Análisis

El Dios del Islam: del desierto al mundo

En esta columna, Isabel Bohorquez propone una mirada histórica y política sobre el surgimiento y la expansión del islam, como punto de partida para comprender conflictos actuales en Medio Oriente, África y Occidente, y abre un interrogante clave sobre el vínculo entre religión, poder y geopolítica en el mundo contemporáneo.

Isabel Bohorquez

Conocer sobre el islamismo, es en cierta medida, conocer un poco más sobre el horizonte del mundo actual. Y por ello, considero que hay tres preguntas necesarias al respecto:

En primer lugar: ¿cómo una religión surgida en medio del desierto de la península arábiga hace apenas 1500 años logró expandirse y conquistar regiones que abarcaron desde lo que hoy conocemos como España hasta la India, y todo ello logró hacerlo en poco menos de un siglo aproximadamente?

En segundo lugar, y no menos importante, ¿cuánto de ese proceso y esa visión siguen vigentes en el islamismo actual?

Y finalmente, ¿por qué el progresismo intelectual de izquierda -más discursivo y de escritorio- así como el socialismo organizado al punto de gobernar en algunos países -incluso bajo un régimen comunista- (ateos todos ellos por definición) avalan y protegen el islamismo y los regímenes teocráticos?

Las respuestas a esas preguntas resultan indispensables a mi juicio para comprender lo que hoy sucede en Irán, masacre cometida ante el silencio de los responsables de la paz mundial y el derecho internacional que miran hacia otro lado y el inmovilismo del mundo que tiene los brazos caídos; lo que sucede en África, donde hay numerosos países en guerra al día de hoy principalmente por conflictos entre los gobiernos contra grupos radicales islámicos: Burkina Faso, Mali, Níger, Nigeria, República Democrática del Congo, Etiopía y Somalia; lo que sucede en Líbano, Siria, Irak o Afganistán, en parte por problemas con grupos radicales islámicos; lo que sucede en Rojava y el acorralamiento de los kurdos; así como también para comprender qué está pasando en Occidente y la creciente inmigración islámica con tintes colonialistas que ya está asfixiando a algunos países europeos.

Abordaremos la primera de estas preguntas en este texto y dejaremos las otras dos para el siguiente, habida cuenta de la extensión que requieren.

Un poco de historia

¿Cómo era Arabia antes del islam?

Ya desde el siglo VIII a.C. se encontraban grupos árabes en las regiones del Creciente Fértil y Mesopotamia. "(...) La península arábiga es, geográficamente hablando, una zona especial del planeta. Su ubicación entre el Mar Rojo, por el que se comunica con Egipto, el Océano Índico, que la une a Oriente, y el Golfo Pérsico, que la separa de Persia refuerzan su carácter de enlace entre Asia y África. Desde tiempos muy remotos fue atravesada por rutas comerciales, pero su carácter desértico contribuyó a su aislamiento y favoreció que los contactos con otros pueblos fuesen fundamentalmente marítimos o a través de la costa. Además, los árabes, como dueños del desierto podían alcanzar con facilidad regiones más ricas desde épocas anteriores a la llegada del islam".

Dentro de este conjunto de pobladores primitivos de Arabia podemos distinguir dos grandes grupos: los beduinos y los yemeníes.

Además, en Arabia se encontraban grupos importantes de judíos que convivían perfectamente con los árabes y se dedicaban a diversas actividades económicas tales como la agricultura, la artesanía y el comercio.

La sociedad árabe preislámica se organizaba en un sistema de tribus y clanes independientes y frecuentemente enfrentados, donde la solidaridad grupal era la única garantía de supervivencia para el individuo.

Bajo una estructura estrictamente patriarcal y desigual para la mujer, los hombres libres se regían por un jefe o sayid y un consejo de ancianos, manteniendo originalmente una propiedad comunal de los recursos. Económicamente, existía una clara división entre los beduinos nómadas, dedicados al pastoreo, el comercio y el pillaje, y los sedentarios de zonas como Yemen o los oasis, que desarrollaron la agricultura y la artesanía.

Dentro de la tribu, entre los nómadas, no existía la propiedad individual, puesto que los rebaños y los pastos eran explotados conjuntamente, aunque también se daba un tipo de propiedad individual, constituida por esclavos o bienes muebles cuyo origen era frecuentemente el pillaje.

Este modelo de propiedad colectiva y vida tribal comenzó a erosionarse con el auge del comercio y la sedentarización, procesos que, junto a las influencias religiosas externas, prepararon el terreno para la transformación social que traería el islam.

Antes del islam, los árabes carecían de una religión unificada, primaba el politeísmo y el culto a múltiples dioses. Mientras los beduinos practicaban un animismo sencillo centrado en espíritus de la naturaleza (djinns), en el sur (Yemen) existía un politeísmo más estructurado con templos. Además, muchas tribus ya estaban influenciadas por religiones monoteístas como el zoroastrismo, el judaísmo y el cristianismo que convivían pacíficamente.

Componían así un auténtico mosaico de creencias, tribus y pequeñas ciudades-estado muchas veces en lucha entre sí, dedicadas al comercio y al pastoreo.

En el siglo VI d.C., -época de Mahoma- (1400 años después de los primeros vestigios registrados de los árabes en la región), La Meca se transformó en un próspero emporio comercial bajo el dominio de la tribu de los qurayshíes (al que perteneció Mahoma), que gestionaban tanto las redes mercantiles que conectaban Etiopía con Iraq como la custodia del santuario de la Kaaba. Esta élite de familias comerciantes no solo controlaba el gobierno de la ciudad, sino que también organizaba los servicios para la peregrinación bajo una tregua protegida (no se permitían enfrentamientos tribales).

Estas condiciones facilitaron el carácter sagrado e inviolable de La Meca y del santuario (fundado por el patriarca bíblico Abraham) y la obligación de guardar una tregua anual coincidiendo con la feria.

Sin embargo, el éxito económico del enclave generó profundas desigualdades y ambiciones en otros grupos sociales. Estas crecientes tensiones internas, sumadas a la rivalidad por el estatus y el poder, crearon un clima de inestabilidad social que funcionó como el detonante final para las transformaciones estructurales que Mahoma consolidaría poco después.

La Meca era el centro comercial y religioso, aunque había una ausencia total de un estado unificado. La península arábiga no era un imperio organizado sino un conjunto fragmentado y los grandes imperios, el Imperio Bizantino (Romano de Oriente) y el Imperio Persa (Sasánida), se habían debilitado tras años de lucha entre sí. Ambos imperios vecinos y rodeando a la Arabia preislámica pronto se verían arrasados por una nueva fuerza militar y estratégica surgida del islam.

Así era el mapa en el siglo VI d.C. .:

En el siguiente mapa se pueden observar los dos grandes imperios en ese momento, el Imperio Romano o Bizantino y el Imperio Persa o Sasánida y la ubicación de La Meca, así como los principales pueblos árabes:

La fe como motor de conquista

Las razones del cambio religioso en Arabia no fueron fundamentalmente espirituales sino de índole social, política y económica. La transición de un modelo nómada, tribal que fue cambiando a medida que los grupos se volvían sedentarios, el comercio crecía y la propiedad colectiva comenzaba a desaparecer en favor de la propiedad individual, fue el escenario donde se cristalizó la mayor transformación de la historia árabe.

Esa sociedad fragmentada, en conflicto constante -lo que representaba un obstáculo para el crecimiento del comercio- y en plena evolución económica, abrazó la llegada de una fe unificadora que además de integrar a las tribus, les dio un propósito.

Siempre corriendo el riesgo de simplificar demasiado, empecemos por la aparición de Mahoma.

Mahoma nació en La Meca alrededor del año 570 d.C. (en la región de Hiyaz en la actual Arabia Saudí). Su padre, que era miembro del clan de los hachemíes, falleció antes de su nacimiento y su madre falleció cuando él tenía 6 años. Fue criado primero por su abuelo paterno y luego por su tío paterno, un líder de la tribu Quraysh, la más poderosa de La Meca, a quien acompañó en muchos de sus viajes.

Se relatan milagros acontecidos ya desde su infancia y se lo describe como un hombre honorable y decente, dedicado al comercio y casado a los 25 años con una viuda rica que le confió la administración de sus bienes. A los 40 años comienza a tener visiones del Arcángel Gabriel que le manifiesta mensajes de Dios. Estas visiones continuaron a lo largo de veinte años y fueron compiladas en el Corán.

Él comienza su prédica en La Meca, pero rápidamente hace enemigos y termina incluso expulsado por su tribu ya que su visión monoteísta de un único Dios y su planteo sobre la justicia social, la vida en comunidad basada en la fe y no en la sangre (el nuevo concepto de comunidad de creyentes, la Umma) y la caridad obligatoria (Zakat) hacían peligrar el sistema de vida que estaba establecido. Para los clanes más pobres o los individuos que ya no encontraban protección en su tribu, el islam ofrecía una red de seguridad económica y un sentido de igualdad ante Dios que el rígido sistema patriarcal tribal estaba perdiendo.

Cuando Mahoma se traslada forzosamente a Medina (año 622) deja de ser solo un predicador religioso, se convierte en líder político y militar. Organiza la primera comunidad islámica con leyes, normas y estructura fuera del esquema tribal.

Las relaciones entre La Meca y Medina se deterioraron rápidamente. Todas las propiedades de los seguidores de Mahoma en La Meca fueron confiscadas, mientras que, en Medina, Mahoma lograba alianzas con las tribus vecinas.

Los seguidores de Mahoma comenzaron a asaltar las caravanas que se dirigían a La Meca y a medida que pasaron los años, la comunidad islámica creció, se fortaleció y finalmente pudo conquistar la Meca después de varios enfrentamientos.

Comenzó la historia de la expansión que con la muerte del profeta Mahoma (año 632) no se detuvo. Muy por el contrario, a pesar de los conflictos internos debido a la sucesión (si por vía hereditaria de sangre o por elección de un hombre justo que dio lugar a los dos grandes grupos: chiítas y sunitas -en disputa hasta la actualidad- no solo por el sistema sucesorio sino también por la interpretación del islam), los diferentes sucesores de Mahoma se lanzaron a la conquista de toda la región.

Para el año 750 d.C., la expansión del islamismo ocupaba un territorio equivalente a 15.000.000 km².

¿Cuál fue el éxito de semejante crecimiento?

El islam nació como un sistema político que propuso una organización superadora a la tribal, que pudo unir y pacificar el interior de la región en función de un objetivo más ambicioso: la necesidad de difundir la fe que se tradujo en el concepto de yihad (esfuerzo o guerra santa) y que impulsó a los soldados a conquistar nuevas tierras, nuevos botines, nuevas riquezas y a la expansión en territorios que hasta entonces eran parte de las rutas comerciales de los árabes, y que en ese momento se hallaban completamente debilitados y con un vacío de poder que les permitió avanzar sin obstáculos.

Los ejércitos islámicos estaban acostumbrados a la guerra entre tribus y a la batalla en lugares inhóspitos, eran ágiles guerreros y hábiles comerciantes. Les permitieron a los pueblos conquistados mantener su libertad religiosa (a cambio de pagar un impuesto por no ser creyentes islámicos, lo que estimularía la conversión en muchos casos), ofrecieron una red de protección y de organización para el intercambio comercial que incluso le mejoró la vida a muchos pueblos que vieron con buenos ojos la conquista.

El islamismo creció en base a una estrategia militar eficiente, a una organización política y económica pragmática y conveniente sobre la base de una perspectiva religiosa que unificaba y daba un sentido trascendente. Islam significa sumisión a Dios, a un único y misericordioso Dios. Musulmán significa literalmente "aquel que se somete" o "se entrega a la voluntad de Dios".

Desde esa visión totalizadora de la propia vida y del mundo, el islam desarrolló un proceso de creación del estado islámico y de sus estructuras de poder, fiscales, administrativas y políticas, inmersas en una dinámica de cambio condicionada por la expansión de la conquista, por la conversión al islam y, en última instancia, por la interrelación entre los nuevos conversos al islam y los árabes musulmanes.

Fue así como una religión surgida en un desierto, entre tribus enfrentadas y sin un propósito en común más que la propia supervivencia, encontró el camino para convertirse en uno de los imperios más grandes de la historia de la humanidad, que influyó en la cultura, en la ciencia, en el lenguaje y en el arte mucho más allá de los confines de Arabia.

Este imperio, su declive a lo largo de los siglos y su disolución al llegar la primera guerra mundial, aún persiste con su sistema religioso, político, social y económico en aproximadamente 45 países del mundo, siendo el segundo grupo religioso más numeroso del planeta con 1.800 millones de creyentes y está lejos de haberse dado por vencido en su guerra santa.

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