconoce sólo a esa persona el derecho a decidir sobre la vida de los demás".

José Jorge Chade
Presidente de la Fundación Bologna Mendoza

Leyendo el libro "La esperanza no está en venta" de Luigi Ciotti (Ed. Giunti, Florencia, 2011), y, reflexionando con las palabras del autor desde su introducción cuando recuerda el dicho "mientras haya vida hay esperanza", dicho muy antiguo, lui dice que no es suficiente estar vivo para esperar: se necesita también creer en la justicia y empeñarse en construirla.

La honestidad es la más radical inversión de la concepción del poder como un privilegio de una o más personas, que reconoce sólo a esa persona el derecho a decidir sobre la vida de los demás.

Un Estado democrático no puede aceptar esta disparidad, debe transformar la facultad de unos pocos en derecho de todos, exige que las reglas de convivencia sean la expresión de una voluntad común, garantizando aspiraciones y necesidades colectivas. Y aunque permita la presencia de una o más personas en el gobierno de la comunidad, éstas serán elegidas mediante elecciones libres y dotadas de un poder que ya no se mide en términos de arbitrariedad, sino de responsabilidad.

En democracia, quien resulta elegido debe responder ante los ciudadanos y la responsabilidad no concierne sólo a los actos públicos, sino en cierto modo también a su vida privada. Debe ser una vida libre de privilegios, y no alejada, en términos de condiciones y oportunidades, de la de los demás. Un político que en privado contradice lo que afirma en público, que hace alarde del lujo y hace de la riqueza un símbolo de poder -aunque sea legítimamente acumulado- demuestra que no ha comprendido que, en democracia, forma y fondo van de la mano. No se puede cuidar del bien común y ponerse, aunque sea simbólicamente, por encima de los demás.

Es un problema de credibilidad que los Griegos, conscientes de cómo el poder podía corromper las almas, comprendieran en toda su extensión. Platón llegó incluso a proponer antídotos rigurosos, hasta el punto de recomendar que los políticos, "guardianes de la república", no dispongan de bienes personales, vivan en casas abiertas a todos y, siendo los únicos ciudadanos, no manejen "oro y plata". Hoy en día bastaría que quien entra en política lo hiciera con espíritu de servicio, sintiendo, además del deber de competencia, el de honestidad y sobriedad.