OPINIÓN

Ayer Eichman, hoy Maduro

Un dictador investigado y acusado por el Tribunal Penal Internacional de torturas y crímenes de lesa humanidad, Nicolás Maduro, ha sido secuestrado por las fuerzas de élite de Estados Unidos. Escribe el doctor Carlos Varela Álvarez.

Carlos Varela Álvarez
Abogado

Un dictador investigado y acusado por el Tribunal Penal Internacional de torturas y crímenes de lesa humanidad, Nicolás Maduro, ha sido secuestrado por las fuerzas de élite de Estados Unidos.

Una vez más el sheriff del Norte usa la fuerza antes que la ley.

A unos les ha hecho acordar a Noriega, a mí lo que pasó con Adolf Eichmann en la Argentina de Perón, en la que nazis se alojaron sin inconvenientes e impunidad.

Ahora bien, los dilemas y los cínicos vendrán ahora con sus diversas posiciones. La izquierda que nada hizo en serio para impedir las torturas, los secuestros de personas, las cárceles secretas y las trampas electorales, se rasgará las vestiduras con el "imperialismo" y el nuevo cesarismo.

La líder indiscutible Corina Machado pide pista para asumir el poder, que una elección tramposa le impidió asumir con su colega Edmundo González Urrutia.

Ahora bien no le hace muy bien a un Premio Nobel de la Paz agitar las aguas del secuestro y las violaciones del derecho internacional que garantizan la ley del más fuerte. Nunca oí al Dalai Lama pedir la invasión del Tíbet para recuperarlo de las garras chinas ni a Pérez Esquivel pidiendo un golpe de estado o algo contrario al derecho contra la dictadura argentina.

El Premio Nobel de la Paz no se mancha y eso debe saberlo Corina Machado si quiere legitimidad.

Trump no secuestra a Maduro por ser un criminal de guerra sino que sus razones como las de entonces George Bush hijo, son simplemente de necesidades de recursos de los otros; el agua, el petróleo, la geopolítica, etc.

Si fuera por los derechos humanos, Corea del Norte, China, Nicaragua, Cuba, Rusia y decenas de otros países debieran tener invasiones o secuestros conforme el estándar de Estados Unidos.

Hoy el gran fracaso es la institucionalidad internacional, de la ONU, la OEA, el TPI y otras que carecen de fuerza y credibilidad.

El mundo se ha vuelto de esa manera tan frágil que un presidente sin ataduras como Trump hace lo que quiere y los demás también. Hoy es así, cada uno hace lo que quiere y no lo que debe.

Maduro, si Trump quiere hacer un gesto distinto debe ser entregarlo al Tribunal Penal Internacional de La Haya, donde enfrente un juicio por las torturas, desapariciones forzadas, secuestros y violaciones, a manos de sus fuerzas regulares y de los servicios de inteligencia incluso donde Maduro en un proceso judicial internacional pueda impugnar su detención y secuestro, y quizás así el mundo pueda acudir a una cita interesante en el marco del derecho internacional. La discusión de la validez entre formas y justicia.

Trump ha impulsado detenciones masivas de personas con residencia y sin residencia en Estados Unidos, ha creado fuerzas especiales para ello, ha dejado sin defensa a niños separados de sus padres y entre su política internacional ha permitido la masacre de miles de personas en Gaza.

Ha hecho del mundo un lugar menos seguro, menos valioso, y donde la ley importa poco.

Nos movemos en nuevo péndulo entre los Bukele, Milei y Kast a los Diaz Canet y Ortega, con Lula, Petro, Sheinbaum y Orsi en Uruguay.

Mucha gente se alegrará en el mundo por la caída de Maduro y su diáspora de millones de exiliados con su premio Nobel encenderán velas para el triunfo.

Otros se lamentarán de este zarpazo al derecho que hace que todo valga, siempre que sea en favor de quien lo hace.

A Eichmann lo narró nadie mejor que Hanna Arendt como corresponsal de su juicio y ejecución en Israel, consagrando el principio de la "banalidad del mal".

A Maduro la historia le ha garantizado un lugar, impensado para este hombre que pasó de ser un simple chofer de autobús a un dictador con traje de payaso.

Trump también se asegura un lugar como el excéntrico sin límites que todo lo puede y sin controles.

El miedo ha llegado para quedarse en un desierto sin sombras y en manos de bandoleros que sin Estado se disputan las tribus existentes.

Ya no hay buenos ni malos, sólo intereses que defender y que lamentablemente nunca coinciden con los nuestros, los de a pie.

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