Lo bueno y lo malo

¿Entendemos que no todos creemos en las mismas soluciones a las cosas malas, para lograr llevar adelante las buenas?

Pablo Gómez

Todas las personas (o al menos la gran mayoría) deseamos que nuestros gobernantes hagan las cosas bien. Porque si las cosas se hacen bien, al país le va mejor, a la provincia también, y en definitiva a toda la sociedad que habita nuestro territorio. Pero la pregunta quizá sería: ¿entendemos que no todas las personas tenemos el mismo concepto de lo que es bueno y lo que es malo? ¿Entendemos que no todos creemos en las mismas soluciones a las cosas malas, para lograr llevar adelante las buenas?

Porque nadie comparte que haya inflación, inseguridad, falta de vacunas ni desocupación, pero quizá el tema es que no se comprende (o se prefiere no comprender) que, así como para hacer una tortilla hay que romper los huevos, para atacar los flagelos de la sociedad es necesario llevar adelante medidas puntuales. Y es que, para que la eterna frazada corta de la economía alcance, cualquier medida "buena" que se lleve a cabo trae aparejada otras no tan deseables, y no hay forma de escaparle al bulto en este tema: estamos quienes preferimos a esta medida "buena", y entendemos que hay que soportar por ella los efectos colaterales, y estamos quienes creemos que el mal generado no es tan colateral y supera a las supuestas bondades de la medida, que al fin y al cabo ni siquiera es tan buena.

Y es que en definitiva, ni todos hemos sido criados en hogares similares, ni en contextos socioeconómicos parecidos, y hasta nos dividimos entre quienes tuvimos niñez en Democracia o en dictadura; hemos asistido a distintos establecimientos educativos, y hemos sido influenciados por nuestra familia, por las/os vecinas/os con quienes jugamos y hasta por el verdulero de la esquina, siempre teniendo en cuenta que la verdulería de mi barrio no es la del resto de las personas, o al menos no de la gran mayoría de ellas.

Todo este bagaje de crianza y vida genera un concepto de lo bueno y de lo malo que muy probablemente no concuerde con el del resto de las personas. Tendremos ideas en común y otras diferentes; pero las que nos diferencian, nos igualan con otros grupos de personas, personas con las que se suele diferir en lo que con las anteriores se coincide. Y así están compuestas las sociedades: la nuestra, la de los países vecinos y la del lugar más lejano del mundo también: diferentes personas que (por suerte) tienen a veces conceptos comunes y otras veces diferentes, y que aun así conviven en la misma sociedad.

Si a esto le sumamos que, al momento de identificarnos con un sector de la política tendemos a sobrevaluar las virtudes de las personas con las que compartimos ideología, y a potenciar los defectos del resto... bueno, tenemos una combinación interesante de posibles conflictos. Porque uno puede hasta coincidir con otras personas sobre lo que es bueno y malo, y aun así, diferenciarse porque se priorizan los defectos del sector al que esa gente pertenece: aún en igualdad de análisis de un problema, tenemos, más de una vez, diferencias a la hora de elegir a la persona indicada para solucionarlo.

Resumiendo, el planteo del presente escrito es que no todos entendemos igual los problemas que nos aquejan, ni siquiera entendemos que deben ser las mismas personas quienes los solucionen, y aun así, estamos convencidos de que nuestra solución es la correcta. Puede que lo sea; pero puede que no. Hay que estar preparadas/os para esa posibilidad.

Es importante entender también que, aunque nuestra postura fuera la correcta, hay que escuchar la opinión de todas las personas que habitan en nuestro país, y tomar en conjunto la decisión que prefiera la mayoría. Puede que no nos guste, pero son las reglas del juego y en mi opinión, son correctas. El permanente y continuo uso de la Democracia deberá limar las asperezas, hacer soportables las diferencias, y permitirnos seguir participando, como sociedad, de las decisiones comunes. Es bueno que así sea, y sobre este tema, lo bueno y lo malo es claro y compartido.

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