Una mirada

Reinventar la Navidad

Volver a descubrir algo nuevo, rescatar el espíritu de la celebración y mantener, sobre todo, a la familia unida. La Navidad nos pide cada vez más compromiso y nada tiene que ver con si somos creyentes o no. Escribe Laura Rombolí.

Laura Romboli

Reunirnos a la mesa, vestidos especialmente para la cena, con una mesa y un menú pensados y armados por varios no es cosa fácil. Es un momento tan particular que debemos poner lo mejor de nosotros, si es que lo tenemos. Sacar la sonrisa y, por si fuera poco, todo eso mientras extrañamos a los que ya no están. Si lo pensamos bien, la noche del 24 no es apta para cardíacos ni hipertensos y mucho menos para los que están algo sensibles porque dejaron las harinas un mes antes.

Suena a broma, pero la carga que tiene la Nochebuena no es para cualquiera. Es que ni los cumpleaños ni los festejos personales tienen el espíritu familiar de la noche de Navidad.

El 24 es pensar en la familia, es unión, es reconocer de dónde venimos. Sí, es increíble que una celebración efímera nos traiga tanto y que, con el paso de los años, las Navidades vayan mutando. Según dónde nos encuentre o, mejor dicho, cómo nos pille parados esa noche mágica en nuestras vidas, será la Navidad que asumiremos.

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Y ese espíritu festivo comienza en la niñez. Ese día se colmaba de alegrías: llegaban los familiares que nos visitaban solo para esa fecha, se ponía el mantel elegido para ocasiones especiales, la gaseosa de naranja de litro (y de vidrio) y los regalos en el arbolito. Esas imágenes luego nos acompañarían por mucho tiempo. El pecho se nos hinchaba de tanta felicidad que se nos terminaba cuando, rendidos, nos dormíamos en el colchón en el piso porque nos tocaba ceder nuestra cama a las visitas.

Luego, la adolescencia y solo bancar, con cara larga, la espera de las doce para saludar y juntarnos con nuestros amigos en la vereda de cualquier esquina del barrio.

La juventud la vivíamos esperando que nos pasaran a buscar para seguir saludando y terminar en alguna casa desconocida de la prima de un amigo.

Y luego comenzar a fragmentar la noche, dejando la casa de los viejos para pasarla en otra, con caras nuevas que se volverían familiares en cuestión de dos o tres ediciones más.

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Y vuelta otra vez a la rutina de una puesta en escena maravillosa para que los regalos, que ahora son para tus hijos, vuelvan a iluminar esos ojos de pura inocencia. Y con los dotes ocultos de los mejores actores, de los que aprendimos cuando éramos chicos, nos toca a nosotros ahora incentivar la búsqueda y la espera, con toda la magia que deberá llegar siempre después del brindis.

Y se volverán grandotes, dejándonos, porque decidieron viajar o darnos una fecha de las fiestas que debemos elegir para festejar.

Entonces nos proponemos reinventarnos otra vez, acomodar las sillas si son pocas o poner otra mesa si la familia se volvió a juntar. Y aprenderemos a convivir con esos lugares que quedan vacíos y que nunca más se vuelven a ocupar.

Vivimos cuántas Navidades como vidas tenemos. Somos felices, extrañamos, llegamos enojados, odiamos el mundo, sonreímos sin pedir más. Pensamos en los que ya no están y no sentimos ganas de creer más. Miramos la nueva vida, los que corren alrededor de la mesa, lloramos con los buenos anuncios y nos escandalizamos con las sentencias que hacen, en plena cena, los que la vida golpeó más.

Nos enamoramos, nos ilusionamos, creemos que vamos a poder, sentimos la fuerza de que todo estará bien y nos dormimos abrazados, vencidos por el mejor champagne.

Una música que suena a lo lejos, una fiesta a la que nadie nos invitó, un discurso que no entendemos, una vida que cuidamos, un amor que protegemos, un viaje que esperamos, un trabajo al que renunciamos, una vuelta de página, un suspiro, un respiro, un llanto, un grito, un abrazo y un perdón: todo eso es Navidad.

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