A más de un siglo de la Reforma Argentina

La Universidad pública en Argentina: "De cada tres personas que ingresan a una Universidad argentina, una termina sus estudios en tiempo, una ocupando más años de los esperados para terminar, y una abandona", escribe aquí Pablo Gómez.

Pablo Gómez

En estos días se han cumplido 103 años de la Reforma Universitaria, que se inició en Argentina en 1918 y que ha continuado a lo largo de más de un siglo, generando lo que en mi opinión es la más importante reforma que se ha producido en Argentina desde el inicio de la Democracia en nuestro país. Esa Democracia se había iniciado, con voto secreto y obligatorio por primera vez (aunque en esa época era solo de varones), tan solo dos años antes con la elección del primer presidente realmente democrático, el radical Hipólito Yrigoyen. Y no es casual que, iniciada la reforma democrática, se realizaran varias reformas específicas, entre ellas la universitaria. Lo que se inició en ese momento en la Universidad Nacional de Córdoba fue una reforma, porque generó cambios sobre la universidad preexistente; hay quienes pregonan la revolución, lo que en mi opinión no puede realizarse sin el uso de la fuerza: en vez de eso, los reformistas aplaudimos y acompañamos las reformas que sean necesarias, para cambiar la realidad pero sin llegar a alterar el orden establecido, en este caso, la Democracia que acababa de iniciarse tan solo dos años antes del inicio de los acontecimientos de Córdoba.

Y esa reforma produjo una impresionante mejora del nivel académico de los docentes, que dejaron de ingresar a las aulas por acomodo o por cercanías con sectores religiosos (al menos en las Universidades Públicas) para rendir concursos e ingresar al dictado de clases por capacidad. Se sumó a ésta mejora en el nivel académico la obligación de relacionar a la Universidad con la sociedad en la que estaba inmersa y, algunas décadas más tarde y gracias a una ley promulgada durante el primer gobierno del presidente Perón, las Universidades Públicas argentinas pasaron a ser gratuitas en su totalidad.

Estos cambios, que no casualmente se produjeron durante los gobiernos de los dos presidentes que aún hoy siguen siendo referentes de los principales partidos de nuestro país, generaron la reforma de la sociedad argentina a la que se refiere el título del escrito: ya no era necesario ser, como ocurre en la gran mayoría del planeta, miembro de un sector "pudiente" para acceder a educación universitaria de calidad. Esto generó el ascenso social de infinidad de integrantes de las clases bajas y medias de la sociedad argentina, y más allá del mejoramiento individual que cada persona haya tenido en su propia vida por tener la posibilidad de acceder a mejores empleos, el carácter social de la Universidad reformista generó (y genera) cambios en la sociedad que la rodea. En Mendoza, por ejemplo, con soporte gratuito de universitarios se han realizado obras de viviendas y de irrigación en barrios carenciados de la provincia, logrando que la universidad llegue a los sectores más desposeídos de la ciudadanía: la Universidad argentina no solo es para estudiar, sino también para atender a la sociedad que la soporta con sus impuestos.

"Romper la última cadena": la reforma del '18

Y a pesar de las críticas (que aunque a veces marquen verdades, muchas veces pretenden destruir el sistema educativo del país) la Universidad es altamente rentable para las arcas de la Nación: de cada tres personas que ingresan a una Universidad argentina, una termina sus estudios en tiempo, una ocupando más años de los esperados para terminar, y una abandona. Pero entre los ingresos que generan por pago de impuestos los dos universitarios recibidos, alcanza y sobra para cubrir los gastos generados por los tres ingresantes, haciendo que el riesgo a correr al abrir las puertas del conocimiento a todas las personas interesadas tenga sus beneficios: en este país el que quiere estudia, sea argentino o extranjero, todos por igual, aceptados por la Universidad inclusiva que la Democracia nos legó.

Por supuesto, tanta Democracia y tanto conocimiento no pudo menos que estar en la mira de los gobiernos que pretendieron, con sus largos bastones, volver a épocas oscuras: no lo lograron, una y otra vez, la comunidad universitaria sobrevivió a los golpes, y ya en el siglo XXI sigue adelante, con cada vez más soporte a quienes pretendan estudiar, si es que así lo desean.

Lo que comenzó en 1918 como una Reforma Universitaria, se coló por entre los pliegos de la sociedad argentina y la fortaleció reformando la estructura del país, para su propio bien. Debemos permitir que esa democratización del saber, que ha superado las grietas generadas en distintos momentos de la historia del país, sea nuestra guía para avanzar hacia un futuro mejor, con conocimiento y desarrollo social equilibrado. Es la tarea.

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