Desarmar el arbolito: operativo retorno
Ese pino que en diciembre era un faro de esperanza, hoy es un mueble que molesta, un recordatorio de que las vacaciones se terminan y las cuotas de la tarjeta empiezan a llegar.
Si armar el arbolito fue una excavación arqueológica emocional, desarmarlo es, sencillamente, el operativo retorno a la realidad, un trámite de desalojo donde la magia se guarda en papel de diario y la nostalgia se mezcla con el polvillo acumulado desde diciembre.
Para que entiendas esta operación retorno te sugiero que repases la nota: https://www.memo.com.ar/cultura/odisea-armar-arbolito/
Ha llegado ese momento temido de enero (o febrero, si sos de los que estiran la agonía hasta que pase el calor). El calendario ya no empuja, sino que te juzga. Ese pino que en diciembre era un faro de esperanza, hoy es un mueble que molesta, un recordatorio de que las vacaciones se terminan y las cuotas de la tarjeta empiezan a llegar.
El striptease de las influencers: Empezamos por las joyas de la corona: las bolas brillantes. Si para armarlo las tratamos con la delicadeza de quien manipula uranio, ahora la paciencia es un bien escaso. Las "influencers" del árbol pierden su estatus y terminan amontonadas en una caja de zapatos que dice "Zapatillas 2018". Las miramos con cierto desdén: ya no brillan igual, tienen dedos marcados y restos de pan dulce pegados. El sistema de castas se invierte; las que estaban en el fondo, las del muñeco vudú del sobrino, salen primero casi volando, con la urgencia de quien quiere borrar las pruebas del delito estético.
La guerra de los cables: el contraataque Si desenredarlas fue física cuántica, guardarlas es una rendición incondicional. Intentás empezar con el método del "ingeniero de la NASA", enrollándolas en un cartoncito, pero a la tercera vuelta te das cuenta de que el cable tiene vida propia. Las luces, en un acto de rebeldía final, se enganchan en cada rama como si no quisieran dejar su hogar. Al final, terminás haciendo una bola informe de cables y bronca, pensando: "El año que viene las compro nuevas", una mentira piadosa que te decís cada verano desde que tenés memoria.
El síndrome del pino desplumado: Luego viene el momento de cerrar las ramas. Ese árbol que intentamos convencer de que era frondoso, ahora revela su verdadera identidad: un esqueleto de alambre y plástico que pincha. Al plegarlo, el árbol despunta su "lluvia de agujas", un rastro de plástico verde que sobrevivirá a tres pasadas de aspiradora y que volverás a encontrar en junio, debajo del sillón, como un fósil navideño.
El tetris de la caja: El desafío final es el espacio-tiempo. ¿Cómo es posible que el mismo árbol que salió de esta caja ahora ocupe el doble de volumen? La caja de cartón, ya vencida por la humedad y los años, se niega a cerrar. Hay que sentarse encima, aplicar maniobras de reanimación cardiopulmonar al cartón y usar tres rollos de cinta de embalar para que la "bestia" no se escape durante el invierno, a mí me pasa tal cual se los cuento.
El vacío existencial: Cuando finalmente lográs subir el bulto al techo del placar o al rincón de las arañas, volvés al living. El rincón está vacío. Se ve más grande, más triste y, sobre todo, mucho más sucio. La luz de la lamparita común parece cruda, sin el filtro romántico de las luces de colores.
Desarmar el arbolito es el cierre del rito. Es aceptar que el "próximo año" ya empezó y que la magia no estaba en el pino chueco, sino en el caos que generó. Guardamos los nudos, guardamos los sueños rotos y los clips oxidados, sabiendo que, aunque hoy nos juremos que el año que viene seremos más organizados, volveremos a enredarnos con el mismo amor de siempre.
Hasta el próximo 8 de diciembre.