Prejuicios en lugar de banderas, Isabel, Alberto y el Plan Caos con "Massa presidente"

Se viven días complejos en donde el ruido interno del oficialismo parece aturdir a quien ostenta la responsabilidad de liderar no solo al espacio gobernante, sino el rumbo del país, el presidente Alberto Fernández.

Muchas voces a la vez. Gobierna una coalición, no un partido. Son dos grandes sectores del peronismo y numerosos pequeños grupos de poder. Cristina Kirchner y Sergio Massa se unieron para no perder y la primera, eligió a Alberto Fernández para encabezar el grupo con el cargo de mayor visibilidad y responsabilidad, para contener a un tercer sector que no les era del todo afín y que esas dos figuras de la política no alcanzaban a convencer: los independientes afines, los pragmáticos que aguardaban las soluciones que Mauricio Macri no había conseguido y el peronismo ortodoxo que no los quiere, pero que coincide en la matriz histórica que les dice que el ejercicio del poder les pertenece. 

Dentro de ella hay disidencias diversas y hoy, el corpus ideológico y práctico es tan diverso que lo único que parece unirlos es un acuerdo tácito por mantenerse en el Gobierno y, por lo tanto, la obligación de defender a un Presidente que no les conforma del todo al amplio espectro oficialista y al que los diversos sectores que confluyen en lo que se denominó Frente de Todos parecen querer darles más órdenes que obedecer a su ritmo y liderazgo. 

Como Isabel. Es precisamente esta actitud lo que rompe la tradición peronista y ubica a Fernández en un rol que solo tuvo anteriormente dentro de su partido mientras gobernaba la primera mujer presidenta de la Argentina, María Estela Martínez de Perón, "Isabelita". No valen las comparaciones directas, por supuesto, sino la situación ante los factores de poder de una fuerza tan versátil como el peronismo y sus aliados.

La Antioficina de la Corrupción

¿El Gobierno sabe qué pasa afuera del Gobierno? Ese ruido interno permanente del que hablamos antes hace que el volumen de la discusión interna sea tan grande que probablemente no se escuche el reclamo externo de que se asuma el mandato recibido en las urnas: manejar la economía, el gran déficit que el electorado anotó de la gestión anterior y que el propio expresidente más o menos asume como error.

Banderas cambiantes. Lejos de los grandes dilemas ideológicos que se le achacan al oficialismo, en torno a si es de izquierda o derecha, o hasta "radical" (como le acusara en diálogo con Memo el exfuncionario de Néstor Kirchner Guillermo Moreno), las grades banderas son caprichosas y de tribu. Son grupos que defienden su tajada o la quieren agrandar en medio de la distribución de poder interno en la coalición gobernante. En muchos casos, hasta se perciben como cuestiones que en circunstancias distintas -fuera del ejercicio del Gobierno- pensarían, actuarían y teorizarían al revés de cómo lo hacen ahora.

La exageración de la defensa de la cuarentena, por ejemplo, es una forma de los sectores de apoyar un momento de Alberto Fernández, su presidente, como respuesta vertical exigible a todo integrante de una coalición de sustrato peronista. Pero en cuanto Fernández flexibiliza su posición en torno al mismo tema, no las arrían, sino que levantan otras para la ocasión, y salen a las calles en marchas como las que criticaban antes. Así se va conformando una versión Clase B del movimiento que otrora supiera conquistar con firmeza todos los espacios y generara tanto esperanzas como miedo.

La delarruización de Alberto Fernández: malinformado o desorientado

Un mandato que no transcurre: se escurre. Al Presidente se le escurre la gestión entre los dedos, como arena, mientras intenta sostenerse la idea de que lidera al trío y a todos los demás, con discursos de ocasión que se parecen en su estructura a una homilía religiosa, pero sin Biblia como hilo conductor: cambia, sostiene con firmeza cosas que después hace al revés. Podría decirse que es un pragmático, y eso lo dejaría mejor parado que siendo un cerrado dogmático como los chavistas que dice apoyar. O señalarlo como un hombre a la defensiva para que no le quiten lo que tiene. Sea lo que fuere, resulta al menos insólito observar a un movimiento como el peronismo sin tener en un puño el control de las cosas, tal vez una de sus capacidades más valoradas, aun por sus detractores.

Arenas movedizas. Esa imagen de la arena escurriéndose y juntándose a los pies del Presidente invita a otra que ya es algo de lo que no solo se habla en voz baja, sino que genera argumentaciones técnicas a favor y en contra con variaciones tanto en el Congreso como en los ámbitos empresarios: unas arenas movedizas que amenazan con tragarse al primer mandatario. Un supuesto plan para suplantarlo por Massa en el cargo, con un rol para su sucesora natural, Crisina Kirchner, que se desconoce, es expresado sin demasiada responsabilidad ni precisión por sectores propios y de la oposición y retrotrae la institucionalidad del país a tiempos en que la confundía con la realidad del Partido Justicialista, y poco más que eso. Es tan ridículo pretender que alguien controle una situación presunta de caos a su favor como posible es que alguna mente afiebrada lo esté pensando, perdiendo tiempo en pensar salidas a la crisis.

Ya pasó y el tiro fue por la culata. En 2001, lo que ya pocos pueden negar que fue un golpe de Estado por otros medios contra el gobierno de Fernando de la Rúa, desesperado por la presión para que cayera que hacía el peronismo, se puso en marcha con fuerza el "Plan R". Pocos recuerdan en las conversaciones cómo Carlos Ruckauff encabezaba las encuestas para ser presidente y se pavoneaba por los medios muy activamente. Si es que hubiese sido él o su pretensión lo que  fogoneara todo, también fue quien perdió todo en el juego cuando el caos se lo deglutió como a tantos otros, para que "El Corcho" Eduardo Duhalde quedara flotando en la superficie de las aguas que apagaron aquel fuego. El peronismo sabe cómo cambiar realidades y lo ha demostrado a lo largo de su historia, pero no controla la velocidad de los hechos.

Fragmento de "Hermano", el libro de Santiago O'Donnell sobre los Macri

Una melodía en la madrugada. Son estos factores los que inquietan a un Presidente que probablemente quiera pero no pueda marcar un rumbo porque no lo dejan. O que no quiera hacerlo y tan solo disimule su situación de tercero en discordia en la cúpula de decisiones. O que no sepa y esté pidiendo ayuda a los otros factores de poder dentro del oficialismo. Por ahora, su cansancio e insomnio denunciado por el una vez más flotante Duhalde hace poco, lo llevan a entonar melodías con su guitarra hasta las 3 de la mañana, dialogando por Instagram con quien le quiera preguntar cualquier pavada.

Otra vez lunes. Cuando amanezca la City esa puñalada contra la supervivencia llamada lunes, sabremos de alguna nueva desmentida de devaluación, mientras fuera de los gritos de las tomas de tierras, o de "luchas" de ocasión y las argumentaciones prejuiciosas que remplazan a las antiguas quimeras políticas setentistas, se espera la elaboración de una respuesta contundente que permita decir que hay un horizonte. De eso se trata la política, al fin de cuentas.

Esta nota habla de:
Más de Opinión