Salud mental

Cuando la salud mental también se toma vacaciones

El descanso de enero no sólo vacía oficinas y escuelas: también reduce consultas psicológicas y revela cómo la pausa, el juego y el cambio de ritmo impactan de forma directa en el bienestar emocional.

Mariam Moscetta
Lic. en Psicología

Las del "team verano", amamos enero. El mejor mes del año: el cuerpo se acerca al elemento agua y ahí se queda, en las pelopinchos, desbordando piletas y corriendo en las acequias. Olor a fruta madura y silencios de siesta caliente en los negocios cerrados de las abrasadoras ciudades departamentales.

Todo sucumbe al calor de enero en Mendoza. Sol rajante y -de vez en vez- un aguacero, bendito sea. A la noche, un respiro en las heladerías, plazas, patios de baldosa y, en algunos pueblos todavía, charla con los vecinos sentados en la vereda, hasta muy tarde.

La cualidad más perfecta de enero es que el año empieza con una tregua: son vacaciones. Vacaciones para mucha gente al mismo tiempo, al unísono, en sincronía. Sea en la casa o de paseo. Tribunales está de feria, la DGE reposa y con ella todos los chicos y docentes de todos los niveles. Descansan las directoras del rompedero de cabeza para sacar la escuela a flote y descansan jueces, pros y secres de primera instancia porque paró la moledora de carne por un mes. Por ende, respiran padres, madres o cuidadores, colectiveros y automovilistas.

Aunque pueda resultar extraño, hay que decir que también se vacían las salas de espera de los consultorios psicológicos y psiquiátricos, evento muy llamativo para los profesionales novatos que no logran entender cómo ocurre que la salud mental también entra en vacaciones. Mientras varios de estos profesionales cesan actividades, quienes siguen atendiendo descubren sus salas de espera bastante desiertas.

El secreto: vacaciones para casi todos. La norma, lo normal, es ponerse en pausa.

Por una serie de eventos afortunados y concatenados, los niños y adolescentes ya no necesitan tanto de ese turno que antes era imprescindible a los ojos de sus padres. Los padres se relajan y dicen: "bueno, este mes no vayamos a la psicóloga, total estamos de vacaciones". Las parejas se van de viaje, bien o mal y posponen lo irresoluble para la vuelta. Las familias posdatan los conflictos, hasta el primer revés en Chile o la costa argentina, y lo volverán a posdatar porque ahora están de vacaciones.

Probablemente, a los "workaholic" les tome más días desengancharse, adictos al trabajo y al ajetreo, armarán nuevas rutinas "obligatorias" a las que apegarse y eso hará la diferencia; el cambio se produce, no obstante, el cerebro se re-dinamiza con lo nuevo y la persona en su totalidad acusa recibo.

Nada de esto condice con alguna bibliografía que -al menos yo- haya leído. Aparentemente, ningún especialista ha escrito el libro sobre "la salud mental en vacaciones". Pero sí son muchos los que advierten que la calidad de vida y los modos de vida son determinantes de la salud mental. 

Que el estrés, la aceleración, la falta de tiempo para procesar experiencias, la sobrecarga laboral y emocional, las adicciones encubiertas a los dispositivos electrónicos y a las redes son disparadores de problemas o trastornos de salud (salud mental incluida).

El estilo de vida y la necesidad de estar haciendo algo todo el tiempo, la dificultad para bancarse el "aburrimiento" que no es otra cosa que un vacío de tiempo que muchas veces es determinante para que nuevas cosas se produzcan y surjan "creaciones" que -con todo el cronograma a full- probablemente nunca llegarían a materializarse.

Los niños, sin calles a las que lanzarse a jugar, van a las escuelas de verano. Nuevas estructuras que alberguen, contengan y entretengan a los estudiantes de diciembre. Sí se llaman escuelas, pero muchas cosas son distintas, pues el protagonismo lo tiene el movimiento, el juego, el compartir deportes, meriendas, campamentos de un día o dos. Hay horarios, sí, llevarlos y traerlos, sí, pero un cambio también se introduce.

En los centros de atención a niñas, niños y adolescentes de nuestra provincia se generan múltiples dispositivos, talleres y propuestas de verano para que las y los chicos sigan concurriendo y desarrollen actividades con visibles efectos terapéuticos, aunque no sean parte del esquema asistencial que predomina en la agenda del ciclo anual. Se ofrece la diferencia y se obtienen resultados reparadores. Si no, la alternativa que aparentemente sobrevive ganándole a las cucarachas son las imbatibles pantallas, donde niños o adolescentes pueden sucumbir toda la tarde, toda la semana y enero completo si no brindamos otras opciones.

Pausa. Stop a la rutina, chau alarma del reloj, ya no te corren los plazos. Los efectos de la pausa empiezan a sentirse en el cuerpo a los dos o tres días; los muy enchufados necesitan un poco más. El cuerpo - somos cuerpo, la mente también es cuerpo- respira. Se relaja. De a poco entramos en el mundo de la realidad alterna de las vacaciones, que es tan real como la del resto del año, pero invierte los planos temporales. Los tiempos se asemejan a La persistencia de la memoria, ese maravilloso cuadro de Dalí donde los relojes se ablandan y derriten. Así, como ellos, se saben las vacaciones: ansiadas y fugaces.

Una pausa que redefine la habitualidad y resignifica la tarea anual que viene después. Un punto aparte que nos aporta el oxígeno necesario para poder seguir el trayecto. Donde casi todos los conflictos, los problemas o causas irresolubles se detienen y esperan.

Por eso disfrutamos tanto los feriados XL: son minivacaciones que ayudan a continuar; puntos seguidos que permiten tomar aire y terminar el itinerario. Si bien puede ser controversial para el comercio y la industria, tiene mucho sentido para el cuidado de la salud mental. Sabemos que el horario sin tope de los ciudadanos globales distorsiona los ritmos naturales. 

Como bien señala ByuChul Han, el cansancio acumulado es físico, pero también emocional y espiritual. Con los vencimientos corriéndonos detrás, la autonomía se transforma en apariencia y se convierte en autoimposición constante. 

La incertidumbre, la aceleración y la falta de estabilidad a la que aludía Bauman, se transforman en persistencia durante las vacaciones: no sabemos bien qué va a pasar, pero las vacaciones no necesitan productividad y no se van a ningún lado.

Tips para estas vacaciones

Dale valor a la pausa. El descanso no es pérdida de tiempo, es recuperación. Respirá el entorno. El contacto con lo simple y cotidiano oxigena la mente. Aceptá el "aburrimiento" como oportunidad. Nuevas ideas, creatividad y juegos surgen cuando no hay cronogramas apretados. Reducí pantallas, aumentá el movimiento. Que las vacaciones no sólo sean maratones de dispositivos. Posdatá conflictos. Aprovechá esa tregua para fortalecer vínculos sin la presión de resolverlo todo. Anímate a explorar lo nuevo. Por un rato, total, después podés volver a lo conocido o... ¡animarte a cambiarlo!. 
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