El imparable blablablá porteño sobre el país que poco conocen

Desde un barrio del país en donde se concentra el poder, un grupo de oradores termina decidiendo qué debe pensarse sobre lo que pasa en todo el territorio y aun, sobre Mendoza. Algunos tratan de hacer periodismo. Otros ni siquiera se preocupan: solo venden el machaque mediático de sus nombres.

Abunda la tendencia de invitar a columnistas porteños a que nos digan qué pasa en Argentina. Lo hacen medios provincianos que a veces tienen aires de superioridad y quieren decir qué es lo que se debe hacer, patriotas con base de operaciones en Miami.

Después, saltan en el aire y se vuelven "mendocinistas" de la primera hora.

Es que quienes los manejan, probablemente tengan cero interés en descubrir qué es lo que pasa, sino en buscar un clic más.

Esa actitud de reconocimiento de su propia impotencia o incapacidad para analizar con ojos mendocinos lo que sucede en la Argentina, aceptando el cassette que vas a ver en la tele o escuchar en la radio es lo que está haciendo que Mendoza se achate cada vez más.

Falta provocación, nuevos límites, interpretación sin segundas intenciones. Sobra mansedumbre a los dictados de quienes ven al país desde el Puerto y que sustentan su renombre con el machaque permanente de medios de llegada generalizada, pero que no garantizan, solo por ello, calidad o conocimiento.

¿Van a seguir gritando también en medios locales como lo hacen todo el día desde los dos lados de la grieta en la TV porteña?

No callan nunca. Blablablá. Aunque no sepan de qué están hablando, la habilidad para rellenar espacios con palabras que encajan los hace prestidigitadores de la realidad.

Desde un lado de la grieta, nos mentalizan a salir corriendo con un cuchillo en la boca a cazar kirchneristas. Desde el otro, regalan pasaportes al Cielo y colocan alas de ángeles a los pequeños demonios de la corrupción. Y la gente, que toma partido y decide creerles, sin pensar, a uno u a otros.

Y así, el esquema que termina generando una sociedad autómata que cede su cerebro para que lo programe otro, se repite ahora también al exportar el mecanismo a medios que en algún momento nacieron para darle relevancia a la mirada mendocina sobre el país.

Es increíble el absurdo con el que se busca a otros que digan lo que uno mismo tendría que saber decir. Oculta la necesidad de hacer silencios y dejar que parloteen los demás, o bien, desprecia sus propios recursos profesionales.

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