Real Academia Española vs Instituto Cervantes
El Dr. Eduardo Da Viá vuelve a analizar las contradicciones que surgen desde los padres del idioma castellano.
La polémica entre el Instituto Cervantes y la Real Academia Española abre interrogantes sobre el futuro global del español.
La disputa institucional por la política lingüística exterior revela tensiones históricas y plantea interrogantes sobre la proyección internacional de un idioma en expansión.
El reciente desacuerdo entre el Instituto Cervantes y la Real Academia Española (RAE) ha puesto de manifiesto las tensiones latentes en torno a la gestión y promoción internacional del español. La controversia, que se ha intensificado en los últimos días, gira en torno a la representación y el liderazgo en la política lingüística exterior, un ámbito en el que ambas instituciones reclaman un papel central.
Recién en el año 2000, cuanto yo ya contaba con casi 60 años, logré hacer realidad un sueño que acuné desde muy joven.
Lector voraz desde la niñez, ambas instituciones se fueron haciendo carne en mi intelecto, de tanto leer acerca de sus liderazgos en materia de conservación, difusión y perfeccionamiento de nuestra querida lengua española como así también de los premios y distinciones que periódicamente otorgan ambas entidades.
Ése, mi primer viaje al viejo continente era de carácter netamente cultural en mis planes, sin descartar por cierto lo meramente turístico.
De hecho lo primero fue visitar, aunque solamente por fuera, el edificio de la RAE, sito en el Paseo del Prado
El pórtico de la Real Academia Española (RAE) en Madrid, construido por Miguel Aguado de la Sierra, es de estilo Clasicista, destacando por sus cuatro columnas de orden dórico y un frontón triangular, aunque el edificio en general, construido a finales del siglo XIX, también muestra influencias del eclecticismo y, en detalles interiores, del incipiente Modernismo, según esmadrid.com y el documento de la RAE.
Acto seguido me encaminé a la calle de Alcalá para admirar la joya arquitectónica del Instituto Cervantes.
El edificio sede del Instituto Cervantes en Madrid, presenta un estilo ecléctico con fuertes influencias neo platerescas y barrocas, similar al cercano Palacio de Cibeles, destacando por su grandiosidad, columnas jónicas, y la icónica entrada con cariátides (columnas en forma de mujer), un gran ejemplo del modernismo madrileño de principios del siglo XX, diseñado originalmente para el Banco Español del Río de la Plata.
Debo confesar que en ambas circunstancias experimenté una profunda emoción; no era para menos, de pie frente cada una de ellas, vi en mi delirio cultural emerger por puertas y ventanas, letras, palabras, títulos de libros, nombres de autores que fluían incesantemente y me rodeaban en un cálido abrazo de emociones compartidas. Era feliz, me estaba colmando de cultura, de esa cultura diferente a mi profesión de médico, pero que cuando es bien ejercida se mezcla necesariamente con la cultura meramente intelectual que tanto bien le hace a mi condición de galeno.
En esos momentos de euforia intelectual, los directores a integrantes de los respectivos cuerpos directivos se me aparecían en mi interior como seres superiores que había sublimado las mezquindades del mundo extramuros para concentrarse en la más que noble empresa de velar por la pureza y crecimiento del idioma y de su correcta difusión por el mundo hispano parlante e incluso por los países que comienzan a tenerlo como segunda lengua, tal el caso paradigmático de Estados Unidos con 60 millones de habitantes de habla hispana.
No pude ingresar a ninguna de las dos instituciones, pero en mi imaginario acicateado por la presencia real de los edificios que contenían a los para mí númenes del saber, hasta creí verlos en sus respectivos sillones dedicados a sus tareas específicas.
El idioma fue sin dudas el último escalón en la evolución del humano, en la oralidad se le calcula entre 150 y 500 000 años de antigüedad, en tanto que la escritura apareció mucho después, hace aproximadamente 5.000 a 6.000 años, con los primeros sistemas cuneiformes sumerios alrededor del 3000 a.C., lo que significa que el lenguaje hablado fue predominante durante la mayor parte de la existencia humana antes de que surgieran sistemas para registrarlo, creando una brecha de cientos de miles de años entre la oralidad y la escritura.
El dominio del idioma hablado y la posibilidad de escribirlo de tal suerte que todos puedan comprenderlo, marcó una abismal brecha con los animales más cercanos evolutivamente: El animal más parecido al ser humano es el chimpancé, específicamente el chimpancé común y el bonobo (también llamado chimpancé pigmeo), ya que comparten aproximadamente el 98.7% de su ADN y un ancestro común reciente, demostrando habilidades cognitivas y de uso de herramientas similares. Ambos son simios africanos, muy sociables, que pueden caminar erguidos y tienen una gran capacidad para comprender su entorno, siendo los más cercanos en términos genéticos y evolutivos a los humanos.
Emiten sonidos con caracteres diferentes que tienen distintos significados, lo que les permite comunicarse y organizar la sobrevida y la defensa ante los predadores, pero eso es todo.
La aparición de la escritura supuso un cambio fundamental en el devenir del género humano, hasta el punto de constituir el hito que marca tradicionalmente el límite entre la prehistoria y la historia. La escritura ofrece un soporte objetivo, constante y estable a toda la cultura adquirida, desde los textos sagrados y jurídicos hasta los científicos y literarios. Al permitir la reflexión crítica sobre lo escrito, abrió la puerta al pensamiento filosófico y científico, sentando con ello las bases del progreso. La posibilidad de acceso de todas las clases sociales a la alfabetización ha supuesto una de las grandes revoluciones culturales del mundo moderno, pues la lectura y la escritura han sido siempre la base de la enseñanza y la puerta de la educación, de la formación y, en consecuencia, de la libertad y del desarrollo individual y social del hombre.
El manejo culto del idioma, en el contexto del castellano, comenzó a consolidarse en la Edad Media (siglo XIII), impulsado por figuras como Alfonso X el Sabio, quien estandarizó y elevó el uso del castellano en documentos administrativos y obras científicas y literarias, sustituyendo al latín como lengua de cultura, a la par del Mester de Clerecía que buscaba popularizar la enseñanza religiosa en romance.
El castellano actual difiere en mucho del antiguo, del cual deriva y es en realidad evolución de aquel.
De todas formas nuestro idioma en la pluma de genios como Borges o Cortázar puede llegar a ser incomprensible aún para personas cultas, lectoras e inquisidoras de los significados.
Toda esta magna tarea de las dos Instituciones hoy en pugna ha derivado en este maravilloso idioma que nos caracteriza.
Además son responsables de la actualización permanente del acervo lingüístico para mantenerlo acorde con la evolución de la humanidad.
La incorporación de extranjerismo, así como de modismo populares que vencen la resistencia a veces rígida de los tribunales que deciden qué palabra es aceptable y cuál no, tarea a la cual uno se los imagina dedicados a tiempo completo, dado que la duda planteada en la academia, no desaparece en el trayecto a sus hogares, va con ellos y se acuesta con ellos.
Al menos es lo que el hombre común, y más aún los escritores, mi caso, es lo que imaginamos, por ello cuál no sería mi sorpresa al enterarme de la disputa agria y tozuda entre los dos máximos representantes de nuestras casas de la lengua.
Con el agravante de ser público el diferendo, hoy de no ser por el secuestro de Maduro, no se seguiría hablando de otra cosa en el mundo hispano parlante.
Son disputas por la hegemonía que cada uno pretende sólo para sí, con total indiferencia de su leitmotiv que debiera seguir puliendo el idioma y hacerlo asequible a mayor número de gente.
Me los imagino a Cervantes por un lado, vivenciando las cuitas dentro del edificio cuyo epónimo lleva, o la incredulidad del primer presidente (director) de la Real Academia Española (RAE) que fuera su fundador, Juan Manuel Fernández Pacheco y Zúñiga, octavo marqués de Villena, quien impulsó su creación en Madrid en 1713 para servir al idioma español, con el lema "Limpia, fija y da esplendor".
Qué pena tan grande, a mí que como escritor, el gesto de consultar el diccionario de la RAE, es rutina diaria, ahora cuando acerco mi mano al mamotreto que lidera mi biblioteca, confieso que experimento un cierto escozor al revivir las noticias de la pugna entre el director del Instituto Cervantes, Luis García Montero, y el director de la RAE, Santiago Muñoz Machado.
Es una confrontación pública y personal que se ha intensificado por diferencias sobre la gestión de la lengua española, la influencia del gobierno y la organización del Congreso de la Lengua. García Montero critica el perfil empresarial de Muñoz Machado y acusa a la RAE de actuar unilateralmente, mientras la RAE, con apoyo de las academias latinoamericanas (ASALE), defiende su rol normativo y acusa al Cervantes de dañar las relaciones institucionales al actuar de forma poco colaborativa.
Han copiado, quizás sin quererlo, el repugnante modus operandi de los legisladores argentinos, que tal como lo expresara en un escrito anterior, han dado el salto liberador para dedicarse a sus mezquinos intereses personales en vez de velar por los lectores que por millones se muestran azorados ante esta increíble rencilla personal entre los dos "capitostes" de nuestra lengua.
Están en guerra, tal y como lo está el mundo de los hombres, con la diferencia que aquí no se arrojan misiles sino diatribas impropias de intelectuales de ese nivel.
Y hay aquí un perdedor seguro: el IDIOMA, gane quien gane la insólita batalla.
Cómo podemos los observadores no participantes de este pésimo ejemplo de conducción institucional, tratándose en teoría el menos, de instituciones sin fines de lucro, cuando los vemos trenzados en indignas rencillas caseras sin importarles la razón de ser de ocupar los cargos que ostentan, insisto, cómo podemos confiar en que el mundo va a mejorar, si la EGOCRACIA, neologismo surgido a propósito del operativo Trump en Venezuela, es en realidad ubicua en el mundo, en todas y cada una de las posiciones del poder, asiente donde asiente.
El hombre es naturalmente malo, lo dije y lo sostengo y me secundan pensadores de la talla de Nietzche, por ello es que ha instituido la violencia como como modus operandi y vivendi, conductas que han penetrado en santuarios como los mencionados templos de la letra y la intimidad del vaticano, nuestro supuesto reaseguro para transcurrir la vida eterna bajo la tutela de Dios, el Creador, el mismo que hace la vista gorda a los desmanes de su obra maestra: el HOMBRE.
No, somos malos por naturaleza, somos crueles y ambiciosos, solo nos inclinamos ante el poder pero con la esperanza de ejercerlo en cuanto se dé la oportunidad, caiga quien caiga y le pese a quien le pese.
HOMO HOMINI LUPUS
La expresión aparece por primera vez en la comedia Asinaria, escrita por el poeta romano Tito Maccio Plauto en el siglo II a.C., donde señala: "Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit" ("El hombre es un lobo para el hombre, y no un hombre, cuando no conoce quién es el otro").
EDUARDO ATILIO DA VIÁ MOYA
ENERO DE 2026
VIVA LA LIBERTAD DE VENEZUELA