Bonarda y Malbeca comienzan a escribir su propio prólogo
Edición especial de verano, la novela Bonarda y Malarda, en su Capítulo XXXVI de Marcela Muñoz Pan, todos los capítulos los pueden encontrar en Memo
El silencio en la habitación de Elena ya no era el de la muerte, sino el de unsecreto que acababa de estallar suavemente, como una granada de seda.Bonarda sostenía la carta de 1950, sintiendo que el papel amarillento lequemaba los dedos. Malarda, por primera vez en su vida, no tenía unarespuesta ácida ni un comentario práctico. Afuera, el bullicio del desfilenavideño de Mendoza Este se filtraba por las ventanas cerradas. Trompetas ytambores celebraban un nacimiento, mientras adentro, las hermanas asistían alrenacimiento de su propia identidad.
La prioridad de vestir a Elena quedó en un segundo plano. Había una urgenciadistinta ahora: encontrar la llave del cofre blanco con ribetes dorados. Malarda,con la eficiencia que la caracterizaba, pero con las manos trémulas, comenzó avaciar el alhajero de madera que Elena tenía en la cómoda. Aparecieron losanillos de colores que mencionaba la libreta, un rosario de pétalos de rosasecos, una medalla de la Virgen de la Carrodilla.
Pero la llave no estaba allí. Fue Bonarda quien, observando el cuerpo serenode su madre, recordó el gesto de Elena en sus últimos meses: siempre setocaba el escapulario de tela que llevaba colgado al cuello, oculto bajo la blusa.Acá está dijo Bonarda, acercándose con infinito respeto. Desató el cordón deseda, cosida dentro de la pequeña bolsa de tela del escapulario, no había unaestampa de un santo, sino una llave pequeña, de un bronce gastado por el roceconstante contra el pecho de Elena.
El corazón de su madre no solo habíalatido por ellas; había latido contra esa llave durante décadas.El cofre blanco estaba escondido en el fondo del placad, detrás de las mantasde lana que Elena tejía para los inviernos que nunca parecían llegar. Al colocarlo sobre la cama, el peso del objeto delataba su contenido: años depalabras contenidas. Al girar la llave, un leve click rompió la última barrera deprivacidad de Elena. Dentro, ordenadas por décadas y atadas con cintas dediferentes colores, estaban las cartas. Las cintas azules: Cartas de lajuventud, cuando el amor era una promesa bajo los parrales, aunque sólo unapuedo llegarle a Roberto y tarde. Las cintas negras: Escritos de los años desilencio, de la separación forzada, del maldito destino y de la angustia dequerer gritar a los cuatro vientos una verdad. Un sobre aparte: Con unacaligrafía más firme, donde se leía simplemente: "Para que mis hijas entiendanpor qué las nombré con el vino Bonarda, como mi única gloria y la otra niña queespero conocer antes de morir, ojalá sepa dónde estás, quién te sacó de misbrazos, rogando día a día, minuto a minuto que un corazón te haya rescatadocon toda su generosidad y valentía. Cuando pensé en el nombre de mi niñaperdida pensé en Malbeca, lo más parecido a Malbec (el vino preferido deRoberto).
Bonarda miró por la ventana hacia los viñedos. El cielo blanco cenizaempezaba a romperse, dejando ver retazos de un naranja entre dorados yalgunos violáceos. El mar abierto del que hablaba Elena ya no le resultaba tanaterrador. Tenían el mapa. Tenían las cartas. Tenían el norte que habíanperdido literalmente en las cartas como el testamento vivo para cerrar ciclos depreguntas, comprender en el todo a su madre, incluso a sus abuelos.
En ese momento, el aroma del pan dulce que Elena había dejado preparado enla cocina inundó la habitación. Era ella. Era su forma de decir que el perdónestaba servido y que la última cosecha, la más amarga y dulce a la vez,acababa de comenzar.El silencio que siguió fue denso.
Entendieron que Elena no solo las habíacriado, sino que las había blindado. Les había dado nombres que eran códigossecretos de un romance prohibido, convirtiendo a sus propias hijas en monumentos vivos a un hombre que el mundo le obligó a borrar. Debajo de laprimera carta, encontraron algo más sólido.
Un pequeño sobre de papelmadera que no contenía letras, sino una fotografía pequeña, de bordesfestoneados. En la imagen, en blanco y negro, pero con una nitidez asombrosa,se veía a una Elena jovencísima, con el cabello al viento, abrazada por unhombre de espalda ancha, camisa blanca impecable y una mirada profundaque parecía traspasar el papel.
El parecido con Bonarda era innegable en losojos; la mandíbula firme, era la de Malarda. Con letra apurada, Elena habíaescrito: "Finca Los Franciscos" último brindis antes de la tormenta. Él no sabeque me voy. Yo no sé si volveré a verlo. Pero estas niñas que llevo conmigoserán mi única verdad".
Elena se fue en paz, pero dejó la llave para que las gemelas dejen de serpáginas finales y comenzaran a ser su propio prólogo junto a su padre Robertoque aún estaba vivo y que había enviudado hacía poco también, con la muertede Doña Adriana. Roberto al enterarse de toda la verdad, decidió radicarse enMendoza Este. Los pocos años que le quedaban por vivir, debía saldar sudestino junto a sus hijas, sólo necesitaba eso para seguir viviendo.
A Malardase le venía una gran decisión: con qué nombre se quedaría, en sus 60 añoshabía tenido dos nombres Malarda y Bárbara, ahora se estaba enterando elnombre elegido por su madre biológica: Malbeca.