LITERATURA

¿De qué hablamos cuando hablamos?

Una nueva historia, en la pluma de Cristina Orozco Flores.

Cristina Orozco Flores

Y sí, ahora que te jubilaste me pregunto, ¿qué vas a hacer? Decías que te ibas a morir el día que te fueras de la oficina. Han pasado cinco días desde que te retiraste y estás vivo. ¿Cómo no me iba a sorprender tu decisión? Aunque tenías la edad, los años trabajados y los aportes correspondientes, no esperaba que hicieras los trámites tan rápido. Reconozco que, cuando presentaste los papeles se te veía cara de amargado. Pobre, decía yo, ¿se habrá arrepentido? Con los chicos nos alegramos, porque de lunes a viernes nos despertabas con el ruido de la máquina de afeitar o con la ducha o con el sonido de la puerta de la cocina, que incluso hasta el día de hoy cruje cuando la abrimos. ¡Qué tortura esa puerta!

Tomabas dos tragos de café y salías corriendo para llegar a horario al trabajo y hasta la noche no se te veía el pelo. ¡Vos y tu bendito trabajo! No solo eras el primero en llegar a la oficina, sino también el primero en encender las computadoras y el último en irte. Yo me quedaba despierta desde las seis de la mañana y por más que durmiera menos, veía el lado bueno de esa situación. Llegaba con los chicos a la escuela siempre a tiempo. Aunque no sé en qué momento de la vida tomaste la determinación de priorizar tu trabajo antes que a tu familia.

Pensé que a partir de tu jubilación íbamos a vivir una vida normal. Que te iba a interesar recuperar todo aquello que no habías podido disfrutar. Nunca imaginé que al tomar la decisión de retirarte, ibas a permanecer la mayor parte del día encerrado en la habitación. A oscuras y acostado en la cama. Los amigos y la familia me dicen que no me haga problema. Que se te va a pasar. Que tenga paciencia. Yo entiendo que son más de treinta años de trabajo. Pero nadie te obligó. Incluso te vimos disfrutar en el festejo de tu despedida. ¡Creo que podrías poner un poquito de voluntad! ¡Me dan unas ganas tremendas de ir al dormitorio a correr las cortinas para que veas la luz del día!

Y si no sabés qué hacer, se me ocurre que podrías empezar por arreglar las cosas rotas de la casa. ¡Por ejemplo, la puerta de la cocina o la mochila del baño principal! También, podrías ocuparte del jardín. ¡Es buena idea! Te podría llegar a gustar. Y, aunque lo tuyo sean los números, creo que después de haber estado encerrado por décadas en una oficina, una nueva vida al aire libre te haría bien. Vas a poder mirar los aviones en el cielo. Ya sé que no son gran cosa. Pero los que van a Chile dejan una estela que llama la atención. A veces, se confunde con las nubes y forman figuras raras. El cielo despejado es perfecto para verlos y para mirar pájaros. Podrías ver todo lo que se te ocurra. ¿Qué digo? Si eso es justamente lo hace todo el mundo. ¡Ya empecé a divagar!

Si te ocuparas del jardín sería lo más acertado. De paso tomarías algo de sol. Se te iría ese color blanco que te da la apariencia de un enfermo crónico. Con ese blanco casi azulado parecés un fantasma. No lo digo yo, lo dice mi madre. Y ella, que siempre me llena la cabeza cree que, si no salís de esa habitación en estos días, vas a ir a parar a un cajón. Y yo le doy la razón. Es que hoy te vi desmejorado.

No dejo de pensar en los momentos importantes que te has perdido en familia. ¡Me da pena! Pero ¿quién puede volver el tiempo atrás? Te perdiste los actos de los chicos con la excusa de que no podías dejar una reunión de personal o que tenías trabajo atrasado. Se enfermaba algún compañero y vos hacías el trabajo por los dos. Ni hablar si me tenías que ir a buscar a algún cumpleaños. Te demorabas. ¡Siempre lo mismo! ¡Todos se iban y yo seguía ahí con los chicos! Y, los viernes en la noche, cuando mirábamos una película o en las reuniones con amigos te quedabas dormido ¡Vos y tu rutina! ¡Claro, el señor no se había acostumbrado a trasnochar!

Hacen cinco días que te has jubilado y no puedo entender que lo único que quieras es estar en la habitación tirado en la cama, como si el mundo se te hubiera terminado. No, no lo esperaba. Ya sé que por lo menos te levantás y almorzás con nosotros. En la mesa hablás poco y nada. De inmediato volvés a la habitación con el pretexto de que vas a dormir la siesta.

Me da vueltas por la cabeza la letra de una canción de Arjona. Dice que: uno no está donde el cuerpo sino donde más extraña. Y me acuerdo de que nadie te obligó a tomar la decisión que tomaste y más rabia me da. ¡Vos elegiste jubilarte! Trato de no quejarme para que no me digan que me hago la víctima. Me quedo calladita y no quiero ni opinar.

Hoy más que nunca se me viene a la memoria lo que nos dijo el cura el día que nos casamos: que nos acompañáramos en las buenas y en las malas. Eso me quedó bien grabado. Está relacionado con la paciencia que estoy teniendo estos días con vos. Entonces digo que está bien que ahora me importe. ¿Habrás caído en depresión? Si es así, solo vos y tu propia voluntad son las que te puede sacar del pozo donde te has metido. Yo confío en que puedas reaccionar.

¿Y si voy al dormitorio a darte charla? Me pregunto, ¿de qué hablamos cuando hablamos? De los chicos, seguro. Sí, ya sé que estás orgulloso de ellos. Porque les va bien en los estudios y porque son buenas personas. ¡Ese sí que es mérito mío! Están pensando qué seguir en la facultad. La nena ya se decidió. Quiere seguir Psicología y la única facultad a la que podría ir es privada. Y de eso, vos todavía no sabés nada.

Cuando hablamos de las vacaciones surge siempre el mismo problema. Las organizamos con entusiasmo y después no vas con nosotros. A último momento decís que no podés dejar a los muchachos solos, menos si no está tu jefe. Y nos prometés que vas a ir el año que viene. Es más, lo asegurás. Ya ni siquiera tiene sentido que me vuelva a preguntar de qué hablamos cuando hablamos. No lo sé. Ni me acuerdo. Esa oficina era tu lugar en el mundo y sin dudas eras feliz detrás de ese escritorio marrón y viejo. Eso es lo que yo puedo asegurar y lo que veía. ¡En qué momento cambiaste tanto!

Dije que no me iba a involucrar y me encuentro abriendo muy despacio la puerta del dormitorio. Yo también, a veces, digo una cosa y hago otra. No veo bien por la penumbra que hay en la habitación. Me parece que estás tan dormido que no te has dado cuenta de mi presencia. Ni de que tengo mi mano encima de la tuya. ¿Tan profundamente dormido estás, que ni siquiera has atinado a tomarla o a rechazarla? ¿Nada? ¡No tenés arreglo! Cuando nos conocimos añorábamos formar una familia. Es hermosa la que tenemos. Agradezco la confianza que pusiste en mí, cuando me delegaste todas las responsabilidades de la casa. ¿Será que siempre me viste fuerte? No, no soy tan fuerte. Yo solo tiré del carro. Y vos te escondías detrás de un hombre de bajo perfil y de pocas palabras, al que le importaba trabajar por sobre todas las cosas. Fue tan cómodo para vos que nunca te diste cuenta de todo lo que hice y hago. ¡A estas alturas ya me acostumbré!

¡Me lo dije mil veces! Que te iba a dejar actuar. Que hicieras lo que vos quisieras. Pero me conozco. No puedo con mi genio. Estoy en el dormitorio. La penumbra de la habitación no me deja ver tu cara. Hay olor a encierro. Creo que el oxígeno de la habitación está viciado. Claro, son varios días sin abrir la ventana. En el almuerzo, hoy te vi más pálido. ¿Será la inactividad de estos días? Estás frío. Mi mano temblorosa no se conforma con tanta indiferencia y te muevo el brazo. Y vos nada. No reaccionás. Tampoco escucho tu respiración. ¡Despertáte por favor! ¡Habláme Pablo! ¡Creo que voy a correr la cortina de una buena vez y que sea lo que Dios quiera!

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