Relación educativa entre generaciones: la necesidad de un análisis de padres y docentes

La sensación es que hoy vivimos una ruptura profunda y desesperada, que adquiere formas inéditas.

José Jorge Chade

El tema de la juventud es un tema que debe abarcar a toda la ciudadanía, es por ello que trato de tocar los puntos más importantes para su análisis en estos comentarios agradeciendo a Memo que me brinda la posibilidad de exteriorizar conceptos. Considerando que he realizado durante 30 años docencia en formación superior en el área de la Pedagogía de la Inclusión, en distintas universidades de América (Argentina, Chile, El Salvador) y de Europa (España, Italia, Bélgica, Francia, Grecia) y dirigiendo mi mirada a la relación entre las viejas y las nuevas generaciones siempre he experimentado alguna dificultad, la sensación es que hoy vivimos una ruptura profunda y desesperada, que adquiere formas inéditas. Tienen que ver con las representaciones y la experiencia de autoridad, confianza y solidaridad.

Nos encontramos frente a un escenario socioeducativo crítico: los docentes se encuentran con grandes dificultades a "sostener a los niños y adolescentes" y, frente a necesidades educativas cada vez más "especiales", muchas veces se sienten inadecuados; los padres, ocupados trabajando o buscando trabajo, no pueden entender a veces o en parte el lenguaje de sus hijos, sus necesidades, sus deseos; los jóvenes parecen estar destinados, muy a su pesar, a una carrera de educación, empleo o formación: el trabajo, pero debemos pensar que la participación social, política y civil adquieren las características de una meta remota, el futuro pareciera no abrir perspectivas; los niños muestran cada vez más incomodidad al vivir en lugares educativos (la escuela en primer lugar); los educadores están cada vez más llamados a enfrentarse a nuevas formas de pobreza, no solo económica, sino también cultural, relacional, social .

De este cuadro surgen no sólo dificultades individuales, sino también un malestar generalizado, que se anida, en particular, en la relación entre generaciones. Esto representa un problema pedagógico importante: que entre adultos/adultos mayores y jóvenes es una relación intrínsecamente educativa porque es un lugar de transmisión y "regalo" de ambientes existenciales, reglas y perspectivas, de valores y de cultura .

La relación entre las viejas y las nuevas generaciones siempre ha experimentado algún obstáculo, la sensación es que hoy vivimos una ruptura profunda y desesperada, que adquiere formas inéditas. Según Benasayag y Smith, tienen que ver con las representaciones y la experiencia de autoridad, confianza y solidaridad.

La autoridad de las generaciones mayores aparece vacía de sentido. La tradición, en la que se asienta, ha traicionado en efecto el pacto con las nuevas generaciones: no es totalmente capaz de recibir a los jóvenes en un mundo en el que puedan descubrir su mayor potencial existencial, sino que se les ofrece un mundo explotado hasta el punto de ser un último recurso y sobre todo amenazante, donde el aprendizaje adquiere sólo un valor funcional y defensivo. En la búsqueda del progreso, tan importante en la modernidad, la preocupación pedagógica por el cuidado de la existencia parece haberse hecho pedazos. Los ancianos y adultos son cómplices del mundo que han heredado y construido, contaminado por "tristes pasiones".

¿Cómo puedes confiar en ellos? ¿Cómo podemos confiar en los entornos educativos que ponemos a disposición de las nuevas generaciones?

Algunas tendencias que se pueden rastrear en los estilos de vida contemporáneos socavan esta confianza: la centralidad de parecer y ganar a toda costa, detrás de la cual se esconde el constante y omnipresente riesgo de exclusión y no de inclusión; la necesidad de desarrollar individualmente aquellas habilidades o trucos que te permitan soportar la tensión de estar siempre en la parte superior de la ola, sin ninguna ayuda; finalmente, la búsqueda continua del bienestar, entendido como disfrute de las cosas en modo inmediato e individual que le permita sentirse vivo.

Esto, al final, da lugar a una experiencia del mundo, de uno mismo y de los demás que produce la sensación de no tener límites, de poder hacer todo lo técnicamente posible para no ser excluido, para estar en forma y a la altura de cada situación, para disfrutar de todos los placeres disponibles. El sentimiento de impotencia que se siente al experimentar un fracaso es tan absoluto que no representa un límite contra el cual recalibrar las propias posibilidades.

También los adultos viven estas tensiones: su autoridad disminuye, se convierte en un simulacro, en "parecer y no en ser".

El impacto en la experiencia de la relación entre generaciones es inevitable: tiende a adquirir un carácter contingente e individualista, además de simétrico.

Así como desaparece la posibilidad de cultivar un mundo común, también desaparece la posibilidad de mediación entre adultos y jóvenes: se sustrae a la experiencia lo que te permite comunicar manteniendo posiciones y reconociendo necesidades diferentes. El efecto parece ser el de una soledad tan manifiesta como incurable y generalizada.

Esto afecta poder experimentar la solidaridad. Claro, siempre que si por solidaridad entendemos la capacidad de varias personas de compartir una condición existencial, social, laboral o política para entender cómo mejorarla uniendo las fuerzas de cada uno, hoy esta experiencia está superada o es extremadamente rara. Cuando prevalece una visión consumista del mundo y de uno mismo, o una visión ideológica y utilitaria del prójimo , falta la capacidad de compartir situaciones y problemas. Su condición absorbe la atención y la presencia de otros en situaciones similares no se percibe como una posibilidad de apoyo, sino como un "competidor" a eliminar.

El cuadro que pinto puede parecer un poco sombrío, pero, es ciertamente el efecto de una mirada que ahonda en los temas críticos que atraviesa nuestra época. ¿Cómo podemos trabajar desde un punto de vista pedagógico en este escenario? ¿Cómo podemos restaurar la credibilidad de la relación entre generaciones?

Lejos de indicar soluciones operativas, podemos aventurar una hipótesis más de interpretación.

Si creemos, con Dewey, que la educación, formal e informal, es ante todo una cuestión de experiencia , la ruptura de la relación educativa entre generaciones concierne en particular a una discontinuidad cualitativa en la experiencia cotidiana que viven jóvenes y adultos en el transcurso de sus procesos formativos.

Los que están creciendo hacen y experimentan un entorno radicalmente cambiado.

La experiencia del espacio ha cambiado: ya no vivimos en una sola dimensión espacial, sino al menos en dos espacios (virtual y real, por ejemplo) al mismo tiempo.

La experiencia del tiempo también ha cambiado: rápida, inmediata, histórica , de emergencia, caracterizada, desde el punto de vista pedagógico, por la ausencia o reducción de la planificación. La experiencia del cuerpo ha cambiado: comprometida con borrar de sí los signos del envejecimiento, las debilidades, las imperfecciones, dividida también entre una materialidad experimentada como limitante y una virtual que abre posibilidades inéditas, y, de cosas nuevas, "recolectora de sensaciones" .

La experiencia del conocimiento ha cambiado: han cambiado las tecnologías que hacen posible construir conocimiento sobre uno mismo, sobre el mundo, sobre los demás; han cambiado las condiciones que permiten desarrollar un pensamiento sobre uno mismo, sobre el mundo, sobre los demás.

En consecuencia, se ha cambiado la experiencia de tener un lìmite, por tanto de la posibilidad de descubrir, ensayar, consolidar habilidades, competencias, trayectorias existenciales.

Las generaciones más jóvenes viven inmersas en formas de experiencia inconmensurables comparadas con las que vivieron sus padres y madres cuando eran jóvenes. En la relación entre generaciones, la falta de un "mundo en común" implica una aún más profunda, que concierne a la posibilidad, por parte de los padres, de rastrear en la experiencia de sus hijos "hilos conductores" que conectan con su propia experiencia formativa , vivida cuando niños. La impresión es que la experiencia de formación existencial de las generaciones adultas no proporciona "naturalmente" la base a partir de la cual identificarse con la experiencia de los jóvenes, para comprenderla. De hecho, el efecto producido parece ser el de un desconocimiento o rechazo. De ahí el recrudecimiento de la ruptura, la separación, la soledad, la falta de solidaridad, de confianza, de autoridad.

Esta brecha entre la experiencia de las nuevas y las viejas generaciones se ve alimentada por un aumento en el poder de la educación informal, que incorpora y transmite las tendencias contemporáneas, y por una reducción cada vez más masiva de la influencia de la educación en la vida de las personas. Una situación que depende también de una cierta autorreferencialidad -y por tanto de desapego- que el mundo de la educación y de los servicios sociales corre siempre el riesgo de asumir, en relación con los contextos territoriales, sus cambios y sus necesidades.

Interpretar la ruptura del pacto educativo como ruptura de la continuidad en la experiencia existencial y formativa entre padres e hijos abre caminos para la reflexión, la investigación, la experimentación.

En primer lugar, plantea una cuestión ética. Lo que está en juego parece ser la responsabilidad educativa de los adultos (padres o docentes ): la posibilidad de tomar una posición fuerte en pensar, planificar y realizar experiencias educativas para y con los hijos y alumnos. Si la vida educa, quizás sea necesario que las generaciones adultas entiendan a través de qué las educa, qué efectos produce y cómo abordar estas experiencias con experiencias que se apartan intencionalmente de lo que las generaciones más jóvenes ya están acostumbradas; experiencias que amplían la posibilidad que tienen los hijos e hijas de conocerse y experimentarse a sí mismos, al mundo y a los demás.

Esto, desde un punto de vista pedagógico, significa cuestionar cualquier forma de experiencia educativa intencional, en cualquier contexto que ocurra. No se puede dar por hecho que las propuestas escolares funcionen: primero hay que crear las condiciones para su comprensibilidad y accesibilidad. No se puede dar por sentado que lo que ofrece un Centro Juvenil sea capaz de atraer a los jóvenes, haciéndolos salir de su habitación y desvinculándolos de la relación virtual con sus amigos: es necesario comenzar por comprender sus hábitos, su forma de pensar, su forma de sentir para desarrollar oportunidades, aunque sean residuales, de experiencia educativa; de una experiencia que estimule la capacidad de aprender, de conocer, de experimentar, de seguir formándose .

Desde un punto de vista metodológico, para quien educa esto significa encontrar mediaciones, los mediadores son fundamentales, y de crear contextos de experimentación existencial protegidos . Se trata de poner en el centro de la relación entre jóvenes y adultos algo que pueda unirlos y que testimonie, al mismo tiempo, la preocupación del adulto por la formación del otro. "Nunca olvidar que padres y docentes deben ser primero que nada expertos de la relaciòn".

Los adultos, a su vez, deben ser conscientes tanto de cómo viven en el mundo actual como de su experiencia educativa, para utilizar de forma crítica su bagaje experiencial; preguntarse por los significados que asume para ellos la "formación del otro", en el mundo de hoy.

Pero esto obviamente significa trabajar pedagógicamente también, si no principalmente, con los adultos.