Opinión

La creatividad como acto de supervivencia

Crear no siempre es producir algo nuevo, sino inventar maneras singulares de habitar lo cotidiano y atravesar las etapas difíciles sin quedar atrapados en el puro padecimiento.

Diego Bernardini
Es un académico, investigador y divulgador de la salud de las personas mayores. Considerado una de las personalidades más influyentes por su visión sobre la transformación social que realizan los +50

Hay etapas de la vida en las que no alcanza con resistir. Etapas en las que, si uno no crea, empieza a sentirse espectador de su propia existencia, como si la vida fuera algo que simplemente ocurre encima nuestro. En esos momentos, la creatividad deja de ser un lujo o un talento artístico y se vuelve una necesidad psíquica. Crear es una forma de decir "esta vida es mía", aun cuando no puedo elegir todas sus condiciones.

La creatividad no siempre tiene que ver con producir algo nuevo hacia afuera, sino con inventar modos singulares de habitar lo cotidiano. Cambiar un ritual, redefinir un horario, encontrar otra forma de vincularse, de descansar, de atravesar el día. Cuando la vida se vuelve repetitiva o pesada, no es solo por lo que pasa, sino por cómo quedamos atrapados en una única manera de transitarlo. Crear es abrir una hendija por donde entra aire.

En etapas adversas, la creatividad funciona como un organizador interno. No elimina el dolor, la pérdida o la incertidumbre, pero les da un marco, una forma. Cuando algo puede ser pensado, narrado o transformado en experiencia, deja de ser puro padecimiento. La creatividad nos permite simbolizar lo que duele, y al hacerlo, recuperamos una cuota de agencia: ya no somos solo quienes sufren, sino quienes elaboran.

Vivir creativamente también implica soltar la idea de que hay una sola manera correcta de vivir cada etapa. No hay manuales universales para el duelo, la soledad, la madurez o el cambio. Cada etapa pide invención. Cuando intentamos vivirlas según modelos ajenos, aparece la sensación de extrañeza, de vida prestada. En cambio, cuando nos damos permiso para crear nuestra propia forma, aparece el sentimiento profundo de apropiación.

Lo adverso se atraviesa mejor cuando no nos rigidizamos. La rigidez quiebra; la creatividad flexibiliza. Poder ensayar, equivocarse, ajustar, volver a intentar. La creatividad introduce movimiento allí donde la angustia tiende a congelar. Y ese movimiento, aunque sea pequeño, devuelve vitalidad. A veces no cambia la situación, pero sí cambia radicalmente la experiencia de estar en ella.

Tal vez el desafío de esta etapa no sea encontrar respuestas definitivas, sino sostener una actitud creativa frente a la vida. Preguntarnos una y otra vez: ¿Cómo puedo habitar esto de un modo más propio? Porque cuando la vida se vive con creatividad, incluso lo difícil se vuelve transitado, no solo soportado. Y en esa diferencia, la vida deja de ser algo que se padece para convertirse, nuevamente, en algo que se elige.

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