Milagros bajo la parra
Última edición especial de verano, la novela Bonarda y Malarda, en su Capítulo XLIV de Marcela Muñoz Pan, todos los capítulos los pueden encontrar en Memo los domingos a partir del 1 de febrero 2026.
Milagros bajo la parra
La luz del amanecer en San Martín entró por los ventanales del hospital con una timidez dorada, iluminando el rostro de Beltrán. En ese espacio suspendido, las palabras resultaron innecesarias. El silencio se convirtió en el lenguaje sagrado de los que ya lo han visto todo y, sin embargo, se asombran ante el misterio de lo que comienza. Beltrán llegó con una sonrisa inconfundible, como si supiera el protagonismo que iba a tener en los terruños del Libertador.
Bonarda contempló al recién nacido con la mirada fijamente sensible, reconociendo en la piel tersa del bebé la misma tenacidad que ella había Bonarda lucía impecable; su figura delgada y su porte distinguido no habían cedido ante el cansancio de la noche en vela. Con un movimiento alegre, se acomodó el chal de seda y observó el horizonte de los viñedos con la mirada analítica de quien sabe leer el lenguaje del cielo. Para ella, el nacimiento de Beltrán era la continuación de una estirpe que había sabido elevar a Mendoza Este y la recompensa de vidas que no pudieron vivir cuando creció sin su hermana gemela Malbeca y conocer a su padre biológico ya de grande. Malbeca reconocía en los rasgos de Beltrán ese aporte germano de ultramar, la disciplina y el brillo de los abuelos de la madre, y se disponía a entrelazarlo armoniosamente con la tradición cultural de sus ancestros, que ella y su hermana protegían.
Roberto, desde su lugar de bisabuelo, aportaba la solidez del roble. Su presencia en la habitación era como la de un guardián silencioso, un hombre que entendía que su rol ahora era el de la sombra protectora. Usualmente reservado y de una sobriedad inquebrantable, sintió que algo se resquebrajaba dulcemente en su pecho al sostener la mirada del niño. Al mirar a Beltrán, sus ojos se empañaron con una nostalgia luminosa; no veía solo un heredero, sino la respuesta a todas sus esperas. En la profundidad de esas pupilas nuevas, Roberto creyó reconocer el brillo de los sueños que una vez caminaron los abuelos de Emilia desde tierras lejanas, fundiéndose ahora con el latido de su propia historia.
Las dos hermanas y Roberto formaron un semicírculo de sabiduría alrededor de la cuna. Eran tres vertientes de un mismo río que finalmente convergían en ese pequeño remanso. La manta de colores tenues, con sus cuentas de cuarzo brillando bajo la luz matinal, envolvía a Beltrán no solo con hilos suaves de febrero, sino con la gravitación de tres vidas que habían decidido ser el cauce para que la nueva vida fluyera, limpia y potente, hacia el horizonte infinito de Mendoza Este.
Al día siguiente le dan la alta a mamá Emilia y su hijo Beltrán, Bautista tenía todo en orden para partir a Rivadavia a la casa que ya no sería tan silenciosa, la habitación del niño estaba decorada armoniosamente y fiel al estilo de los padres y la casa. Al pasar un mes de la llegada de Beltrán comenzaron las visitas de los primos, primos segundos, algunos tíos y los amigos. Malbeca y José llegaron con las trillizas y Bonarda con Roberto que decidieron pasar su vejez juntos, después de haber pasado tantos años y años separados.
Mientras los primos y tíos rodeaban la cuna con risas y brindis suaves, una de las trillizas, la que siempre había heredado la mirada observadora de su tía Bonarda, Ana Belén, dejó caer la noticia que paralizó el tintineo de las copas. Con una naturalidad casi inquietante, anunció que la estirpe no dejaría de expandirse: el pulso de la nueva generación ya latía también en ella, marcando el inicio de un nuevo capítulo que nadie esperaba tan pronto. El anuncio fue un rayo de sol directo al corazón de la reunión, una "bomba" de vida que reafirmaba que el tiempo en Mendoza no se detiene, se multiplica.
La visita culminó en el jardín, bajo la sombra de los parrales que comenzaban a cargarse de azúcar. Se improvisó una celebración que mezcló la sofisticación de una criolla de reserva con la calidez de la familia reunida. Bonarda, con su elegancia perenne, brindó por el futuro, mientras Roberto, a su lado, sostenía su mano con una firmeza que hablaba de permanencia. Allí, entre las risas de las trillizas y el sueño profundo de Beltrán, comprendieron que la vejez compartida era el mejor mirador para observar cómo el horizonte del este seguía pariendo milagros.