Capítulo XXXIII

Solsticio de verano: qué más hay que soltar, abuela

La novela Bonarda y Malarda, en su Capítulo XXXIII de Marcela Muñoz Pan, todos los capítulos los pueden encontrar en Memo.

Marcela Muñoz Pan

Entre el final de un ciclo y el comienzo del otro, existe un vacío.

Ese vacío empieza el 21 de diciembre en nuestro hemisferio sur, como si fuera una grieta que el mismo calor abre en la tierra y los hombres cada vez lo hacen una realidad. Mientras el mundo entero busca refugio en el invierno, acá en la tierra de Mendoza Este, el sol se incrusta en los ojos sin que te dejen parpadear.

Alicia, la hija de Bonarda y nieta de Elena, estaba muy ansiosa ese día, porque le comentaba a sus primas que ya la veía muy abatida a su madre y abuela, muy avejentadas y siendo bastante esotérica le temía al vacío del solsticio porque era entre un final anunciado y el comienzo del otro. Siempre las sombras son más cortas y la verdad, por lo tanto, más larga, un espacio donde el tiempo no corre, sino que late.

El esposo de Alicia, Aldo, recorría sus viñedos en El Alado, sintiendo un pulso misterioso, silencioso. Él decía siempre que ella era su Supernova y también como buen compañero de la vida, de su familia, amigo, amante, esposo, notaba que el silencio no era de muerte, sino de gestación, entendía perfectamente lo que Alicia sentía en ese tránsito que comenzaba, donde las almas se despojan de lo viejo. Al llegar a la sala de reunión donde estaban todos los más jóvenes, escuchaba que les decía Alicia: el solsticio que empieza hoy, 21 de diciembre, no es solo luz, es un fugo alquímico que transmuta la piel en espíritu. Es el día de la máxima expansión. El eje de la Tierra, inclinado hacia el corazón del fuego, permitía que lo esotérico se volviera cotidiano. Los espejismos entre las viñas no eran calor, eran recuerdos de otras vidas que intentaban cruzar el umbral antes de que la noche, breve y fugaz como un suspiro, reclamara su lugar.

Aldo cerró los ojos y se dejó habitar por ese vacío. El ciclo anterior se había disuelto en el mosto del tiempo. Lo que venía aún no tenía nombre. Solo existía el ahora: el día más largo, la luz más cruda y la promesa de que, tras el vacío, la vida siempre vuelve a fermentar. Todos sentados para almorzar, en la mesa previa de las navidades que se aproximaban, estando todos juntos como hacía un tiempo no habían podido estar; las gemelas, las hijas de ambas, Pedro y José. Ósman había muerto hacía poco y el clima de melancolía, sombras mínimas, pero sombras, no dejaba de sentirse, aunque la viuda Elena estaba en paz, la verdad salió a la luz, tarde a lo mejor, pero salió. Ella si moría, su solsticio sería más suave, partiría sin maletas pesadas habiendo aprendido a soltar sin que supiera su real significado. Era la vida misma que se lo había enseñado. Elena siendo abuela ya había tenido bastante, era hora de soltar y cuando su nieta Alicia le hablaba de estas cosas ella sentía alivio, sanación y comprensión.

¿Qué más debemos soltar Alicia?-, preguntó Doña Elena.

Lo que debemos soltar abuela, es el miedo a que la luz nos vea tal cual somos. Porque en este vacío del 21 de diciembre, no hay secretos que el sol no queme. Alicia levantó su copa de Bonarda, pero no brindó. Observó cómo el líquido oscuro atrapaba el último rayo de ese sol incrustado en el horizonte, volviéndose brillante, casi radiactivo. En ese instante, una ráfaga de viento caliente cruzó la mesa, agitando los manteles y apagando por un segundo el bullicio de los jóvenes. Fue entonces cuando lo vio: un espejismo en la entrada de la finca que no se desvanecía. Una figura que se parecía a Ósman, o quizás a todos los ancestros, saludando desde la grieta del calor.

El vacío ya no es un hueco, susurró Alicia para sí misma, sintiendo que su piel transmutaba. Es el espacio que dejamos libre para que lo que no tiene nombre pueda, por fin, entrar. Bebió el vino de un solo trago, sintiendo el fuego alquímico bajar por su garganta. El sol finalmente cedió, pero la oscuridad no llegó. En el corazón de El Alado, la noche de aquel 21 de diciembre se negó a caer, dejando a la familia suspendida en una penumbra dorada donde el tiempo ya no corría, sino que latía como un corazón recién despertado.

La pregunta de qué más debían soltar quedó flotando en el aire, pero la respuesta ya no importaba. El solsticio los había reclamado, y en la tierra del este, lo que se suelta hoy, mañana amanece convertido en leyenda.

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