Nosotros y ellos, la propuesta de un futuro para los jóvenes de hoy
En este ensayo interpelante, José Jorge Chade reflexiona sobre la relación entre generaciones, el sentido del tiempo y la dificultad de los jóvenes para imaginar un futuro posible. A partir de lecturas filosóficas y de la experiencia educativa, el autor propone repensar el pacto intergeneracional y asumir, desde la adultez, la responsabilidad de garantizar no solo derechos presentes, sino también un horizonte de sentido, oportunidades y esperanza para las nuevas generaciones.
Volviendo a leer el libro del colega y amigo, exrector de la Universidad de Bologna el Prof. Ivano Dionigi, titulado "Sigue tu demonio", quise escribir este artículo, que puede parecer negativista pero no lo es . Es una llamada a la reflexión para nosotros los adultos, incluyendo quienes tienen a su cargo los procesos educativos de la sociedad de hoy.
Dionigi, nos aclara que el demonio de la modernidad no es nuestro amigo.
El clasicismo, o sea la imitación de los antepasados, la búsqueda de la armonía, el orden, la proporción y la elegancia formal son la base de la estética clasicista., pero , desgraciadamente, es la fuerza antagónica del presente.
Nos apasiona porque es diferente y distante de nosotros; porque sirve como resistencia cultural y antídoto ético para nuestra época.
Prof. Ivano Dionigi con José Chade (Bologna).
Sentimos que, incluso una vez respondidas todas las posibles preguntas de la ciencia, nuestros problemas vitales siguen sin respuesta. Seguramente entonces no quedan preguntas: y esta es precisamente la respuesta. Ernest R. Curtius, reflexionando, nos dice: «Supongamos que el progreso social y científico ha alcanzado su meta más alta (...) Todos los problemas técnicos están resueltos, solo falta una cosa: el sentido de la existencia humana (...) Entonces los hombres comprenderán que, incluso con la completa satisfacción de sus necesidades, las preguntas sobre el sentido de la existencia siguen sin respuesta».
La carrera de la vida y la sucesión de generaciones se asemejan a la carrera de relevos de atletas con una antorcha en el estadio, la llamada lampadophoria (lampás, antorcha; phérein, llevar).
Este es nuestro papel y nuestro lugar en el mundo: la herencia genética, pero también la transmisión de la antorcha del pensamiento. Lo estamos haciendo con nuestros niños y jóvenes?
Somos tiempo. Inmersos en el tiempo, ignoramos su existencia, su presencia, su coexistencia. Para percibirlo, necesitamos una realidad distinta, un punto de observación externo, una señal de alarma, un obstáculo, un escándalo. Por eso el tiempo no es una experiencia de juventud, escribe María Zambrano: "Que nuestra vida sea tiempo es algo que percibimos en ciertos momentos de madurez, cuando por un lado nos queda poco tiempo y por otro hemos tocado algún extremo casi intemporal de nuestra alma".
Somos tiempo. La finitud de nuestro cuerpo, que es «el libro del tiempo», lo dice; nuestro «rostro», al que desde hace mucho tiempo preferimos «cara», apariencia externa, semblante, apariencia. Una palabra simbólica de nuestro tiempo, tan afortunada y omnipresente que ha eclipsado y reemplazado a «rostro», una palabra mucho más rica y dinámica, que evoca la esfera del alma y el devenir del tiempo .
Es el rostro el que manifiesta, mide y marca el ritmo de la edad, no solo cronológicamente, sino también internamente: las emociones de alegría y tristeza, de serenidad y confusión, de bondad y maldad. Pensemos en el rostro luminoso y milagroso de un niño, de una joven o de un anciano.
Existe, por lo tanto, una diferencia entre cara y rostro (semblante); la cara simplemente designa la apariencia natural de cada persona, mientras que el rostro expresa estados de ánimo.
Estos son problemas cruciales del tiempo, pero ¿son solo para la edad adulta? A menudo me sigue sorprendiendo la pregunta que un joven hizo durante una lección del colega Dionigi , y fue la siguiente: ¿cuándo Ud tenía nuestra edad, cómo imaginaba el futuro? Más que la curiosidad, el joven se planteaba la necesidad de confrontarse, revelaba sobre todo, su inquietud por la dificultad a imaginar el futuro.
No es fácil responder a esa pregunta. Sobre todo para quienes como yo hemos ya recorrido un camino transitando épocas completamente diferentes. En aquella época, cuando éramos jóvenes, vivíamos en el reino de las posibilidades, llevábamos el futuro en la sangre, nos sentíamos seguros de nuestra moral e ideales. El futuro era limpio, gratificante y natural, estudiando y esforzándose, albergando en nuestro interior el gran deseo de cambiar el mundo. A lo largo de 20 años, entre los años 70 y 90, presenciamos el colapso de esas ideologías del futuro. En aquel entonces, el futuro era nuestro aliado.
Hoy, a nuestros jóvenes el viento les pega en la cara, bien fuerte; no saben y a veces se niegan a estudiar, pero saben que no todos podrán alcanzar la meta que muchos de sus familiares pudieron alcanzar. Esta ausencia de crecimiento y prospectiva me conmueve. De esta manera, la esperanza se debilita y el futuro se ve obligado a desvanecerse en el horizonte. Nosotros, los adultos de hoy, generalmente estamos protegidos del pasado y del futuro. Todos los jóvenes están desprotegidos, atados a un presente eterno, liberados de la historia. Un presente que no poseen, pero que si los posee, sin la idea de un mañana alentador y sin la comodidad de tener una causa común.
Llegados a esta instancia, aclaro que lo dicho anteriormente no es pesimismo, sino gran parte de la realidad que hoy vivimos y de la que tenemos que formar parte y asumir las responsabilidades que nos competen.
Para nosotros abuelos, padres, docentes, políticos, etc., debatir el derecho a un futuro no significa necesariamente reconocerlo como un derecho humano legal (como ocurre, por ejemplo, con el derecho a la libertad individual y a la educación), sino más bien mirar el presente y el futuro con una visión completamente nueva y más visionaria, que permita a las generaciones futuras beneficiarse los recursos necesarios que hemos puesto a disposición para ello.
El concepto del derecho a un futuro atrae cada vez más la atención de la comunidad internacional: el debate incorpora conceptos y principios fundamentales para la protección de los derechos humanos y se centra en cómo los derechos de los niños y los jóvenes de hoy son requisitos fundamentales para construir comunidades resilientes ante las amenazas presentes y futuras., a vivir y formar parte de un mundo que ofrezca oportunidades justas y sostenibles para su crecimiento, bienestar y desarrollo. Por lo tanto, la reflexión debería ser considerar la complejidad e interconexión de los desafíos que las generaciones presentes y futuras deben y deberán enfrentar, para construir un nuevo pacto social intergeneracional.
La educación es importante para ayudarles a desarrollar una mentalidad flexible y exitosa. Pero también tiene una contrapartida que no debemos dejar de lado : estamos acostumbrados a pensar en el bienestar como un concepto único que abarca la salud física, mental, psicológica y social. Sin embargo, a menudo olvidamos lo cruciales que son, especialmente para los jóvenes, las decisiones que impactan su futuro bienestar económico para garantizar su tranquilidad. Por eso es esencial promover la educación financiera y previsional, que permite a los jóvenes adquirir habilidades que les ayuden a tomar decisiones responsables y a comprender el funcionamiento del sistema económico en el que se verán inmersos.
El concepto del derecho al futuro no está (aún) reconocido legalmente, pero puede derivarse de diversos instrumentos internacionales que, a lo largo de los años, han adoptado progresivamente una perspectiva prospectiva: en primer lugar, la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño, también conocida como CDN (ONU, 1989).
En concreto, y para finalizar el derecho al futuro el saber diseñar el futuro, debe ser un programa que comienza con las claves de la resiliencia, pasos sencillos y formación gradual, y debe estar dirigido principalmente a familiares, docentes de todos los niveles, niños y jóvenes. Tiene un claro impacto en la vida y el entorno familiar y la señal más importante será la reducción del tiempo dedicado al celular, las tabletas, etc., en favor de una interacción social real y directa.
Fuente consultada: Dionigi, Ivano; Segue il tuo demone, Editori Laterza, Bari, Italia, 2020