El filtro silencioso: la desigualdad empieza mucho antes de la escuela
La autora plantea la vida previa a periodo escolar. Una mirada que busca algunas razones que explican los traumas más profundos.
Hay una pregunta que casi nunca hacemos cuando hablamos del futuro de Mendoza: ¿qué le está pasando a nuestros niños antes de que lleguen a la escuela?
Nos preocupamos por la comprensión lectora, por las matemáticas, por la deserción secundaria, por la universidad, por el empleo del futuro y por las nuevas tecnologías. Discutimos cuánto aprenden nuestros adolescentes y qué profesionales necesitará Mendoza dentro de diez o veinte años.
Pero muchas veces llegamos tarde. Porque una parte decisiva de esas trayectorias comienza mucho antes. Comienza durante la gestación y se acelera durante los primeros años de vida.
Por eso la primera infancia no puede seguir siendo considerada una cuestión exclusivamente familiar, asistencial o educativa. Es una cuestión de desarrollo humano, salud pública, igualdad, economía y derechos.
La propia Ley Nacional 27.611, conocida como Ley de los 1000 días, reconoce ese período -desde la gestación hasta los tres años- como una etapa crítica para el desarrollo físico, emocional y social, y plantea la responsabilidad articulada del Estado, las familias y la comunidad.
No significa que el destino de una persona quede escrito antes de cumplir tres años. Significa algo más serio: que las condiciones en las que transcurren esos primeros años pueden abrir o cerrar oportunidades futuras. Y ahí aparece el verdadero problema.
La desigualdad no empieza en el aula
Un niño no llega a primer grado solamente con una mochila. Llega con una historia. Llega con las palabras que escuchó, con los libros que tuvo -o no tuvo- al alcance de la mano, con las veces que alguien jugó con él, con la calidad de su alimentación, con sus controles médicos, con las horas que durmió, con la seguridad de su vivienda, con el modo en que los adultos respondieron a su llanto, con la posibilidad de sentirse protegido, con los abrazos que le dieron o le faltaron.
Llega, incluso, con algo que las estadísticas no siempre consiguen medir: la experiencia de haber sido mirado, escuchado y esperado por alguien. Por eso hablar de primera infancia es hablar de lo material, pero también de lo emocional. Un niño necesita alimentos, vacunas, vivienda y atención sanitaria. Pero también necesita conversación, contacto, juego, afecto, límites seguros y adultos disponibles.
La evidencia sobre desarrollo infantil sostiene que las interacciones tempranas y los entornos de crianza tienen efectos sobre el desarrollo y los aprendizajes posteriores. El propio Estado argentino define esos entornos como los espacios donde transcurre la vida cotidiana de los niños: hogares, centros de salud, instituciones educativas, espacios comunitarios y de cuidado.
Por eso la pobreza infantil no puede medirse solamente en pesos. También existe una pobreza de tiempo, de estímulos, de oportunidades, de protección y de vínculos.
Mendoza no puede mirar solamente el promedio: los últimos datos permiten mirar la situación con mayor precisión.
UNICEF acaba de publicar Crecer en Argentina: Panorama provincial de la infancia, un estudio que reúne información de las 24 jurisdicciones y construye un Índice Provincial de Niñez a partir de cuatro dimensiones: condiciones materiales, educación, salud y violencia. Para 2025, el promedio nacional fue de 0,630; Mendoza aparece entre las provincias con valores ubicados aproximadamente entre 0,69 y 0,76.
Pero hay una advertencia que debería importarnos especialmente: una provincia puede mostrar buenos indicadores generales y, al mismo tiempo, esconder enormes diferencias dentro de su propio territorio. El informe señala expresamente que las desigualdades también existen al interior de cada jurisdicción. Mendoza conoce demasiado bien lo que significa que el código postal condicione las oportunidades.
En el segundo semestre de 2025, la pobreza infantil en el aglomerado Gran Mendoza se ubicó en torno al 45%, según datos de la EPH difundidos por INDEC; esto equivale a más de 107 mil niños, niñas y adolescentes en hogares por debajo de la línea de pobreza.
Es cierto que se trata de una mejora respecto de 2024. Pero una mejora estadística no debería hacernos perder de vista la dimensión humana del problema.
Detrás de cada porcentaje hay una infancia concreta: un chico que quizá come peor, una madre que posterga un control médico, un padre que trabaja todo el día y llega exhausto, una familia que comparte una habitación, una mujer que no puede aceptar un empleo porque no tiene con quién dejar a su hijo, un niño que pasa demasiadas horas frente a una pantalla porque nadie tuvo tiempo para jugar con él. Y también un niño que espera.

Los hijos de padres sin tiempo
Hay una conversación incómoda que también deberíamos tener: no toda vulnerabilidad infantil nace de la pobreza económica.
Hay niños perfectamente alimentados, escolarizados y cuidados materialmente que también viven una forma de orfandad emocional cotidiana.
Padres y madres que trabajan muchas horas, que llegan cansados, que deben resolver simultáneamente empleo, economía doméstica, tareas escolares, transporte, cuidados, actividades extraescolares y problemas familiares. Adultos hiperocupados, agotados; adultos presentes físicamente, pero muchas veces ausentes emocionalmente.
No se trata de culpabilizar a las familias, ya tienen suficiente con su día a día, todo lo contrario. Se trata de reconocer que criar también necesita condiciones sociales. No podemos pedirles a las familias que produzcan tiempo, descanso y bienestar cuando el mercado laboral, los horarios, los ingresos y la organización social del cuidado muchas veces conspiran contra ellos.
Por eso el cuidado debe dejar de ser entendido como un asunto privado de las mujeres y en muchas ocasiones del los y las abuelas. Es una responsabilidad social y una serie de políticas públicas. También una cuestión económica.
Cuando no existen espacios suficientes y de calidad para el cuidado de niños y niñas pequeñas, quienes mayoritariamente resignan empleo, ingresos o formación son las mujeres. Es decir, la primera infancia, también se conecta directamente con la autonomía económica femenina.
Y después está aquello de lo que muchas veces no queremos hablar
Esa dimensión más dolorosa: la violencia contra las infancias. Los gritos, la humillación, los golpes, el abandono, la negligencia, el abuso. La violencia dentro de hogares que desde afuera parecen normales.
Los últimos datos nacionales disponibles de UNICEF muestran que alrededor del 59% de las niñas y niños de 1 a 14 años experimentaron métodos de crianza violentos, incluyendo agresiones verbales y castigo físico. UNICEF advierte que cerca de 60% de niñas, niños y adolescentes experimentaron agresiones verbales o castigo físico durante su crianza.
No podemos hablar de desarrollo infantil mientras naturalizamos la violencia como método de crianza. Y mucho menos podemos hablar de futuro si no somos capaces de proteger a quienes todavía no tienen las herramientas para defenderse.
El abuso sexual infantil requiere una mirada aún más específica. Muchas veces ocurre en entornos de confianza y la ausencia de registros completos hace que dimensionar el fenómeno resulte difícil. UNICEF señala justamente que todavía existe una importante falta de información sistemática sobre violencia y abuso sexual contra niños, niñas y adolescentes.
Por eso, la detección temprana no puede depender de la casualidad. Pediatras, docentes, cuidadores, equipos de salud, trabajadores sociales y todos aquellos que están en contacto cotidiano con niños necesitan herramientas para identificar señales de alerta y activar los sistemas de protección. La primera infancia necesita políticas que simultáneamente aborden conceptos como desarrollo infantil integral, entornos de crianza, corresponsabilidad, pobreza multidimensional, pobreza de tiempo, disponibilidad emocional, protección integral e interés superior del niño.
Los niños que esperan una familia
También están aquellos niños y niñas que, por diferentes circunstancias, no pueden permanecer con su familia de origen. Niños y niñas que ingresan al sistema de protección, que viven en hogares del Estado (ETI), que esperan una decisión judicial, que esperan una familia.
Y aquí nos hacemos una pregunta fundamental: ¿Qué necesita ese niño? No qué adulto tiene derecho a ser padre o qué familia está esperando, o qué trámite falta completar.
El eje debe ser el interés superior del niño, su derecho a crecer en un entorno familiar y la necesidad de que las decisiones sean rápidas, cuidadosas y acompañadas profesionalmente. Para un adulto, un año puede resultar una demora, para un niño pequeño o una niña, un año puede ser una parte enorme de su vida.
La primera infancia no es una política social más
Tal vez este sea uno de los cambios culturales que Mendoza necesita: dejar de mirar la primera infancia solamente desde el asistencialismo.
No estamos hablando únicamente de jardines maternales, leche, pañales o vacunación. Estamos hablando de capital humano, salud mental, desarrollo cognitivo, lenguaje, nutrición, vínculos, prevención de violencias, corresponsabilidad familiar, igualdad de género y movilidad social. También hablamos de desarrollo económico.
El propio marco del Plan 1000 días plantea que las intervenciones durante esta etapa tienen efectos sobre la salud, el bienestar, el aprendizaje y la productividad a lo largo de la vida, por eso invertir en un niño pequeño no es gastar en el presente.
Quizá tengamos que empezar a medir las políticas públicas de otra manera: no solamente cuántos jardines inauguramos, sino cuántos niños tienen una vacante. No solamente cuántas raciones entregamos, sino cuántos niños crecen con nutrición adecuada. No solamente cuántos controles médicos realizamos, sino cuántos problemas detectamos a tiempo. No solamente cuántos casos de violencia denunciamos, sino cuántos logramos prevenir. No solamente cuántas familias adoptan, sino cuánto tiempo espera cada niño una familia.
Hay una frase que debería atravesar cualquier discusión sobre presupuesto, educación, salud o desarrollo:
¿Qué estamos haciendo hoy por el niño/niña que dentro de quince años va a vivir la Mendoza que estamos construyendo?
Ese niño o esa niña todavía no vota. No reclama. No participa de una paritaria, no puede pedir una audiencia, no puede explicar que tiene hambre, no puede decir que tiene miedo, denunciar que algo le duele, porque depende completamente de los adultos, de su familia, de su comunidad. Y del Estado.
Por todo esto la primera infancia no debería ser la periferia de las políticas públicas. Debería ser su centro, porque podemos inaugurar rutas, construir hospitales, atraer inversiones y hablar de innovación. Pero hay una obra pública mucho más silenciosa que empieza en una cuna: garantizar que cada niño tenga la posibilidad real de desarrollar todo aquello que trae consigo al nacer.
La desigualdad no siempre entra por la puerta de una escuela, a veces entra mucho antes y muchas veces comienza cuando un bebé aprende, sin palabras, una de las primeras lecciones de su vida: si el mundo que lo rodea es un lugar seguro o un lugar del que debe defenderse.
Ahí también empieza Mendoza.