De locutores y escritores

"El periodismo es no sólo útil sino también imprescindible en su doble función de informar y de controlar sobre todo la gestión pública de tal suerte que los efectores tienen la obligación de dignificarlo cada día de su vida".

Eduardo Da Viá

Para iniciar el tema tomo prestados las respectivas definiciones aceptadas por la Real Academia:

ESCRITOR:

Persona que escribe.

Autor de obras escritas o impresas.

LOCUTOR:

Persona que tiene por oficio hablar por radio o televisión para dar noticias, presentar programas, etc.

Por cierto ambas actividades se valen de una sola herramienta: EL LENGUAJE, por lo que pareciera que no habría mayores diferencias, dado que, hablado o escrito, se trata del empleo de la palabra para la comunicación entre los humanos, única especie del mundo animal que posee la capacidad de hacerlo y con la cual si bien nace, debe necesariamente someterse a un prolongado aprendizaje para lograr primero el manejo del habla y luego el de la escritura, sin que la primera sea condición sine qua non para adquirir la segunda.

La Lengua Española es de una riqueza inagotable, por cuanto al glosario clásico se le agregan permanentemente términos nuevos acordes con los tiempos que se viven.

Esa infinitud hace que la fluidez y la calidad de lo hablado o escrito, dependa del acervo cultural del efector y del conocimiento de las reglas que rigen para una oratoria culta y conceptual o para un escrito gramaticalmente correcto.

Lo cierto es que la locución precedió en mucho a la escritura, aunque resulta imposible dar una fecha exacta al origen del lenguaje.

Hay teorías que sitúan el origen del lenguaje con el del homo sapiens, que parece que comenzó su andadura hace 50.000 años en África, tras una severa glaciación.

En tanto el origen de la escritura, sí ha podido rastrearse en el tiempo, por cuanto se dispone de hallazgos arqueológicos concretos, como las tablillas de barro mesopotámicas con escritura cuneiforme y similares en Egipto, China y en el Imperio Maya, datadas alrededor de 4000 años a.C.

Sin embargo hubo de recorrer un largo camino hasta el alfabeto latino, que, tal como lo conocemos y utilizamos hoy, se completó recién en el S.XVIII con la incorporación de la J y la U.

Lo cierto es que el uso del idioma tanto hablado como escrito se popularizó hasta alcanzar la categoría de profesión, diferenciándose los profesionales del habla, los locutores; de los de la escritura, los escritores.

Podría creerse que, utilizando la misma herramienta: EL IDIOMA, no habría grandes diferencias entre ambas actividades, no obstante sí las hay y en la actualidad, en nuestro país en especial, son abismales, y serán motivo de análisis en este escrito.

Con el advenimiento de la TV, el locutor pasó de ser una voz solamente, a ser lo que en realidad es, una persona; lo que a su vez trajo aparejado una serie de actitudes por parte de esa persona con la clara y legítima idea de destacarse de entre los colegas.

Hasta ahí nada que criticar, pero no tardaron en apelar a recursos no ortodoxos en tren de ser distinguidos por el mayor número de televidentes sintonizando el programa; así nació el "rating", anglicismo que me disgusta, y para lograrlo cayeron inadvertidamente en vicios que a mi juicio son patológicos.

De por sí, existe una diferencia absolutamente fundamental, y es que lo dicho puede aclararse, negarse, reiterarse o hasta retractarse, en tanto lo escrito, una vez publicado, es inalterable, a semejanza de las fotografías antiguas antes de la aparición del fotoshop.

El buen escritor piensa una por una las palabras que habrá de escribir, conoce su significado exacto con base etimológica y la ubica respetando la gramática y ni qué decir la ortografía.

Finalizada la obra, por lo general la deja "reposar", como un recién nacido de bajo peso al abrigo de una incubadora, para un segundo o tercer repaso, que por lo general incluyen correcciones, hasta concederle el visto bueno.

La literatura argentina actual, en la pluma de muchos de los escritores en boga, padece a mi juicio de una enfermedad desagradable, sensación que nunca experimenté con las enfermedades del cuerpo humano y a cuya sanación sin distingos, dediqué mi vida como médico.

La patología a la que me refiero, es la inclusión en los escritos de palabras soeces con una frecuencia y una grosería injustificada. Insultos, nombres vulgares de los genitales y del acto sexual, esto matizado con extranjerismos de la misma laya y todo en detrimento del buen escribir. Se me podrá aducir que se trata de una especie de hiperrealismo literario, a semejanza de la pintura, vale decir escribo como se habla.

Pues bien, yo lo considero patológico por lo que lo califico como enfermedad.

Estoy seguro que esos mismos escritores, cuando pasan a la palabra hablada, no utilizan las mismas expresiones, o al menos no con la misma enfermiza frecuencia, y hasta tienen la virtud de la moderación en presencia de mujeres, aun cuando las damas modernas abusan también de la grosería en el hablar, especialmente en las edades juveniles.

En la gran literatura universal y hasta mediados del siglo pasado, también se hacía referencia al sexo y a los órganos correspondientes pero con una elegancia tal que resultaba en una sublimación de un acto tan humano como cualquier otro, en vez de enlodarlo con estiércol gramatical.

Yo sostengo, como escritor, que los que nos dedicamos a escribir tenemos una obligación implícita cual es la difusión de la lengua culta, a pesar de tocar temas escabrosos, para ello están las semejanzas, las alegorías y los doble sentidos.

Claro, admito que es más fácil "putear" que insultar, por cuanto el insulto requiere de una cultura superior, cuya adquisición implica años de lectura de alta calidad.

Lamentablemente, la enfermedad a la que me he referido, no es exclusiva de los autores argentinos sino que por el contrario, es como el sello distintivo de algunos novelistas afamados de cualquier otra nacionalidad.

Para refrendar lo dicho, recomiendo leer la novela de Almudena Grandes titulada "Las edades de Lulú", premio a la mejor novela erótica, donde el leitmotiv es el sexo en sus versiones más truculentas y escrito con una crudeza tal en el lenguaje, que a pesar de reflejar una realidad innegable, me resulta chocante en la pluma de una mujer, y que me disculpen los defensores a ultranza de la igualdad de géneros.

Invitemos ahora a subir al patíbulo a los locutores, en especial los televisivos y que quede claro desde el principio que no a todos les calza el mismo bonete.

La chabacanería es común denominador, quizá emulando a los señores legisladores cuando aumenta la temperatura en el recinto de las leyes, y a años luz de distancia de los grandes oradores argentinos como Palacios, Alfonsín, Balbín, Perón y Lisandro de la Torre.

Pero por desgracia no para allí la cohorte de dolencias de las que sufren, sino que hay muchas más.

En primer término están la acatisia y la verborragia; acatisia significa incapacidad de permanecer sentado y por extensión, quieto.

Los locutores televisivos, hasta hace poco tiempo atrás se presentaban sentados tras un escritorio, por lo general haciendo dueto con una dama, ambos vestidos con la discreción correspondiente, comúnmente eran personas maduras cuando no mayores.

Hoy caminan, son jóvenes y lindos, llamativamente vestidas ellas sin escatimar anatomía visible; a la última moda masculina ellos, siempre sonrientes y valiéndose de proyecciones gigantes con información que innecesariamente repiten, dado que ya está escrita con tipos grandes y que para ello suelen dar espaldas al televidente.

No falta por cierto el intercambio de chanzas afines o no al tema del que tratan, en un intento de darle un tinte de familiaridad que estimo no corresponde.

La verborragia, vale decir el uso desmedido de cantidad de palabras cuando el tema podría sintetizarse con cuatro vocablos, el tono innecesariamente elevado de voz rayano en los gritos y la velocidad de pronunciación, muletillas, tautologías y furcios inadvertidos, todos defectos causados por la primera son comida corriente

La insistencia en temas remanidos y o superfluos y el ensañamiento en repetir día tras día ciertas noticias trágicas, estimo resultado de la obligación de utilizar el tiempo disponible en la programación del canal de que se trate, en vez de ocupar el restante, con algún aporte cultural en cualquiera de sus manifestaciones, que no solo sirva para cultivar sino para diluir un tanto la retahíla de robos, accidentes, extorsiones, violencia y corrupción expuestos a todo lo largo del noticiero.

Las cosas toman una tonalidad más oscura aún, cuando se trata de programas con inclusión de panelistas, los por lo general no concurren con la idea de intercambiar opiniones, sino con la de imponer su parecer a pesar de las evidencias en contra expuestas por otro participante más o mejor ilustrado. Yo invito a observar los rostros de los miembros de algunos de esos grupos cuando se encuentra uno de ellos en uso de la palabra, podrán comprobar que no prestan la debida atención a la exposición en curso, sino que preparan el zarpazo destructivo de lo sostenido por el precedente, actitud clarísima en el caso de ser políticos los panelistas. Rara vez si alguna, se escucha la opinión personal del periodista que maneja el panel.

El tema vacuna ha sido y sigue siendo el paradigma de lo expuesto más arriba. El televidente queda desconcertado ante la diversidad de opiniones en especial cuando los integrantes a pesar de ser científicos, tengan claras tendencias oficialistas u opositoras. La ciencia, pura en sí misma no puede ni debe ser bastardeada por la política, y esto se ve en algunos programas periodísticos conducidos por locutores.

El periodismo es no sólo útil sino también imprescindible en su doble función de informar y de controlar sobre todo la gestión pública de tal suerte que los efectores tienen la obligación de dignificarlo cada día de su vida.

Por cierto que existe en nuestro medio tanto nacional como provincial, dignos exponentes de esta dura profesión.

Habla poco y lo preciso, aconsejó San Martín a su Merceditas.

Para finalizar, mi reconocimiento a dos grandes que supieron conjugar el periodismo con la buena literatura: Eduardo Galeano y Mario Benedetti, y lo hago extensivo al equipo de Memo Diario, a mi juicio el mejor de Mendoza en su rubro.

Eduardo Da Viá

Mayo de Pandemia 2021

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