Un cuento

Corazón partido

Cristina Orozco Flores hace, con este cuento, un aporte a la "desinfoxicación". Una historia de barrio.

Cristina Orozco Flores

El perro del vecino entró a una casa ajena y no podía salir de allí. Corría por el jardín de adelante. Iba, de una punta a la otra, buscando una salida. El frente de la casa tenía rejas altas. Detrás del portón de ingreso, también de hierro, estaba el animal ladrando constantemente. Se paraba sobre las rejas y se resbalaba. Metía el hocico entre los barrotes gruesos y gemía.

Juan y Sandy, que vivían enfrente, llegaron corriendo porque escucharon ladrar a su perro.

-¡Dios mío! ¿Qué estás haciendo ahí Pastrón?- gritó ella cuando lo vio.

Inmediatamente, los dos trataron de sacarlo por arriba de las rejas. No lo lograron, entonces le hablaron para tranquilizarlo. También, metían sus manos entre los huecos de los barrotes y hacían chasquidos con sus dedos para que se acercara a ellos. Alargaban sus brazos tiesos sin que importara el dolor y sólo sus dedos eran los encargados de acariciarlo, con total libertad y amor.

- ¿Cómo habrá entrado allí?- se preguntaban.

Ellos lloraban y se abrazaban desconsolados porque no sabían cómo rescatarlo, ni a quién recurrir. Eran nuevos en ese vecindario, más conocidos como "la parejita feliz".  

Una señora con escoba

Ante tanto alboroto, los habitantes del lugar salieron de sus casas para saber qué pasaba. Cuando vieron la situación que estaban viviendo intentaron ayudarlos. Unos quisieron aplicar un plan de inmediato. Otros recordaron que la dueña de esa casa tenía muy mal humor, poca paciencia y nada de empatía. Comentaban que vivía sola y viajaba mucho.

-No me quiero imaginar qué pasaría, si llega Pocha de improviso. - ¡Seguro arde Troya!- dijo el vecino de al lado.

Doña Conce que se acercaba con un pequeño en sus brazos, se hacía la señal de la cruz cuando escuchaba esos comentarios. También oía que el niño decía: "Gusta esa nena". Él señalaba a Sandy y volvía a repetir: "Gusta esa nena". La joven jugaba con su cabello largo. Lo llevaba para un costado, para el otro. Miraba con atención a su perro y a las personas que iban llegando. La abuela seguía con su nieto en brazos. Lo retaba para que se quedara quieto pero Benjamín se movía igual y cada tanto repetía: gusta esa nena. Ella invocaba a Dios mirando al cielo.

Los niños del vecindario gritaban a coro: "Saltá, Pastrón, saltá". Él los miraba, corría, saltaba y ladraba sin parar. No hacía caso. Unos hombres llevaron una escalera al lugar, la ubicaron al lado del portón de rejas, pero no funcionó. De pronto, como por arte de magia, Pastrón dio un salto. Se trepó por el costado de la reja. Apoyó una de sus patas sobre una piedra y logró salir, como si fuera un gato. Cuando todos lo vieron afuera, empezaron a aplaudir.

-¡Qué alivio! - repetían.

El perro, ya despreocupado, sacudió su cuerpo dos veces y corrió al encuentro de sus amos.

Todos estaban tan contentos que decidieron hacer un pacto de silencio para que la dueña de la casa no se enterara de nada. Después de ese trato, se empezaron a ir lentamente. Era un día domingo de verano y la mayoría de ellos tenía visitas en sus casas.

-¡Sí, sí, acá no ha pasado nada!- se decían unos a otros.

-¡Vayan tranquilos!- dijo Salinas, un hombre mayor, muy amigo de Pocha.

Algunos vecinos, que no tenían mucho apuro, rodearon a la pareja que permanecía en el piso. Ellos estaban felices y besaban a su mascota con amor. Los tres, en ese momento, eran el centro de atención.

Mientras Sandy agradecía se acomodaba para quedar en cuclillas y le hablaba muy cerquita a su perro, como en secreto. Le tiraba las orejas blancas y puntiagudas, por haberse portado mal. Y cada tanto, le daba un besito en el hocico, arriba de la nariz.

- ¡No vas a salir nunca más de la casa, Pastrón! ¿Entendiste?- le decía.

En ese momento, Doña Conce, le dijo al niño: "Vamos querido, que se te enfría la papa".

Le tapaba la boquita a su nieto con disimulo, porque repetía sin parar: "Gusta esa nena" y señalaba a Sandy con insistencia. Ella permanecía sentada en el piso, con el cachorro en sus brazos.

El pequeño Benjamín estaba empeñado en que la joven lo escuchara y por eso la miraba fijo. No se quería ir de allí. Sandy, a su vez, empezaba a prestarle atención al niño pero Juan y los vecinos que se iban la interrumpían.

La abuela pensó: "Por suerte no lo escuchó su padre, porque se hubiese pavoneado diciendo por ahí, ' hijo e tigre'".

Había descubierto que su nieto era un pequeño Don Juan y sabía muy bien a quien salía, pero por las dudas, no se lo iba a contar a nadie. Recordaba con rabia que su yerno era conocido como un encantador de mujeres y que en algún momento se su vida supo tener dos o más novias a la vez. En una oportunidad fue descubierto en una plaza, por una de ellas, quién le propinó una tremenda paliza. Después de golpearlo con la cartera, quedó mal herido y eso lo obligó a desaparecer por un tiempo. Las señoras mayores se preguntaban qué tenía el Tony, por eso, mantenían a sus hijas alejadas de él. Era un gran seductor. Se acercaba a las chicas con palabras de amor. De esa manera, conquistó a su hija menor, la madre del niño, con quien terminó casándose.

Sandy y Juan, siempre juntos sentados en el piso y al lado del perro seguían saludando y agradeciendo a los últimos vecinos que quedaban. Ella movía una patita de su perro para despedirlos. Eso le hizo mucha gracia a Benjamín, tanto que empezó a reírse a carcajadas. Ya se había olvidado de decir la famosa frase, aunque seguía haciendo fuerza para poder llegar a la joven. Pero no pudo con la resistencia de su abuela. A cada rato, ella lo acomodaba en sus brazos y cuidaba de que no se cayera. Después el niño se despidió moviendo su manito también y le largó un beso a la joven. Doña Conce lo miró con complicidad y él le devolvió el destello de sus ojitos negros. Entonces la abuela con decisión lo alejó del lugar y se dirigió a su casa aligerando el paso. Le hablaba y le acariciaba la cabecita a Benjamín. Además, en ese trayecto, le regaló una golosina que tenía guardada en el bolsillo del delantal de cocina que llevaba puesto. No le importaba que se enojara su madre. Sólo quería apartar al niño de esa ilusión. Deseaba protegerlo de las garras del amor, para que el día de mañana no fuera un Don Juan como su padre. Y porque después de todo lo que vio, no quería que su nieto, tan pequeño, se quedara con el corazón partido.

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