Pandemiocracia: "Quedate encerrado que yo organizo tu vida"

Metidos en una película futurista que se hizo realidad, la democracia se juega sus principios fundamentales en medio de un consenso generalizado a que uno solo tome todas las decisiones por los demás. Una nueva forma de autoritarismo, con un virus como excusa o como impulsor.

Hay una pandemia real, vinculada a un virus y que pone en alerta a los sistema de salud de todo el mundo y otra que, paralelamente, involucra a las formas de gestión y gobierno, de relacionamiento entre fuerzas políticas y de estas con las libertades de la ciudadanía. La una ha llevado a la otra. El miedo y la ausencia de un horizonte claro -como lo están señalando numerosos analistas- están alineando a dirigentes, subordinando a opositores y hasta modificando normas constitucionales sin debate previo: parece haberse instalado un consenso tácito que se vuelve expreso cuando todos los factores involucrados en la vida económica dependen del que tiene el manejo de los recursos. Allí es cuando mientras unos están en terapia intensiva, luchando literalmente por sobrevivir, otros entran a "alineación y balanceo" desde la política, en una batalla sin cuartel por su continuidad en lo que hasta no hace mucho era un sistema que requería necesariamente de equilibrios, disensos y pluralidad de pensamiento.

La homogeneización de la política asusta, porque aplasta y excluye, hace tolerable lo que no debería serlo, impide la multiplicidad de alternativas a lo que se dice, analiza, diagnostica, propone y hace. Estamos aceptando con la cabeza gacha cosas que jamás hubiéramos podido asimilar antes de la pandemia: la Justicia hibernando, el Congreso desdibujado como resorte del Poder Ejecutivo, aspectos establecidos en la Constitución suspendidos por decreto y el parte diario de muertos e infectados cual balcón de la Casa Rosada y una plaza virtual detrás de cada televisor. 

Parece no haber otra salida para sustentar los gobiernos provinciales y locales en un país como Argentina en donde el mando lo tiene un Estado superdimensionado, que fue reclamado como tal, gigante y todopoderoso, hasta por los que se dijeron durante décadas cultores del libre mercado y defensores del liberalismo, aunque en teoría o bien, fronteras afuera.

La única rebeldía política que aparece como permitida dentro de este esquema pandémico es la de extremar posiciones dentro de un mismo clima: al que se le ocurra la medida más ingeniosa o insólita (prohibir circular a personas adultas mayores libremente, marcar los frentes de las casas de los infectados, cerrar fronteras municipales) se le podría llamar "opositor" bajo esta condición imperante, y el poder central y hegemónico comprendería su necesidad para que haya algún tipo de tensión. Pero si su alardeo excediera los márgenes de lo que parece acordado, le será quitado ese respirador artificial cuyo control está hipercentralizado y que se llama dinero.

No hay actividad ni persona que no requiera de dinero para poder administrar su libertad. Si su capacidad de generarlo por sí solo se restringe, queda sometido a la decisión del que tiene el poder de abrir o cerrar la puerta de su casa o de su negocio. Menos recursos, menos libertad. 

A nivel de gestión política en provincias y municipios, si se consigue más autocontrol en las iniciativas y se aumenta el respaldo a la directriz central, más recursos obtendrá.

Hay un condicionante a la reacción de cada uno capaz de romper con su propia voluntad, y es la asfixia: bajo sus efectos, muchos renuncian a su independencia y se entregan, con tal de seguir respirando, al menos. Vale para personas como para empresas, y ejemplos en la historia y en las modalidades de gobiernos en todo el planeta hay para revisar extensamente.

Es una relación perversa y una nueva forma de autoritarismo -buscado o no, oportunista y sorpresivo- de composición compleja, pero que podría sintetizarse en una mezcla de miedo, incertidumbre e incapacidad de adquirir autonomía. 

Hay una razón para todo esto que es la situación de emergencia por un virus que el mundo no puede controlar, con más de 70 proyectos de vacuna que se verá si resultan recién dentro de un año, o más. Y puede haber razones colaterales, dependiendo de las intenciones de cada gobierno y de la ductilidad de cada uno de los pueblos gobernados.

Y ante esto, lo que queda en cada uno como alternativa de resistencia, es no usar las mascarillas en el cerebro: mantenerlos limpios, propios, despiertos. Usarlo con sentido crítico, despabilados.

A nadie se le puede pedir que no tenga dudas sobre el futuro, pero sí que lo sueñen libre, plural, sin nuevas formas de paternalismos ni opresión bajo cualquier excusa, por más reales que estas últimas resulten a simple vista.




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