El fin de los salvadores y el verdadero desarrollo de Malargüe

Estamos atrapados entre la resignación del acá no pasa nada y la fantasía del gigante que despierta. Malargüe sigue sufriendo el mal del potencial. A propósito de la mirada del ingeniero Facundo Martínez que le pone letrero a una verdad incómoda.

Horacio Marinaro
Exconcejal de Malargüe por el PD.

Es hora de dejar de esperar salvadores externos y empezar a construir el desarrollo con los pies en la tierra. Basta de esperar milagros para salir de la eterna promesa, del gigante dormido a la realidad diaria.

En una reciente carta al lector publicada en un medio local malarguino, el ingeniero Facundo Martínez puso letrero y nombre a una enfermedad invisible pero demoledora para nuestro departamento, el "mal del potencial". Esa adicción colectiva a vivir esperando la gran promesa que tarda en llegar, la megaminería salvadora, el gran trasvase o el megaproyecto de turno, mientras el presente se desmorona y nuestros jóvenes siguen buscando destino en otras latitudes.

El diagnóstico de Martínez es certero porque describe la tensión cotidiana de Malargüe, la parálisis entre la resignación del acá no pasa nada y la ilusión permanente del gigante que está por despertar. Sin embargo, los gigantes no despiertan con discursos políticos ni con maquetas de inversión; despiertan con infraestructura vial, reglas claras, seguridad jurídica y una matriz productiva diversificada que no dependa del humor del estado ni de la estacionalidad de un solo sector.

La radiografía de una economía condicionada, es reconocer el punto de partida no es ser pesimista; es hacer un diagnóstico quirúrgico para dejar de tomar decisiones sobre fantasías. La realidad de la matriz productiva malargüina hoy nos muestra:

Dependencia del gasto público, un sector público hipertrofiado que actúa como único refugio frente a la falta de oportunidades privadas, en un momento donde el propio Estado atraviesa reestructuraciones profundas.

Transición hidrocarburífera e incertidumbre minera, el declive del petróleo convencional impacta de lleno en empleo y proveedores. Si bien la exploración minera y el no convencional generan altas expectativas, la minería, salvo por actividades consolidadas como el yeso, aún no incide masivamente en el bolsillo diario del vecino ni en el mostrador del comercio local.

Turismo limitado por la conectividad, pero contamos con una riqueza natural envidiable, pero condicionada por la estacionalidad y el deterioro crónico de rutas clave como la RN 40, la RP 186 y la RP 180, además de una débil conectividad aérea y digital.

Identidad ganadera sin escala industrial. La ganadería sostiene el orgullo puestero, pero la falta de formalización y escala comercial impide generar valor agregado local, vendiendo gran parte de la producción en pie a precios de liquidación.

Tres ejes concretos para pasar del diagnóstico a la acción

Para curarnos del mal del potencial y evitar que los proyectos se conviertan en meros anuncios de campaña, la dirigencia política, las instituciones intermedias y la comunidad debemos exigir la ejecución de medidas estructurales inmediatas:

Matriz de proveedores Venido y quedados con auditoría real. Reglamentar marcos normativos vinculantes que obliguen a las empresas mineras y petroleras a contratar mano de obra local y PyMEs malargüinas, acompañados por auditorías transparentes de impacto económico departamental.

Fondo de infraestructura para la conectividad productiva. Destinar un porcentaje directo de las regalías hidrocarburíferas y mineras a un fondo fiduciario no condicionable, de gestión transparente y participativa, para la pavimentación y mantenimiento prioritario de los corredores productivos (RP 186 a Pata Mora, RP 180 y RN 40) y la conectividad rural.

Industrialización de la cadena ganadera y valor en origen. Formalizar la actividad ganadera mediante centros de acopio, frigoríficos locales y financiamiento técnico que le permitan al puestero procesar su producción en el departamento, generando mano de obra directa.

Llamado a la acción territorial, como bien plantea Martínez, la pregunta ya no es qué nos pasa, sino qué vamos a hacer. Y desde este espacio, la respuesta es clara, no nos vamos a mover un milímetro de la exigencia, del diagnóstico con los pies en la tierra y del trabajo diario por la dignidad de nuestro pueblo

Pasar de la queja a la acción exige territorialidad, valentía y proyectos con arraigo local. La Bicameral de Futuro, los planes de ordenamiento territorial y las mesas sectoriales solo tendrán sentido si sirven para esto, para transformar la eterna promesa en una próspera y verdadera realidad.

Dejar de ser una promesa exige cambiar de raíz la forma de pensar el desarrollo. Ni la capital provincial ni los salvadores externos van a planificar el Malargüe que necesitamos si no lo definimos nosotros primero.

La pregunta ya no es qué nos pasa, sino qué vamos a hacer para pasar de la queja a la acción y convertir el potencial en una próspera realidad.

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