¿Comprometerse, involucrarse... vale la pena?

¿Qué sentido tiene participar en un mundo tan conflictivo, donde existen luchas internas entre poderes?

José Jorge Chade
Educador, analista y escritor

La humanidad enfrenta compromisos, pero siempre oscilando entre grandes estallidos de solidaridad y una fuerte resistencia egoísta. Por un lado, construye redes de cooperación global, por otro, lucha por cumplir promesas compartidas en la sociedad para garantizar la convivencia. Muchos individuos y grupos luchan cada día para defender a los más débiles y salvar vidas. También la conciencia ecológica está creciendo, aunque el cambio real a menudo avanza demasiado lentamente. La paz sigue siendo un objetivo frágil, a menudo pisoteado por lógicas de división y conflicto.

¿Qué sentido tiene participar en un mundo tan conflictivo, donde existen luchas internas entre poderes? Hacer esta pregunta no es un mero ejercicio retórico. Muchos nos la hacemos y nos cuesta encontrar las motivaciones adecuadas, pero los jóvenes se la hacen aún más, al menos aquellos que creen tener todavía derecho a planificar su futuro. Miran a su alrededor y a menudo temen lo que ven. Miran hacia adentro y se refugian en la resignación, sintiéndose incapaces de influir en la realidad y cambiarla. Hay instituciones filantrópicas que reciben muchas cartas de jóvenes que relatan sus preocupaciones y sueños, pero también sus peticiones, a veces evidentes, a veces veladas, de ayuda para redescubrir la confianza y la esperanza.

Lo que vemos en el mundo que nos rodea es solo la punta del iceberg, pero estoy convencido de que, precisamente en los momentos de mayor dificultad, debemos fortalecer la creencia de que ayudar a los jóvenes uno a uno, educándolos sobre el bien común, la legalidad, la democracia, la solidaridad y el rechazo a la avaricia, el partidismo y la corrupción, es una estrategia ganadora. Pero necesitamos encontrar una nueva forma de educar a los jóvenes. Una de ellas es la disponibilidad a saber escucharlos.

Un joven que quiera dedicarse al deporte, si no está dispuesto a dedicar muchas horas al día al entrenamiento, tal vez practicando con una pelota redonda solamente, no encontrará ningún entrenador serio dispuesto a considerarlo. El mismo método, la misma disciplina, la misma determinación se aplican en otros ámbitos donde hay mucho más en juego que en un partido: en los estudios, en las relaciones, en el trabajo, en la vida familiar, en las relaciones sociales.

A menudo me pregunto qué sucederá dentro de cinco o diez años, cómo será el mundo que estamos construyendo con las decisiones que tomamos ahora. ¿Qué futuro dejaremos como legado a las generaciones que vendrán? Tarde o temprano, los hombres poderosos de hoy morirán. ¿Quién ocupará su lugar? Ese es el reto.

 El futuro es ahora. Si no nos dejamos llevar por la pasión, o peor aún, por el fanatismo hacia tal o cual expresión de poder, finalmente podremos poner nuestra inteligencia y nuestro corazón al servicio del bien común. Podremos planificar y ser eficaces incluso en áreas como las drogas, que han alcanzado niveles extremadamente peligrosos.

  ¿Cuántos jóvenes más tienen que morir, cuántas vidas jóvenes más tienen que perderse en la nada, antes de que nos demos cuenta de que debemos hacer algo? Estoy cada vez más convencido de que se puede hacer mucho al respecto, especialmente trabajando en la concientización de que las drogas matan, aceptando con nuestra mente, con nuestra razón, con nuestro corazón que las drogas son sucias, que me compran, que compran mis sueños. Entonces ningún joven las comprará, ni siquiera si fueran gratis.

El compromiso, el saber involucrarse es uno de los pilares que sustentan la vida social y personal. No es solo una promesa hecha a los demás, sino un pacto con nosotros mismos. Cada vez que decidimos comprometernos, sea esto grande o pequeño, declaramos nuestra voluntad de invertir tiempo, energía y responsabilidad. Ya sea una reunión de negocios, una promesa hecha a un amigo, una tarea voluntaria o una promesa familiar, cumplir con los compromisos genera confianza. Sin esta base, ninguna relación puede perdurar.

A veces cumplir con los compromisos se vuelve opcional, y esto es lo que tenemos que evitar.

Sin embargo, vivimos en una época en la que cumplir con los compromisos parece casi opcional. El hábito de justificarnos con excusas endebles, de priorizar solo lo que resulta conveniente en el momento, erosiona lentamente el tejido de las relaciones. La libertad se confunde cada vez más con el derecho a romper la palabra dada, olvidando que cada promesa rota deja un vacío silencioso. Así, el valor del compromiso pierde sustancia y corre el riesgo de convertirse en un concepto abstracto, arraigado en la vida cotidiana.

Por un lado, están quienes asumen responsabilidades y tratan de cumplirlas con seriedad; por otro, quienes eligen el camino de la indiferencia, tratando los compromisos y las promesas como si fueran palabras vacías, destinadas a desvanecerse en el aire sin consecuencias.

El compromiso es una medida de dignidad. Cada vez que cumplimos un compromiso, nos demostramos nuestra capacidad de seriedad y perseverancia. Cada vez que fallamos y pedimos disculpas sinceramente, reafirmamos que la relación es más importante que nuestro orgullo. Cada vez que nos refugiamos en la indiferencia, permitimos que se nos escape una pequeña parte de la confianza.

El verdadero cambio no se mide por las disculpas, sino por la capacidad de transformarlas en acciones concretas. Porque la dignidad de una persona no se reconoce por las palabras que pronuncia, sino por la forma en que honra sus compromisos.


FUENTES CONSULTADAS

Artículo de di Ernesto Olivero. Pubblicato il 20-05-2013. Turín. Italia

Artículo de Laura Besana. Publicado el 17/09/2025. Arcore- Monza. Italia