Trump: el consultorio psicopatológico a cielo abierto
Entre delirios, cálculos fríos y olvidos institucionales, el segundo mandato de Donald Trump se despliega como un consultorio psicopatológico a cielo abierto. La política se confunde con el absurdo, mientras la ciudadanía espera en la sala de guardia.
Donald Trump ha convertido la política en un espectáculo clínico digno de un manual de psiquiatría ilustrado. Sus frases y ocurrencias parecen emerger de una política que se desborda hacia la caricatura, donde lo que supuestamente debería ser serio, se convierte en farsa.
Un periodista que respeto y escucho, intentaba encasillarlo en una categoría patológica: ¿psicótico, psicópata, demente? No hacía más que poner palabras al desconcierto colectivo. Porque Trump, convertido en especialista del caos mediático, dispara declaraciones como un francotirador: convulsiona el humor público global, retrocede en sus propias medidas, siembra el pánico con conflictos que se esfuman al otro día, invade un país un 3 de enero o posa como conquistador de Groenlandia en su cuenta de X, imitando la foto del hombre llegando a la luna. Sí, es un meme con el que hace alarde, pero mientras circula, a medio planeta se le ponen los pelos de punta.
¿Estamos ante un delirio a micrófono abierto cuando asegura que la muerte de Renee Good -la ciudadana norteamericana asesinada con dos balazos en la cabeza por la ICE- era una tragedia porque el padre de ella (tan republicano de MAGA como Trump) lo amaba y admiraba a él? ¿O que la paz mundial de su "Concejo de la Paz" tiene como primera propuesta hacer un mega negocio inmobiliario en Gaza, sobre las ruinas del genocidio? Vale recordar que este supuesto "Concejo de paz" no incluye a los palestinos, excepto como mano de obra barata de esta pretensión multimillonaria.
El delirio, aquí, no se oculta, se viraliza en redes sociales y se transmite en cadena (inter)nacional. La psicosis como metáfora, se vuelve política pública: el mundo entero obligado a habitar la realidad paralela que desata Trump.
Pero no todo es delirio, también hay cálculo. La capacidad de manipular multitudes, de usar el miedo como combustible social, recuerda la frialdad quirúrgica del psicópata. No hay empatía, solo espectáculo. El sufrimiento ajeno se convierte en rating, y la polarización, en estrategia. El presidente de EEUU hace monadas frente a las cámaras mientras incendia la sala, mientras la ICE se cobra la vida de ciudadanos estadounidenses. El público tiembla o aplaude, pero es él quien cobra la entrada.
Finalmente, la memoria institucional se evapora como si la Casa Blanca padeciera de un síndrome demencial: protocolos olvidados, leyes confundidas, tradiciones fundantes de un país, borradas. El Estado -los Estados Unidos de Norteamérica- se convierte en un zombi que no sabe si está en Washington o en Las Vegas. La demencia, aquí, es la alegoría de un gobierno que parece perder el hilo, repetir frases sin sentido y olvidar lo que dijo cinco minutos antes.
Psicosis para delirar, psicopatía para manipular, demencia para olvidar: el repertorio está servido.
Si tuviera que arriesgar un diagnóstico, no me jugaría por categorías psicopatológicas. Apostaría por un western mal dirigido, con matones ignorantes y mentirosos que solo quieren ganar la partida y quedarse con el botín, sea el que sea. Porque ni siquiera son capaces de imaginar un futuro para las generaciones venideras que no los incluya.