El espejo roto de Ipanema
Lo que le ocurrió a Agostina Páez en Río de Janeiro no es solo un episodio aislado ni una anécdota incómoda para el turismo argentino. Es, ante todo, un síntoma social. Escribe Eduardo Muñoz.
Cuando el desprecio viaja en la valija
Lo que le ocurrió a Agostina Páez en Río de Janeiro no es solo un episodio aislado ni una anécdota incómoda para el turismo argentino. Es, ante todo, un síntoma social. Ver a una compatriota con una tobillera electrónica tras realizar un gesto racista frente a un trabajador, según la denuncia y las imágenes revisadas por la Policía de Río que incluyen imitación de mono, sonidos y la palabra peyorativa "mono", provoca un nudo en el estómago colectivo. No es casual. Es una señal de alarma: algo en el sistema está fallando.
El racismo no conoce fronteras. Viaja ligero, se adapta a cada contexto y suele disfrazarse de broma, provocación o exceso. Sin embargo, la pregunta central no es qué hizo Brasil frente a este hecho, sino qué hacemos nosotros con ese veneno en casa, cómo lo toleramos, lo relativizamos o incluso lo legitimamos en la vida cotidiana y en el discurso público.
La peligrosa costumbre de deshumanizar
Vivimos una contradicción que erosiona la convivencia social. En redes sociales, muchos celebraron la respuesta del sistema brasileño y destacaron su firmeza frente al acto racista. Al mismo tiempo, esas mismas voces suelen justificar o minimizar el uso recurrente de términos deshumanizantes como "mandriles" por parte del presidente argentino para referirse a quienes piensan distinto.
Esta doble vara no es un detalle retórico. Es un problema estructural. Cuando el lenguaje que deshumaniza se convierte en una herramienta aceptada de la política, el mensaje es claro: el insulto es válido si proviene del poder. El lenguaje no es neutro. Construye realidad, fija límites y habilita conductas. Si desde arriba se naturaliza el desprecio, desde abajo se lo reproduce.
No se puede aspirar a una sociedad respetuosa si se celebra en los líderes aquello mismo que se condena en una influencer.
Un límite que en casa no existe
Si este episodio hubiera ocurrido en Buenos Aires, probablemente hoy estaríamos hablando de otra cosa. En Argentina nos hemos acostumbrado a que el insulto sea gratuito. El agravio rara vez tiene consecuencias y la deshumanización circula con una impunidad que termina normalizándose.
Brasil, con todas sus tensiones internas, estableció un límite claro y visible. No se trata de severidad ejemplar, sino de marcar un umbral que no se cruza. Nuestro sistema, en cambio, suele mirar hacia otro lado. Esa ausencia de límites confunde y lleva a creer que el respeto es opcional, hasta que una frontera externa recuerda que no lo es.
El racismo está mal siempre. No importa quién lo exprese ni desde dónde lo haga.
Una incomodidad necesaria
La reflexión final es inevitable. No podemos exigir respeto individual si como sociedad aceptamos la deshumanización cotidiana. La salud de nuestros vínculos no depende de una tobillera electrónica, sino de cómo construimos el trato con el otro.
Cuando el desprecio se normaliza, la violencia deja de ser excepcional y pasa a ser una posibilidad constante. Si no cuidamos el lenguaje y los límites dentro de nuestra propia comunidad, el deterioro termina devolviéndonos una sociedad más violenta y fragmentada.
El espejo de Ipanema no solo expone un hecho incómodo. Nos obliga a mirarnos.