Siempre hay encuentros y nunca despedidas
A partir de una frase de Saint-Exupéry, José Jorge Chade reflexiona sobre el sentido profundo de los saludos y las despedidas, el valor simbólico del "adiós" y la ética cotidiana del encuentro. Un texto íntimo que reivindica la palabra como gesto de reconocimiento, cercanía y resistencia frente a la indiferencia.
Recuerdo siempre una frase que de un libro Antoine de Saint-Exuperie que leí en mi adolescencia :"Carta a un Rehén, publicado en 1943, allí decía: "...en el mundo real del espíritu siempre hay encuentros y nunca despedidas..." Un libro pleno de reflexiones sobre la dignidad humana, la amistad y la resistencia espiritual. Considera el ser humano universal y anónimo capaz de reconocer al otro a través de un gesto instantáneo, común con el amigo y también con el enemigo, y de trocarlo en viajero de la misma aventura de vivir.
Ocupándonos de los saludos pensemos a los saludos en español, al igual que en italiano, existen varios saludos que se pueden usar según la hora del día o lo bien que conozcamos a la persona con la que hablamos.
El que siempre me ha llamado la atención es el saludo adiós en italiano (Addio) porque es muy similar a nuestro "adiós" pero con significado muy diferente, "addio" en italiano se usa para despedirnos para siempre de alguien a quien no podemos o no queremos volver a ver.
En español, sin embargo, adiós tiene un significado mucho más liviano, tanto que es uno de los saludos más comunes.
De hecho, adiós se usa en contextos formales e informales siempre y solo para decir adiós, es decir, para despedirnos al salir y nunca al saludar a alguien al encontrarnos. Por lo tanto, "Adiós" es comparable a "arrivederci/ciao" en italiano, lo que significa que su uso no significa que no nos volveremos a ver. Al contrario...
"Adiós" es, en realidad, un deseo de que, durante el tiempo que no nos veamos, todo salga bien. En español, proviene de la frase "te encomiendo a Dios".
Como pueden ver, en español se dice "Dios", así que es como si las palabras "a-Dios" o "a-Dio" (en italiano) se hubieran unido.
Aunque, como ya he dicho, en italiano se usa "addio" como despedida definitiva o también como de enemistad "no quiero volverte a ver nunca más", pero el origen de la palabra es el mismo en los dos idiomas.
En nuestro idioma. Decir adiós significa asegurarle al otro que estás aquí y que estarás aquí, que siempre te encontrará.
Decir adiós significa llenar tu vida de reconocimiento y bondad, y también debemos recordárselo a nuestros hijos.
Decir adiós es un dolor tan dulce que te despediría hasta la mañana siguiente. (William Shakespeare).
Es algo que llevamos con nosotros desde la infancia... desde cuándo, de niños, nuestros padres nos animaban a saludar a los adultos que encontrábamos en la calle. Decir adiós es más que una forma de buenos modales, es parte de esa etiqueta del alma que no se puede enseñar, sino que se transmite por ósmosis, como un buen hábito, invaluable. Qué maravilloso es cuando un niño saluda primero a un adulto, incluso al portero al entrar y salir de casa, pero aún más a una persona desconocida que no puede dar nada a cambio excepto su gratitud. Hay personas mayores que parecen pedir buenos días con la mirada, marcando el ritmo de su paso lento y a menudo cansado. Decir buenos días es más que una simple cortesía; es un deseo que provoca una sonrisa, es un plan, la forma en que el optimismo se materializa y nos preparamos para recibir a los demás, como a un amigo, un potencial activo siempre, no un obstáculo en el camino.
Las palabras de saludo suelen ir acompañadas de gestos explícitos como un vigoroso apretón de manos, un abrazo, una mirada pensativa. Hay personas que no saludan. Quizás sean vecinos que se cruzan en las escaleras o en la vereda todos los días, pero eso crea un muro invisible que la costumbre dificulta romper. Podrías pensar que son perezosos o distraídos, pero la mayoría de las veces, son más tristes, ni siquiera tímidos, sino cerrados a la mirada del otro, incapaces de creer en la bondad de un saludo matutino que se compone del esfuerzo de la separación, pero que también es una invitación a hacer del día un día fructífero. Los esposos, o los padres e hijos, que no descuidan un beso o un abrazo al principio y al final del día son parejas y padres dueños del tiempo, no esclavos del inexorable paso de las horas. En cuanto cruzan el umbral de la casa, qué valioso es que quien da la bienvenida al recién llegado lo salude, y este anuncie su llegada.
Saludar significa marcar la vida con reconocimiento y cariño, y debemos recordárselo también a nuestros hijos, a medida que pasan de la infancia a la adolescencia: la edad de los malentendidos, los silencios y ese capullo de indiferencia que esconde la crisálida futura. No cansarse de saludar significa -si se me permite un juego de palabras- ser amable con los demás. Significa asegurarles que estás ahí y que estarás ahí, que tu cercanía nunca menguará, sin importar el tiempo ni la distancia. Piensa en la calidez que una llamada telefónica puede transmitir a un abuelo lejano o a un familiar al que rara vez ves.
Cuando dejamos un trabajo, algunos compañeros de trabajo merecen más que un simple "chau". Otros merecen un "Te extrañaré" y un "Fue un placer trabajar contigo". A lo largo de nuestra carrera laboral, hemos aprendido que la transición de un entorno laboral a otro es crucial no solo para el futuro profesional, sino también para mantener y fortalecer los vínculos humanos que hemos construido en ese entorno. Cada palabra cuenta, y encontrar la frase adecuada para saludar a los compañeros puede marcar la diferencia y dejar una impresión positiva y duradera.
En la era de las redes sociales, las postales casi han desaparecido, pero la avalancha de "me gusta", publicaciones y mensajes no es más que una gran necesidad de decir que estamos aquí, y saludamos para atraer la atención del mayor número posible de personas. Practicar el saludo no nos ahorrará el dolor de las despedidas finales... esas "despedidas" que tarde o temprano todos estamos llamados a experimentar. Aun así, tal vez podamos dejar ir a aquellos que nos han dicho adiós tantas veces con amor y amistad, alimentando la fuerte esperanza de que incluso el último será sólo un "adiós".