El negocio del delirio y el maquillaje del 2027
El histórico proyecto del trasvase del Río Grande al Atuel vuelve a la escena pública no como una solución hídrica, sino como el burdo libreto de una campaña electoral anticipada.
Detrás de los nombres pomposos y los decretos de tribuna, el oficialismo provincial monta un escenario de obsecuencia para ocultar una realidad incontrastable: sin infraestructura real en Malargüe, el trasvase es inviable; y con el actual laberinto legal, es una entrega a plazos.
El oficialismo provincial ha vuelto a activar su aceitada maquinaria de humo y tejemaneje político. Con la firma del flamante Decreto 961, el gobernador Alfredo Cornejo, refrendado por sus ministros Natalio Mema y Jimena Latorre, creó el Consejo Consultivo Permanente de Asuntos Hídricos Interjurisdiccionales. Un título larguísimo, con ínfulas de alta diplomacia, diseñado específicamente para maquillar lo que en el fondo no es más que una oficina de blindaje político para decisiones que los burócratas capitalinos ya tomaron a mil kilómetros de las nacientes de nuestros ríos.
Es la política del aplauso y la alcahuetería. Una tribuna colmada de funcionarios obsecuentes que asienten con la cabeza mientras se cocina un nuevo engaño de cara al 2027 Prometen, con la liviandad que les da el desconocimiento absoluto del territorio, que el trasvase del Río Grande traerá el desarrollo definitivo del sur mendocino. Pero la historia no miente: en los despachos de Mendoza Capital, la palabra sur siempre terminó en los límites de San Rafael y General Alvear. A Malargüe solo le reservan el rol colonial de proveedor sumiso, poner el cuerpo, el territorio y el agua, para recibir a cambio la nada misma. Ni siquiera una obra básica de cloacas para nuestra gente.
La hipocresía es técnica antes que política. Cualquier manual de hidráulica e hidrología Básica - que los ingenieros del poder parecen ignorar voluntaria y convenientemente - demuestra que el Río Grande tiene un régimen de deshielo estrictamente nival. Caudaloso en verano y se deprime en invierno. Sin una obra de regulación que contenga y administre ese caudal, resulta técnicamente imposible trasvasar un metro cúbico de manera constante. Al dinamitar la licitación de Portezuelo del Viento y repartir alegremente esos 1.023 millones de dólares en asfalto y cañerías para el Gran Mendoza, el propio gobierno provincial dejó al trasvase flotando en el aire. Saben perfectamente que hoy no se puede hacer, pero el coro de aplaudidores prefiere seguir usando el agua como bandera de campaña antes que asumir la verdad.
Malargüe ya no puede seguir tolerando esta anestesia generalizada. La idea decimonónica de que nuestro suelo es una zona de sacrificio meramente ganadera o minera quedó obsoleta. Cualquier discusión seria sobre el agua de nuestra cuenca debe incluir, de manera irrenunciable, un cupo soberano para el desarrollo productivo, industrial y la conectividad rural de nuestro departamento. Lo demás es relato para la tribuna, aplaudido por los sospechosos de siempre que priorizan la disciplina partidaria por encima de la soberanía de la tierra que los sostiene.
Colonialismo Hídrico, Distribuir el agua con un colador. Es la política hídrica de la provincia ha encontrado en la escasez su mejor negocio discursivo. Bajo la pantalla de una administración supuestamente ejemplar, Irrigación opera con una lógica estrictamente extractiva respecto al sur. Ve a Malargüe como una cantera de recursos líquidos para subsidiar la ineficiencia estructural de los oasis tradicionales del norte.
En la provincia de la mentada cultura del agua, se dilapida casi la mitad del caudal en redes primarias, secundarias y terciarias de tierra sin impermeabilizar, perpetuando un riego arcaico que inunda suelos mientras los puestos de nuestro secano se mueren de sed. El ente regulador prefiere mirar al techo, cobrando puntualmente las tarifas hídricas, pero delegando la tecnificación al bolsillo del productor aislado. Al final del día, la ecuación de los burócratas cierra por el lado de la sumisión: es políticamente gratis licuar el Río Grande para saldar las deudas de un sistema obsoleto, antes que asumir el costo de exigirle inversión genuina al lobby del norte mendocino.
Para entender la magnitud de nuestra desidia, basta con mirar al norte y hacer un paralelismo con nuestra vecina provincia de San Juan. Las diferencias exponen la mentira de nuestro modelo hídrico.
El contraste de la eficiencia: Mendoza vs. San Juan
San Juan, ante una oferta de ríos más baja y crisis extremas, se vio obligada a optimizar y a empujar a sus productores a cuidar cada gota con el apoyo real de su Gobierno. En Mendoza, en cambio, como históricamente contamos con un mayor volumen de agua, gracias a la riqueza de las cuencas que nacen en Malargüe, el cambio cultural ha sido lento, cómodo y perezoso.
El Departamento General de Irrigación se jacta de su Plan Hídrico y de su flexibilidad de distribución, pero la realidad los pasa por arriba: seguimos regando por inundación como en el siglo XIX mientras pretendemos secar el Río Grande para sostener el derroche de los oasis del norte.
Cabe destacar que a la cabeza del organismo administrador del agua de Mendoza se encuentra el funcionario con mayor permanencia en el cargo, simplemente un tecnócrata que recientemente tomó conocimiento de que el agua es un elemento que moja.
El trasvase sin Portezuelo es un delirio técnico; y el trasvase bajo las actuales condiciones de entrega, es un saqueo a plazos. Mendoza es mucho más que el maquillaje electoral para el 2027, y Malargüe ya no se va a callar ante el colonialismo del agua