Vengo a quejarme del covid

"La pandemia llegó, nos defendimos como pudimos, y en eso aún estamos. Que hemos cometido errores como humanidad, no hay dudas. Pero no podemos echarle la culpa de eso al coronavirus, que ya le venimos pifiando como especie desde hace milenios", analiza el autor en este interesante artículo..

Pablo Gómez

Mucho se ha hablado (y se habla) sobre número de muertes y de gente infectada, de vacunas, ibuprofenos inhalados y sueros equinos, pero poco he leído, al menos yo, sobre la forma en que las personas que habitamos este planeta nos hemos comportado en el último año, la forma en que hemos cambiado nuestras costumbres y en la que hemos mantenido otras costumbres que, pensadas en frío, resultan insostenibles en tiempos de pandemia.

Al principio, todos nos encerramos y cerramos los ojos, y tomamos absolutamente todas las precauciones que alguien planteaba, con un pánico extremo por la posibilidad de contagiarnos o de contagiar a seres queridos. Pero los meses fueron pasando... y los barbijos se fueron bajando. Al principio dejaban al descubierto solo a algunas narices, pero fueron avanzando en su bajada hasta llegar a quedar por debajo de la pera, o directamente colgando de una oreja. Por supuesto, la ortodoxia barbijera se quejó al grito de -¡Para qué usan barbijo si lo usan mal! ¿No se dan cuenta de que así no sirve?? Yo creo que sí se dan cuenta, pero bueno, a algunos humanos les cuesta respirar con la boca tapada y caminado por la calle, o les cuesta esperar a llegar a nosedonde para poder prenderse un puchito, y ahí empezó a funcionar el covidómetro interno que cada uno de nosotros poseía aun sin saberlo, probablemente en esa parte del cerebro que siempre nos dicen que tenemos y que no usamos; pues bien, entre otras cosas, ahí debemos tener el covidómetro que pusimos en funcionamiento el año pasado.

Y entonces, el covidómetro empezó a hacer cálculos complejos entre algunas variables, para poder desarrollar su propio algoritmo (envidia de Google y de otros sistemas que viven pensando en qué vendernos); nuestro covidómetro calcula el riesgo real de contagio a mitad de cuadra, con dos personas viniendo de frente y otra respirando diez metros adelante nuestro que avanza en nuestra misma dirección, sumado a la necesidad de inhalar algo más que nuestro propio dióxido de carbono, que sale y entra de nuestro organismo sin intermediarios gracias a la protección buconasal; el covídómetro calcula también la posibilidad de caerse con una baldosa levantada para aquellos que usamos lentes y que se empañan con el uso correcto del dispositivo, y la posibilidad cierta de agarrarse a piñas para quienes no aguantan más las ganas de fumarrrrrr. Detecta también la cercanía de autoridades que puedan llegar a afectarnos por el uso incorrecto del barbijo, autoridades ellas, fuerzas de la ley, cansadas ya de tanto vivillo que con viles excusas justifica su falta covideana. Sépanlo: el cálculo final de ese complejo algoritmo, es el que determina la altura a la cual cada uno usa el barbijo, y por cuanto tiempo. Hay algo final que aclarar: No, no es correcto el covidómetro interno que tenemos. Debemos todos usar siempre el barbijo cubriendo boca y nariz, aunque nuestro cerebro mande lo contrario.

Por otra parte, los modelos de barbijos tuvieron, al ir avanzando la cuarentena, una evolución interesante. De pedazos de tela cosidos en forma casera con los viejos elásticos blancos yendo y volviendo de las orejas, avanzamos a los primeros estampados, principalmente con escudos de clubes de fútbol, al menos en nuestro país. Luego mutaron a barbijos con florcitas, con bocas dibujadas, hasta que empezaron los barbijos con declaraciones políticas y/o empresariales. Propagandas portadas no siempre voluntariamente por la persona que evitaba el contagio bajo consignas del tipo de "Con Hepatafarafafa me siento bien", o "Tome BidúCola, el sabor del verano", o bien empresas varias obligando a sus empleados a transformarse en propagandas móviles, bajo sus barbijos esloganeados convenientemente para la ocasión. Caso especial de estudio fue la discusión de la interrupción del embarazo, con sus barbijos verdes o celestes según la ocasión, disputa a la cual fueron arrastradas personas que ya poseían barbijos de esos colores por motivos varios, ajenos a la disputa, y que debieron empezar a portar remeras que aclararan que no, que no pensaban como su barbijo parecía indicar.

Pero no sólo de barbijos ha vivido la pandemia, el alcohol en gel ha hecho también su parte; al inicio de la cuarentena había una clase de alcohol en gel, con proporciones preestablecidas... pero con el paso de los meses se fue diversificando la oferta, pasando desde rociadores de solo alcohol hasta unos geles pegajosos que no queda claro si desinfectan o simplemente impiden el contacto por su condición de cuasi mermelada. En definitiva, y como bien dicen los anuncios, una buena limpieza de manos con agua y jabón bien suple al alcohol en gel, salvo que... si uno trae el virus en sus manos, lo primero que hace al llegar a un baño es abrir la canilla para lavarse... y en ese simple acto deja depositada sobre la superficie metálica al terrible agente del mal. Luego se lava con agua y jabón, elimina el virus de sus manos, y al finalizar, cierra nuevamente la canilla preabierta... recuperando de ella el bichito antes depositado. Algo similar a lo que ocurre cuando nos estornudamos en el codo y después saludamos tocando con ese mismo codo a otras personas...

En fin. La pandemia llegó, nos defendimos como pudimos, y en eso aún estamos. Que hemos cometido errores como humanidad, no hay dudas. Pero no podemos echarle la culpa de eso al coronavirus, que ya le venimos pifiando como especie desde hace milenios. Solo espero que las cepas del 2021 sean más lentas en su aprendizaje que las personas que las podemos llegar a portar; que no sólo de vacunas se vive y sobrevive. Y mientras tanto, a la espera de la inmunización total, me retiro; no sin antes rociar al teclado y al modem con amonio cuaternario, porque ya se sabe, más vale prevenir que curar.


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