Ver el mundo al revés: perpetua para Di Césare

En este fallo no sólo se hizo justicia y se condenó a Di Césare por el asesinato o desprecio de la vida de Julieta, sino que también, la liberó a ella y a cada mujer que hoy y en el futuro decida vivir libremente.

Emiliana Lilloy

Si durante una semana de nuestras vidas leyéramos en los periódicos que han muerto cinco varones en manos de sus parejas, ex parejas o conocidas, quizás habría un revuelo social o una reacción de indignación y preocupación inmediata. Tal vez una declaración de emergencia hasta tanto se esclarezcan los crímenes o pudiéramos comprender el motivo de tanta crueldad.

Imaginemos también a tres o cuatro varones adolescentes desaparecidos esa misma semana que son buscados en las redes. Intentemos además imaginarlos en fotos donde tienen un trago en la mano, captados justamente antes de salir de fiesta con los amigos o haciendo alguna cara insinuante a la cámara (como se estila que hagan las/os adolescentes hoy cuando toman una selfi), y no en sus ámbitos familiares o haciendo deporte.

¿Pensaríamos inmediatamente en sus padres? En por qué con 16 o 18 años los dejaron salir a la calle. ¿qué hacían solos? Que si estaban de fiesta deberían haberse cuidado más, que ya se sabe como se aprovechan las mujeres cuando los varones jóvenes se emborrachan. Acaso comenzaríamos a buscar antecedentes de los chicos para saber con cuántas han tenido relaciones sexuales, qué actividades realizan, cómo iban vestidos o cuál es su desempeño en la escuela.

Lo cierto es que el mundo al revés nos causa una extrañeza que no sabemos bien por qué, pero es casi inimaginable. No sólo porque la hipótesis planteada es una ficción (los varones estadísticamente mueren o son abusados por otros varones y no por mujeres, ya sean parejas, ex parejas desconocidas o allegadas) sino porque la misma actitud hacia la exposición o muerte de los varones nos parece imposible o verdaderamente humillante.

Hay quienes dirán que es porque las muertes de las mujeres en estos contextos son "comunes" y las hemos naturalizado. Que estamos acostumbrados a exhibir a las mujeres en otros espacios desnudas o como objetos de deseo, y por tanto no nos incomoda que una nena que ha desaparecido y ha sido asesinada aparezca en los periódicos y redes eligiendo una foto que la presenta como provocando (con toda su inocencia e inexperiencia claro está) en vez de protegerla buscando una imagen neutra que la represente como un ser humano que ha sido vulnerado.

En todo caso, sin perjuicio del argumento de la naturalización de estas aberraciones, subyace y cada vez se nos hace más evidente la verdadera razón por la cual parecemos anestesiados/as, propiciando además que estos hechos sigan reproduciéndose: el desprecio por la vida humana de las mujeres.

A esta última conclusión llegó nuestro Tribunal Supremo en el fallo que condeno a Andrés Di Césare a la pena perpetua de prisión por el femicidio de Julieta Gonzales.

Quienes siguieron el caso de cerca (los hechos pueden verse en el fallo) saben que el tribunal inferior condenó a Di Césare a 18 años de prisión por homicidio simple, porque determinó que no estaba probado que en el caso había mediado violencia de género. También sabemos que, llegó a esta conclusión a través de razonamientos y una valoración de la prueba que ponían en evidencia los estereotipos vigentes y prejuicios sobre cuál debía ser el comportamiento de las mujeres en las relaciones interpersonales, y esto último, causó el repudio e indignación de muchas asociaciones y grupos feministas.

Valga a modo de ejemplo, la referencia de que Julieta no habría sido víctima de violencia de género o no sería susceptible de encontrarse en una situación desigual de poder frente a su asesino, porque tenía demasiada independencia personal e íntima, era descripta por sus amigos como una persona extrovertida, porque se veía también con otros varones, o porque estaba acostumbrada a "relacionarse fácilmente".

Fallo completo de la condena a perpetua contra Andrés Di Césare por el femicidio de Julieta González

Es que esto ya lo hemos visto muchas veces y en nuestro caso, el de las mujeres, en carne y experiencia propia. La idea que subyace a este razonamiento es tan macabra que cuesta reproducirla: pareciera que si una mujer decide tener una vida sexual activa (como la eligen muchos varones sin ninguna consecuencia) merece menos protección si es abusada. O aplicado al caso concreto (porque son los mismos prejuicios los que operan en todos los tipos de agresiones hacia las mujeres) pareciera ser que, si una mujer no responde a los estereotipos patriarcales de sumisión, pasividad y castidad, debe atenerse a las consecuencias que eso le traerá y no podrá ser considerada una "buena víctima".

Por eso esta sentencia es un triunfo para las mujeres y una señal de que, como reza el fallo, ya no vivimos en sociedades premodernas o estamentales. Porque despojado el razonamiento de los jueces que fallaron en nuestro Tribunal Supremo de estos prejuicios e ideas arcaicas, fueron coincidentes en que el asesinato de Julieta se dio en un contexto de violencia de género, y entre otros análisis pertinentes puede leerse el siguiente: "De todo lo señalado hasta aquí y en consideración del desprecio manifiesto que Di Césare mostró respecto de la vida de Julieta González puede concluirse, en definitiva, que la muerte de la víctima no puede ser entendida sino como un acto de absoluta negación de su dignidad humana y, especialmente, de su condición de mujer. Y la calificación legal que se imponga a su conducta debe, consecuentemente, dar cuenta de ello"

Así, nuestro Tribunal Supremo, luego de destacar la importancia que debe tener la introducción de la perspectiva de género en el momento de valorar la prueba para determinar los hechos y las circunstancias en las que ocurrieron, afirmó fuera de toda duda, que Di Césare mató a Julieta González por ser mujer, lo que configura un homicidio agravado por mediar violencia de género conforme las exigencias del art. 80 inc. 11 del Código Penal.

Parece ser que en este fallo no sólo se hizo justicia y se condenó a Di Césare por el asesinato o desprecio de la vida de Julieta, sino que también, la liberó a ella y a cada mujer que hoy y en el futuro decida vivir libremente. Esto último endereza para nosotras un mundo que parece estar al revés. Porque la decisión y el enfoque que se escogió para sentenciar implica también, que comenzamos a entender que las mujeres podemos vivir nuestras vidas de acuerdo a elecciones propias, despojadas de estereotipos patriarcales y sobre todo que, no importa cuánto nos alejemos de ese molde obsoleto y oprimente, en caso de ser agredidas, no seremos nuevamente juzgadas, sino que la pena caerá sobre el verdadero culpable, el asesino.

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