Requete Lindo

El despertar de la verdad en las alturas de Davos

En una crónica cargada de simbolismo, Marcela Muñoz Pan lee el gesto del embajador argentino en Davos -al cubrir un mapa erróneo- como un punto de inflexión diplomático y cultural. Entre soberanía, memoria y orgullo nacional, el texto propone que la causa Malvinas vuelve a ocupar un lugar central no solo en la política exterior, sino también en la conciencia colectiva.

Marcela Muñoz Pan

Hay gestos que no solo marcan un evento, sino que marcan un antes y un después.

En el corazón de Davos, donde el mundo se reúne para decidir el futuro, Argentina decidió que su futuro no se puede escribir sin su verdad completa. El embajador argentino no solo ordenó tapar un mapa; le puso un límite al olvido. Tapar esa cartografía errónea fue el primer acto de una nueva diplomacia: la que no baja la mirada, la que se viste de gala, pero no olvida su raíz. Ver ese mapa cubierto es sentir que, después de mucho tiempo, podemos decir, pensar o soñar.

Hay algo profundamente conmovedor en la imagen que seguramente todos ya lo han visto: la pulcritud de un salón oficial intervenida por la urgencia de la verdad. Es la belleza de la firmeza. El embajador entendió que la soberanía no se pide por favor, se ejerce con la naturalidad de quien reclama lo que le pertenece por derecho y por historia. 

La actitud destacable del embajador de Milei que es sobrino del excanciller K Héctor Timerman

Ver ese mapa cubierto es, para cualquier corazón argentino, sentir que el frío de Davos se entibia con un poco de justicia. 

Es la sensación de que, después de décadas de diplomacia de pasillo, volvemos a caminar con la frente en alto por las avenidas principales del mundo.

Muchos verán un protocolo, nosotros los argentinos dolidos y atravesados por Malvinas, vemos un comienzo. Este acto no es un punto final, sino el prólogo de una recuperación que empieza en la conciencia. Es el recordatorio de que las Malvinas no son un recuerdo borroso en un libro de historia o un actito en las escuelas, o un monumento a los que ya no están, sino una herida abierta que hoy, en un rincón de Europa, empezó a sanar con el bálsamo del orgullo. En definitiva, Malvinas es todo esto.

Argentina no fue a Davos a pedir un asiento en la mesa, fue a recordar que hay verdades que no se pueden tapar, a menos que sea para protegerlas de la mentira.

Hoy, las Islas Malvinas están un poco más cerca de casa, quizás. Porque antes de que vuelvan a los mapas, deben volver a ser sagradas en cada gesto de quienes nos representan.

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