Opinión

Entre la liviandad y el abismo: cuando el futuro se nos vuelve urgente

Hay textos que no buscan respuestas: incomodan. No es pretensión el ordenar el mundo, sino desnudarlo, con un gesto honesto, caótico, y profundamente humano, con potencia. Comprender a las generaciones emergentes no es ya una tarea académica: es una urgencia política, ética y cultural.

Mauricio Castillo
Técnico universitario en Gestión y Administración en Instituciones Públicas - Coach Laboral y Ejecutivo

Propongo para este análisis un desplazamiento significativo: dejar de llamar "habilidades blandas" a aquello que, en rigor, constituye el núcleo duro de lo humano. Empatía, inteligencia emocional, tolerancia, humildad ontológica, resiliencia. No como adornos discursivos, sino como condiciones mínimas para habitar una democracia que no se disuelva en su propia retórica. Frente a ellas, se alzan los viejos y persistentes antagonistas: el egocentrismo, el individualismo, la deslealtad. No como defectos morales aislados, sino como síntomas de esta época.

Las decisiones públicas -locales, provinciales, nacionales- ya no se toman en el vacío. Se gestan en un ecosistema atravesado por transformaciones tecnológicas y científicas que no solo modificaron los modos de producir y comunicarse, sino también de sentir, vincularse y ejercer poder. La política, sin embargo, parece llegar siempre tarde. Tarde a comprender que la experiencia es reemplazada por un título o un mérito netamente electoral, que la vivencia se impone al concepto, que la frontera entre realidad y ficción se volvió porosa, uno diría casi irrelevante.

La palabra clave: "liviandad", no la utilizo solo como un sinónimo de frivolidad, sino como modo de decidir. Decisiones livianas para problemas pesados. Decisiones rápidas para procesos complejos. Decisiones que, al no asumir su densidad histórica y humana, empujan a la ciudadanía hacia una dependencia cada vez más profunda de lo artificial. No por maldad, sino por omisión. No por conspiración, sino por incapacidad de detenerse a pensar.

¿Dónde nos encontramos en este presente? ¿Estaremos atravesando una forma nueva de guerra? No necesariamente bélica, pero sí planetaria. Una guerra simbólica, cultural, espiritual. Una disputa por el sentido, por la esencia, por el valor de lo humano en un mundo que premia la "eficiencia", en exceso, por encima del cuidado, la velocidad por encima del discernimiento, el poder por encima del vínculo.

Las referencias a universos distópicos, obras cinematográficas de hace años y no tantos como Mad Max, Terminator, Avatar, no son un recurso literario ingenuo. Funcionan como espejos deformantes que exageran rasgos ya presentes. No hablan del futuro: hablan del presente llevado al extremo. Y quizás por eso pueden inquietar un tanto.

Sin embargo, y para no caer en el pesimismo, hay una grieta por donde entra la luz: la idea de crear "desde la nada". De volver a lo esencial. De asumir que, en medio de la incertidumbre, la creación -no la repetición- puede ser una salida. No una solución mágica, sino un acto de resistencia.

Realidad que me lleva a buscar respuestas, con un grado de humildad ontológica, mi intención, evitar influir, enredar, y arrastrar a mis lectores con mis conclusiones; escribo y transmito desde la honestidad, como un simple acto político.

La única intencionalidad es la interpelación, ¿Quiénes están decidiendo hoy? ¿Con qué herramientas humanas lo hacen? ¿Y qué estamos dispuestos a perder, o a recuperar, en el camino?

Tal vez el mayor riesgo no sea el colapso tecnológico ni la distopía (Representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana) anunciada. Tal vez el verdadero peligro sea la "liviandad" con la que miramos todo eso... y seguimos de largo.

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