Soy el ruido

Enrique Da Viá, habitual colaborador de Memo como lector que es, personifica aquí al ruido y ofrece una clase magistral en torno a qué es.

Eduardo Da Via

Sí, soy yo, el tan molesto y denostado ruido, que después de haber sufrido durante siglos las diatribas de vosotros los humanos, acusándome de interferir con una vida más sana y placentera, como la que brindaría mi antípoda, el silencio, me presento ante ustedes para decirles de una vez por todas, y muy que les pese, que no existo.

Estoy seguro que después de leer lo anterior, mi ya desvalida imagen se habrá deteriorado aún más, por cuanto al rechazo que en general provoco, podrán sumar mi condición inédita hasta ahora, la de embustero.

No solo soy molesto sino que además, y para algunos extremistas, soy el asesino de la paz, sosiego, tranquilidad, calma, y hasta del reposo.

Pues bien queridos lectores, con el respeto que me merecen les digo que rechazo de plano las acusaciones que me hacéis, por cuanto y reiterando lo expresado en el primer párrafo, simplemente no existo.

Les ruego me acompañen en mi razonamiento para aseverar lo que al parecer es un tremendo dislate, pero primero debo aceptar que en realidad sí existo, pero sólo en vuestros cerebros, soy un mero producto de vuestras neuronas que convencionalmente habéis bautizado como ruido.

Como ruido soy; sí, sé que aquí mis detractores de inmediato argüirán que yo mismo me desautorizo por cuanto el admitir que soy, luego existo, dado que ser y existir se toman como sinónimos, pero es que aún no terminé lo que quería expresar; y es que como ruido soy nada más que aire en vibración y por tanto carezco de personalidad propia, soy incorpóreo, inasible y si se les ocurriera atraparme y encerrarme en un recipiente o en una habitación para que deje de importunar, verían con gran sorpresa al abrir la puerta o destapar el frasco, que nada emerge a no ser silencio absoluto, y si entran extrañados a la habitación en cuestión o miran dentro del recipiente donde creyeron haberme encerrado, verán que nada hay, aunque en realidad sí hay algo que no se ve: aire.

Y es que originalmente soy aire en vibración, que genero ondas que se transmiten por contigüidad en toda dirección y sentido; me inmiscuyo en cada rincón por recóndito que sea, me filtro a través de cualquier rendija, y por cierto me introduzco fácilmente en los oídos y cuando llego al final del recorrido por el conducto auditivo y choco contra el tímpano, lo hago vibrar con la misma frecuencia que yo.

Esa vibración a su vez inicia un largo y maravilloso camino, primero los huesecillos luego otras estructuras hasta llegar al cerebro transformada en impulsos eléctricos que el área auditiva intercepta como sonido.

Soy una interpretación mental de un mero fenómeno físico como lo es la vibración del aire y que según diferencias convencionales, me han denominado ruido, sonido o música.

La diferencia entre sonido y ruido radica en la falta de armonía en el segundo. El sonido obedece a un patrón distinguible mientras que el ruido es una anomalía sin patrones aparentes.

La palabra sonido viene del latín "sonitus" que significa ruido o rugido. Es solo recientemente que hacéis una distinción entre los dos términos.

Al ser convencional la división, cada una de ellas carece de un límite neto que las distinga entre sí.

Por ejemplo: cuando funciono como música disco, resulto sublime y estimulante para los amantes de la misma. Pero para el escucha ocasional e involuntario puedo parecer el más atroz de los ruidos. Esto les habla de la subjetividad de la calificación, base en realidad de la misma.

Para que ustedes me vivencien como sonido, debo vibrar dentro del rango de audición humana vale decir los tonos y niveles de sonoridad que una persona puede escuchar antes de sentir incomodidad. Hay una variedad de sonidos en nuestro entorno, que van desde sonidos débiles como el canto de los pájaros y el susurro de las hojas hasta sonidos más fuertes como la música, los gritos y el ruido industrial. Este rango de audición humana se llama rango audible.

.El rango de audición humana depende tanto del tono del sonido, ya sea alto o bajo, como de la intensidad del sonido. El tono se mide en Hertz (Hz) y la sonoridad se mide en decibelios (dB).

Para una persona con audición normal, cuando se trata de tono, el rango de audición humana comienza a un nivel bajo de aproximadamente 20 Hz. Eso es casi lo mismo que la tecla más baja en un órgano de tubos. En el otro lado del rango de audición humana, la frecuencia más alta posible escuchada sin incomodidad es de 20,000Hz. Mientras que 20 a 20,000Hz forman los límites absolutos del rango de audición humana, vuestra audición es más sensible en el rango de frecuencia de 2000 - 5000 Hz.

En lo que se refiere a la sonoridad, los humanos normalmente pueden escuchar a partir de 0 dB. Los sonidos de más de 85dB pueden ser peligrosos para su audición en el caso de una exposición prolongada.

Para que yo, aire, vibre de tal forma de ser percibido por vosotros como sonido, independientemente si ruido, sonido propiamente dicho o música, me es imprescindible que me hagan vibrar, dado que solo y espontáneamente no puedo hacerlo.

Así pues la vibración inicial debe partir de una fuente natural o artificial con la cual me encuentre en contacto, y contagiarme por así decirlo, de la perturbación ocasionada por el objeto en cuestión o por el fenómeno natural que lo provoca

Me consideran ruido cuando les resulto desagradable, y hasta habéis acuñado una término para identificarme: cacofonía, del griego kakós: malo, desagradable, y phoné: sonido.

En cambio cuando me distinguen con la calificación de sonido, también crearon una palabra que me identifica: eufonía, así mismo del griego: eu, bueno, bien, y phoné.

En tanto que para ser considerado música, debo reunir una serie de condiciones que escapan a la intención de ésta, mi presentación aclaratoria en sociedad.

En definitiva reitero que como ruido no existo, tampoco como sonido ni como música, sois vosotros los que me endilgáis los adjetivos; os desafío a husmear dentro de la caja de un violín, o debajo de la tapa del mejor piano de cola o del cilindro de la misma trompeta de Louis Amstrong; y qué encontraréis: aire; aire que entra en vibración cuando lo hacen las cuerdas del violín o del piano, o las estrecheces de la trompeta, y tengo la particularidad de vibrar al mismo ritmo de la fuente de origen, siempre igual de tal suerte que después del complejo viajE que describiera antes, llego al cerebro bajo la forma de impulsos eléctricos que son interpretados como sonido.

Antes de la aparición de los cerebros capaces de percibirme como ruido, yo era simplemente aire silente, vibrase o no, pero con el orgullo de ser junto con el agua, la tierra y el fuego, los cuatro elementos constitutivos de todo lo que existe, al menos en opinión de Tales de Mileto, Heráclito, Anaxímenes y Jenófanes.

Sinceramente lamento cuando me perciben como ruido, peligroso y dañino a la larga, pero sois vosotros quienes lo provocáis con el accionar de vuestra humanas máquinas sean cual fueren o con vuestras cuerdas vocales; yo me limito a bailar al unísono por cuanto no tengo otra opción.

Sinceramente me gusto a mí mismo cuando como ligera brisa y en silencio, hago rotar las aspas de los molinos o hincho las velas de una embarcación, cuando soy portador del perfume que emana de una flor o de la piel de una bella mujer, cuando movilizo el humo de una asado o cuando alivio el calor de un obrero en verano, cuando me percibís como alegre sonido o mejor aún como música, y, finalmente cuando entro a vuestros cuerpos cargado del imprescindible oxígeno, y me retiro liberándolos del gas carbónico en un incesante trabajo de equipo con los vegetales que atesoran clorofila.

Si yo pudiera quedarme inmóvil ante vibraciones que finalmente interpretáis como ruido, y así poder dedicarme a mis otras tareas benéficas, no duden que lo haría, pero lamentablemente no puedo.

Yo les ruego a vosotros los humanos, que no me transforméis en ruido, por vuestro propio bien.

EL RUIDO (En realidad EL AIRE)

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