Malvinas: el banderazo de la selección y la oportunidad de una diplomacia soberana

La histórica manifestación malvinera de la selección fue rescatada por la sociedad argentina. Hay un vínculo profundo entre fútbol y soberanía. Mientras el gobierno se empeña en cuestionar ese gesto valioso y deja pasar la oportunidad de capitalizar diplomáticamente el suceso.

Guillermo Carmona
Abogado exsecretario de Malvinas, Antártida y Atlántico Sur

 La Cuestión Malvinas ha vuelto a situarse en el centro del debate público, en este caso impulsada no por la estrategia del gobierno nacional, sino por la fuerza de los símbolos y la realidad geopolítica. Existe un contraste manifiesto: mientras los jugadores de la selección protagonizaron un histórico banderazo malvinero y la sociedad argentina rescata ese vínculo profundo entre fútbol y soberanía, el gobierno se empeña en cuestionar ese gesto valioso y deja pasar la oportunidad de capitalizar diplomáticamente un momento en que el mundo mira a la Argentina y toma consciencia de la injusticia del colonialismo británico; mientras la gestualidad de la selección impacta significativamente en la reputación internacional de Gran Bretaña y evidencian el carácter anacrónico del colonialismo, la política exterior del gobierno de Javier Milei insiste en transitar un camino inverso, marcado por el rechazo de la expresión malvinera, la aquiescencia ante la acción colonialista y la concesión de ventajas a la potencia colonial.

Los riesgos de la desmalvinización y la farsa diplomática

Es imperativo señalar que la actual gestión ha protagonizado un retroceso de una gravedad sin parangón en la historia democrática reciente. Bajo una narrativa de supuesta cercanía a la recuperación de las islas, se oculta una realidad de inacción y una predisposición inusitada a la entrega de soberanía. Un ejemplo crítico es la complacencia ante la exploración de hidrocarburos: por primera vez en años, los británicos están cerca de extraer petróleo en el Atlántico Sur gracias a la participación de empresas con vínculos estrechos con aliados estratégicos del gobierno, sin que haya ejercido una presión diplomática efectiva para impedirlo. Un ejemplo de ello es que en los reiterados viajes del presidente a Israel nunca estuvo en su agenda la realización de gestiones para exigir que Navitas Petroleum, la empresa de capitales israelíes que ha permitido la resurrección del proyecto en el área León Marino (Sea Lion) y que fue sancionada por Argentina en 2023, se retirara de Malvinas.

Este escenario se agrava con la reedición de esquemas que recuerdan a los momentos más oscuros de nuestra diplomacia. El gobierno parece haber adoptado un "modo Galtieri", caracterizado por una confianza ingenua en que el alineamiento automático con potencias como Estados Unidos e Israel se traducirá en un apoyo a nuestra soberanía. Sin embargo, la historia y los hechos recientes demuestran lo contrario: a pesar de los roces entre los actuales gobiernos la alianza anglo-estadounidense se manifiesta inquebrantable, y la ausencia de estos países en foros clave como el Comité de Descolonización de la ONU ratifica que la subordinación estratégica argentina no está rindiendo frutos en relación con la Cuestión Malvinas.

Hacia una estrategia de presión y negociación real

Más allá de las críticas a las posiciones del presidente, la situación actual ofrece ventanas de oportunidad que la Argentina debe saber capitalizar mediante el despliegue diplomático coherente y proactivo:

- Frente a las disrupciones inconducentes provocadas por el actual gobierno se impone recuperar a la Cuestión Malvinas como una política de Estado.

- Aprovechar las grietas en la opinión pública británica: existe un "terremoto político" incipiente en el Reino Unido provocado por el cuestionamiento al costo económico y moral del colonialismo. Intelectuales británicos y sectores de la población -especialmente aquellos con raíces en excolonias o naciones constitutivas del Reino Unido como Escocia y Gales- ven con ojos críticos la reticencia de su gobierno a negociar. La Argentina debe profundizar su diplomacia pública para visibilizar la Cuestión Malvinas como un caso de violación al derecho internacional que afecta la reputación de Londres.

- Retomar el hilo histórico de las negociaciones que el Reino Unido congeló tras el Conflicto del Atlántico Sur de 1982: es fundamental recordar que ya existió un proceso de negociaciones efectivas entre 1966 y 1982 en el marco de la Resolución 2065 de la Asamblea General de las Naciones Unidas. La Argentina tiene una tradición de coherencia diplomática que busca una solución negociada sobre el ejercicio de la soberanía, respetando siempre el modo de vida de los isleños conforme a la Constitución Nacional. Este enfoque es el que permite rebatir la retórica británica de la autodeterminación, la cual no es aplicable en este caso especial de colonialismo según las Naciones Unidas.

- Multilateralismo y pragmatismo soberano: En lugar de esperar gestos de potencias con intereses contrapuestos, la Argentina debe fortalecer sus alianzas en foros internacionales y lograr que aumente la presión internacional sobre la potencia incumplidora del derecho internacional. La verdadera negociación no vendrá de promesas secretas o "vínculos inquebrantables" de terceros, sino de la capacidad de presentar el colonialismo como un costo insostenible para el Reino Unido en el siglo XXI.

La causa Malvinas no puede ser objeto de especulaciones electorales ni de alineamientos ideológicos que desatiendan el interés nacional. Mientras la sociedad argentina reafirma su compromiso con la soberanía, el gobierno nacional debe abandonar la "farsa" de los anuncios vacíos y retomar una agenda de defensa activa de nuestra soberanía y derechos.

El objetivo es claro: recuperar el ejercicio de la soberanía por la vía diplomática, aprovechando la presión internacional y la creciente conciencia global sobre el fin del colonialismo. Malvinas es, y debe seguir siendo, una política que nos una en la inteligencia, la coherencia y la dignidad nacional.

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