Parirás con dolor

Lilloy sostiene que aun "persisten otros mitos como el de la 'completud' de la mujer madre y la falta de ella para las que no lo somos, la idea de que los derechos reproductivos son cosas de mujeres, y la de que aún nos corresponde la crianza y de que los varones 'deben colaborar y ayudarnos'".

Emiliana Lilloy

Desde los orígenes de la existencia de los seres humanos la maternidad biológica ha sido plagada de símbolos, mitos, dotada de características mágicas, así como también de prejuicios y significaciones más cercanas a la superstición que a la realidad de los procesos reproductivos de las mujeres. Producto de la total ignorancia sobre su origen y modo de funcionar, hemos llegado a atribuir su causa a espíritus imaginarios.

Comenzando por aquel mandato bíblico que destinó a la mujer a la maternidad obligatoria y al dolor, hasta la reflexión de Simone de Beauvoir en cuanto a que ha sido justamente el desconocimiento de los procesos productivos humanos y su consecuente falta de métodos para evitar la constante concepción lo que ha condenado a la mujer a la sujeción a la especie, y por tanto una situación de desventaja física respecto al varón, la maternidad ha sido central en nuestra existencia y cultura.

Es que más allá de lo obvio que puede resultar la centralidad de nuestro rol como procreadoras/os teniendo en cuenta que la supervivencia es un objetivo de las especies, lo cierto es que los procesos reproductivos y las características biológicas de las mujeres han sido históricamente utilizadas para fundar las sociedades patriarcales en que vivimos.

Así por ejemplo, se atribuyó a los procesos menstruales características malignas, tóxicas o destructivas, confinando a las mujeres, obligándolas a la autoexclusión de los espacios públicos y connotando a un proceso tan natural, propio, y constituyente de nuestros cuerpos y nuestro modo de estar en el mundo a la vergüenza y a los tabúes. Un ejemplo de esto es la Inglaterra del siglo 19, en donde las mujeres eran alejadas de las fábricas por entender que al estar con la regla tenían la capacidad de descomponer la carne. Este estigma perdura a tal punto, que sin perjuicio de que las mujeres atravesamos este proceso al menos una vez al mes en nuestra etapa reproductiva, no hablamos de ello en público cuando hay varones presentes y es de lo más vergonzoso tener un "accidente" y manchar nuestra ropa.

El embarazo también fue patologizado, las mujeres tratadas como enfermas o convalecientes y cargado además de toda otra serie de supersticiones que impedían a las mujeres trabajar o desarrollar una vida normalmente. ¿No es acaso extraño hasta nuestros días que las mujeres demos a luz en hospitales, lugares a donde llevamos a nuestros enfermos/as?

Por otro lado, a la vez que se aislaba y patologizaba a las mujeres, paralelamente se pregonaba su santidad, su posición como "ángel del hogar" abnegada y santa, en un altar, tan alta que nadie podía acceder a ella, y menos, bajar de allí para apropiarse de la vida y las cosas de las que gozaban los varones. Así, se cargo a los procesos productivos de las mujeres una doble connotación: La vergüenza de lo patológico y la sacralidad.

A poco que se piense, todas estas creencias y supersticiones no hacían más que justificar el alejamiento de las mujeres de los medios de producción y de los espacios de poder, confinándolas en razón de sus diferencias biológicas a la domesticidad obligatoria. Todas estas ideas, mitos y creencias fueron finalmente plasmados en nuestros códigos de convivencia legislando a la mujer como una eterna impúber, enferma, dependiente y madre por mandato divino y naturaleza. La regulación de nuestra sexualidad llevo consigo la regulación de la maternidad y la crianza, atribuyéndonos la crianza exclusiva y obligatoria de nuestras hijas/os, basada en una especie de lógica de las cavernas: Si la cría sale de tu cuerpo, tu tienes que cuidarla hasta la muerte. Simple, como si fuéramos simios, como si los varones o mujeres no gestantes no tuvieran por naturaleza (o designio divino) la capacidad de tocar, amar y guiar.

Hay quienes dirán que esta situación ya no es así, que ha cambiado, que hoy los hombres asumen su paternidad y cuidan a la par a sus hijos/as. Sin embargo, debemos invitarnos a reflexionar sobre el verdadero estado actual de nuestra cultura que se representa (como ha sido históricamente) en las leyes que nos rigen, que son en definitiva los pactos o consensos a los que llegamos como sociedades. El hecho de que la ley argentina de contrato de trabajo regule licencias paternales de 2 días para los varones ya nos está dando una clave de sobre quién recae la crianza y sobre quién la manutención de nuestros/as hijos/as.

Pero los debates sobre la maternidad y los derechos reproductivos no son nuevos. Las feministas radicales y las de la diferencia criticaron y vindicaron el rol de la mujer como madre al tiempo que ambas destacaron la necesidad de la autonomía de la mujer sobre su propio cuerpo.

Hoy en día ya no creemos en mitos que digan que podemos descomponer o arruinar las cosas por estar presentes en los espacios y nadie creería si comentamos que nos ha fecundado un espíritu. Sin embargo persisten otros mitos como el de la "completud" de la mujer madre y la falta de ella para las que no lo somos, la idea de que los derechos reproductivos son cosas de mujeres, y la de que aún nos corresponde la crianza y de que los varones "deben colaborar y ayudarnos"

Si bien es cierto que nuestras sociedades están cambiando, es claro que debemos ir más allá, y lejos de sacralizar el rol de la madre por el esfuerzo y abnegación, corresponde tomar conciencia de que la crianza y formación de nuestros hijos/as es un tema de política pública que debemos asumir como sociedades. Llevar a la práctica la consigna de Katte Millet que reza "lo personal es político" en todos los ámbitos. Esto porque no importa lo liberales que seamos, si nuestras sociedades no cambian la perspectiva y en vez de vanagloriar a nuestras madres, no desarrollan políticas públicas de cuidado generando posiciones igualitarias (promoción, guarderías, licencias paternales equiparadas etc), lo cierto es que la carga de la crianza recae sobre las mujeres.

La maternidad y la paternidad no son un tema privado, son por el contrario un tema muy político, porque si no igualamos las condiciones estructurales seguiremos construyendo sociedades con desventajas y por tanto desiguales. Hoy festejamos el día de la madre en Argentina. Feliz día a todas las madres, a las que tenemos la fortuna de agradecer hoy por nuestras vidas, a las que ya no están, y a todas las que en el futuro elegirán libremente sobre su propia maternidad.

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