Disrupciones

El diputado del PRO Enrique Thomas pone en valor la capacidad disruptiva de Patricia Bullrich y en una comparación con la política del resto de Latinoamérica, la propone como presidenta.

Enrique Thomas

Mucho se ha escrito sobre el fenómeno regional de las políticas disruptivas. En especial de aquellas figuras que han logrado imponerse electoralmente, en muy poco tiempo, para sorpresa de dirigentes tradicionales y analistas políticos. Como el chileno Gabriel Boric, tal vez el caso más representativo: protagonista de una sorpresiva y rápida escalada política, que lo condujo desde las protestas callejeras estudiantiles hasta la mismísima Casa de la Moneda.

Pero ese mismo apoyo social repentino parece esfumarse con la misma rapidez a poco de andar. Al igual que su par peruano, Pedro Castillo, el joven mandatario ha comprendido tras la derrota en la consulta por la reforma constitucional, que una golondrina no hace verano. Es que a la hora de gobernar, los fuegos artificiales se demuestran insuficientes para mantener encendida la llama del respaldo popular.

En nuestro país, los encuestadores vienen identificando el fenómeno disruptivo con la figura del economista Javier Millei, cuyo impacto en la intención de voto parece fundarse en el "efecto sorpresa" que ha causado por su intempestivo liberalismo, vociferado generalmente con iracundia y pose desmelenada. Ahora bien, es muy probable que Javier haya lanzado su candidatura con demasiada antelación y, cuando comience efectivamente la carrera electoral, ya no sea una novedad en el panorama político.

¿A qué se debe esta fugacidad? Seguramente a varios factores concurrentes; pero en todos los casos que he mencionado hay un dato común: las presuntas disrupciones han sido fundadas, casi exclusivamente, en una cuestión de forma o estilo. Hasta los posicionamientos de izquierda o derecha parecen ser poco relevantes frente a la sensación de cambio que la imagen pública de los personajes ofrece, especialmente en redes sociales.

Por lo contrario, entiendo que la anhelada disrupción política requiere mucho más que un gesto extravagante o una prédica inconformista. Los demasiados años de retroceso económico y social obligan hoy a cambios estructurales. Cambios que incluyan desde la reserva de divisas hasta las leyes laborales, el posicionamiento internacional, las políticas de seguridad o la práctica educativa, entre otras cosas.

Son transformaciones reales y sostenibles en el tiempo que requieren experiencia de gestión, coraje para enfrentar los factores del poder corporativo y las mafias de todo tipo; así como equipos técnicos que permitan efectuar la transición y los ajustes necesarios con la mayor precisión y el menor sacrificio posible. Nada más disruptivo que devolverle a la gente una república y un proyecto de desarrollo, que nos saque del vendaval de ficciones históricas y emociones irreductibles.

Por eso creo que Patricia Bullrich será la próxima presidenta de los argentinos.


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