Mineros de Clóset: El show de la hipocresía vendimial
La autora analiza la paradoja de las protestas antimineras en Mendoza, donde manifestantes y artistas utilizan la misma tecnología y recursos derivados de la minería para difundir un mensaje de rechazo a la industria que sostiene su confort moderno.
Es una escena curiosa. Se preparan las protestas contra la minería en plena Vendimia, pero nadie parece notar que la marcha es, en realidad, un desfile de minerales. Para decir que "no", se mueven en colectivos de acero y usan asfalto estirado por máquinas de hierro. Levantan carteles sostenidos por aluminio y gritan consignas a través de parlantes con imanes de neodimio. Pero el mayor fetiche es el celular: miles de cámaras registrando la "pureza" a través de lentes pulidos y circuitos de cobre, oro y tierras raras.
Es la ética del manifestante moderno: se repudia la cicatriz de la montaña mientras se agota la batería de litio para subir un video a la nube. No hay mensaje, ni transporte, ni luces LED que iluminen la protesta sin la industria que pretenden desterrar.
Al final, la marcha es un monumento a la contradicción. Se movilizan contra la mina usando las herramientas que la mina les dio, demostrando que en Mendoza preferimos la estética de la rebeldía antes que la honestidad de reconocer de qué está hecho nuestro confort.
Muchos artistas han llegado a nuestra provincia por los festejos vendímiales departamentales, se suben al escenario, se ponen remeras con un No a la megaminería, Es casi poético ver a un artista subirse al escenario de la Vendimia con una remera que dice "No a la megaminería". Lo hace parado sobre una estructura de hierro y aluminio de varias toneladas, iluminado por pantallas LED que brillan gracias al galio, el arsénico y el silicio.
Capítulo IV: Doña Bonarda y Doña Malarda
Si el artista toca la guitarra eléctrica, sostiene en sus manos un catálogo minero: las cuerdas son de acero y níquel, los trastes de alpaca y los micrófonos son imanes de cobalto o neodimio envueltos en kilómetros de cobre. Si usa un micrófono inalámbrico, depende de una batería de litio; si usa uno de cable, confía en la plata y el oro de los conectores para que su voz no tenga interferencias. Y encima si algo sale mal, o no suben a tocar, o se enojan o dan un mal espectáculo. No por ser artista tiene impunidad.
Dar un recital hoy sin minería sería volver a la flauta de hueso y al fogón. No hay sonido profesional, ni consolas con circuitos de estaño, ni amplificadores, ni la "nube" donde suben sus canciones, sin la perforación de la roca que dicen proteger.
Es la paradoja del ídolo popular: usa el metal para amplificar su mensaje contra el metal. Una puesta en escena donde la mística del "agua pura" se transmite por cables de cobre y se financia con la tecnología que solo la minería puede proveer. Al final, el artista no está en contra del sistema extractivo; está disfrutando de sus frutos mientras se prueba la ropa de la rebeldía.
Hay una arrogancia particular en el artista que aterriza en Mendoza, se pone la remera de ocasión y nos dicta cátedra sobre nuestro desarrollo. Es el ambientalismo de jet privado: vienen, usan nuestra infraestructura, consumen el confort que el metal les provee y se van, dejándonos la bendición de su superioridad moral mientras nosotros nos quedamos con el estancamiento.
Es fácil ser purista cuando el agujero de la mina no está en tu jardín, pero disfrutás de sus beneficios en tu estudio de grabación en Miami o Buenos Aires. El artista de afuera no opina sobre geología, opina sobre paisajismo y las bodegas boutique del Valle de Uco. No le preocupa nuestra economía, le preocupa que su "postal" de Mendoza no se altere.
Espero no ver ningún protestante con celular y ningún otro artista que le pagamos fortuna opinando de taquito.
Ver: La Cámara Minera de Mendoza respaldó cambios en la Ley de Glaciares