Opinión

Cuando los padres dejan de mandar y los hijos empiezan a mirar distinto

Cómo cambia el vínculo en la segunda mitad de la vida: del rol de autoridad al encuentro entre adultos, entre fragilidad, autonomía y una nueva forma de amor.

Diego Bernardini
Es un académico, investigador y divulgador de la salud de las personas mayores. Considerado una de las personalidades más influyentes por su visión sobre la transformación social que realizan los +50

En la primera mitad de la vida, la relación entre padres e hijos está marcada por la asimetría: uno cuida, el otro necesita; uno decide, el otro obedece; uno sabe -o cree saber- y el otro aprende. Es una etapa donde la autoridad cumple una función estructurante y donde el amor se expresa, muchas veces, a través del límite, la guía y la protección. Esa desigualdad no es un problema: es una condición necesaria para el crecimiento.

Pero en la segunda mitad de la vida, algo esencial se transforma. El hijo deja de necesitar ser sostenido y el padre deja de poder sostenerlo todo. No es un cambio abrupto, es un desplazamiento progresivo. Aparece una tensión silenciosa: los padres siguen mirando a sus hijos como niños, mientras los hijos empiezan a mirar a sus padres como personas, con fragilidades, contradicciones y límites. Ese es un punto clave del pasaje.

Aquí suele aparecer el conflicto. Padres que insisten en ocupar un lugar de conducción que ya no corresponde, e hijos que reclaman autonomía desde la confrontación o el alejamiento. En muchos casos, no se trata de falta de amor, sino de dificultad para actualizar el vínculo. La relación se resiente cuando no puede transformarse, cuando se la intenta sostener en un formato que ya quedó viejo.

La segunda mitad de la vida exige un movimiento interno profundo: pasar del rol de padre al rol de adulto en relación con otro adulto. Esto implica renunciar a cierto poder, pero también ganar algo invaluable: la posibilidad de un encuentro más auténtico. Cuando la autoridad se afloja, puede aparecer el diálogo; cuando cae la idealización, puede surgir el respeto real.

En este tiempo aparece, además, una vivencia particularmente compleja para los padres: la necesidad de apoyarse, en ciertos aspectos, en sus hijos. Para muchos, esto se vive como una herida narcisista, como una inversión del orden natural de las cosas. Pedir ayuda, depender, reconocer límites propios confronta con la imagen del padre fuerte y autosuficiente. Sin embargo, cuando este apoyo no se transforma en exigencia ni carga, sino en intercambio humano, puede convertirse en una experiencia profundamente reparadora, donde el vínculo deja de basarse en la función y se sostiene en la presencia.

Madurar es, en gran parte, dejar de pedirle a los padres lo que ya no pueden dar y empezar a relacionarse con lo que efectivamente son.

Cuando la relación logra atravesar esta transición, algo nuevo se abre. Ya no se trata de educar ni de rebelarse, sino de acompañarse. Padres e hijos pueden convertirse, lentamente, en testigos mutuos de sus vidas. Y ese pasaje -difícil, incómodo, a veces doloroso- es también una de las formas más profundas de amor adulto.