Malvinas, que la ilusión no nos enceguezca

Durante prácticamente los 33 meses de gobierno del actual oficialismo, Malvinas estuvo lejos de ocupar un lugar prioritario en la agenda nacional. ¿Por qué?

Por: Luis Giachino
Dirigente de "La Juan Bautista"

El mismo presidente, hace unos meses, promovió la candidatura de Sabrina Ajmechet, hoy diputada Nacional en el Congreso de la Nación, conocida por su posición anti Malvinas y pro inglesa. Milei veía en una bandera un muro. Lo dijo. Están los videos. Y no puede llevarse bien con la Vicepresidente por que ella es nacionalista y Católica. Y es un ferviente admirador de una criminal de guerra, como Tacher. También lo dijo.

Pero de un día para otro, el Presidente decidió colocar nuevamente a Malvinas, en el centro de la escena.

Por cadena nacional, Javier Milei afirmó que las Malvinas son argentinas y que los habitantes de las islas, a quienes anteriormente había reconocido capacidad para autodeterminarse, no tienen derecho a decidir sobre una cuestión de soberanía. También anunció sanciones para empresas vinculadas con la explotación de recursos naturales en las islas y presentó una serie de medidas como parte de una nueva política sobre Malvinas.

Que un presidente argentino reivindique nuestra soberanía no debería sorprendernos. Lo que debería preocuparnos es el cambio de posición, el momento elegido y, sobre todo, la velocidad con la que algunos comenzaron a presentar este giro como si estuviéramos frente a una nueva y profunda estrategia nacional.

Sabemos de los vaivenes emocionales e intelectuales del actual presidente. Sabemos que en un abrir y cerrar de ojos no duda en cambiar de opinión a pesar de haber expresado exactamente lo contrario. Y siempre por conveniencias y no por convicciones y principios.

Porque Malvinas no se recupera en una cadena nacional.

Una cosa es anunciar una política y otra muy distinta es construirla. Una cosa es pronunciar las palabras correctas y otra sostener durante años una estrategia diplomática, económica, jurídica y militar coherente.

Después del discurso, algunos de quienes tenemos derecho a esperar análisis serios y prudentes parecieron descubrir, casi de inmediato, una nueva gran estrategia nacional. Y allí es donde deberíamos detenernos.

¿De verdad estamos frente a un cambio estratégico o estamos frente a un oportunismo político?

La pregunta no es menor.

Malvinas toca una fibra que ningún político argentino debería utilizar con liviandad. Es una causa que atraviesa generaciones y en ese camino hay argentinos que dejaron sus vidas. Hay veteranos, familias heridas y una historia que todavía duele. Precisamente por eso, quienes tienen la responsabilidad de pensar y formar opinión deberían ser los primeros en desconfiar de los cantos de sirena.

Una encuesta de la consultora "Tres Punto Cero", señala que el 85% de los argentinos se considera muy o bastante nacionalista. Si ese dato es correcto, alcanza para entender por qué Malvinas puede convertirse en una formidable herramienta de posicionamiento político.

Y allí aparece el verdadero peligro: que confundamos la defensa de una causa nacional con la utilización política de esa causa.

El Gobierno anunció sanciones contra empresas que intervengan en la explotación de hidrocarburos en las islas. Es una medida que deberá ser analizada por sus efectos concretos y por la estrategia que la acompañe. Porque hoy Malvinas no es solamente una discusión histórica o diplomática: los recursos naturales del Atlántico Sur y particularmente el petróleo, tienen una importancia creciente. La proyección sobre el Continente Antártico está en la mira del mundo y es una pieza central en el nuevo orden geopolítico que se está intentando generar. En ese tiroteo de potencias, la Causa Malvinas nada les importa . Son otros los protagonistas y otros los intereses. Si fuera una partida de ajedrez, a nosotros nos estarían reservando el papel de los peones que serán sacrificados para ganar el juego.

Por eso no podemos permitir que el entusiasmo reemplace al análisis.

Tampoco podemos perdernos en la confusión de procesos absolutamente diferentes. La situación de Irlanda del Norte, Escocia o Gales responde a historias, estructuras jurídicas y realidades económicas que nada tienen que ver mecánicamente con nuestra disputa de soberanía sobre Malvinas. Pretender trasladar aquellas experiencias a nuestro conflicto es, como mínimo, una simplificación peligrosa.

Malvinas exige perspectiva.

Y exige, sobre todo, continuidad.

Porque si algo ha demostrado este gobierno es su capacidad para tomar conceptos, apropiárselos, utilizarlos políticamente y luego desnaturalizarlos. Pasó con la palabra "derecha", pasó con el "liberalismo", pasó con la palabra "honestidad" y pasó con otras banderas que terminaron convertidas en herramientas de conveniencia.

No permitamos que ocurra lo mismo con Malvinas.

No es razonable que personas de reconocida trayectoria intelectual o profesional se conviertan en presas fáciles de una maniobra política simplemente porque, esta vez, el Gobierno pronunció palabras que todos queremos escuchar.

Si mañana cambia nuevamente de posición ¿qué quedará de esa supuesta estrategia?

Malvinas no puede depender del humor, la conveniencia o las necesidades electorales de ningún gobierno.

Por eso el contraste con Victoria Villarruel resulta inevitable. Si ese mismo discurso hubiera sido pronunciado por ella, tendría otro significado para muchos argentinos, no porque Villarruel sea dueña de Malvinas, sino porque su vínculo con la causa viene de mucho antes de ocupar una función pública y está atravesado, además, por su condición de hija de un Veterano de Guerra.

Malvinas no es de Milei.

Malvinas es de la Patria.

Es de quienes combatieron, de quienes murieron, de quienes volvieron, de sus familias, de quienes cargan todavía sus heridas de todos los Argentinos , es del pasado y de las generaciones de Argentinos que vendrán.

Por eso debemos ser prudentes. No debemos permitir que la emoción nos impida mirar la realidad. No debemos confundir un anuncio con una política de Estado ni un oportunismo político con una estrategia nacional.

Malvinas volveremos.

Así lo decía mi madre en sus cartas y discursos.

Hoy habría que agregarle, seamos dignos. Y quizás esa frase contenga una enseñanza mucho más profunda que cualquier cadena nacional:

"Seamos dignos de volver con la frente alta, sin salir de un señor para jurarle lealtad a otro señor."

Porque Malvinas no necesita nuevos dueños.

Necesita una Nación que sepa defenderla.

Con inteligencia, con paciencia, con estrategia y, sobre todo, con dignidad.

Malvinas volveremos. Pero que la ilusión no nos enceguezca.

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