Inundaciones

Inundaciones: marca genética de nuestra ciudad

La recia tormenta que el último viernes de enero arreció sobre la ciudad, motiva un recorrido histórico por los archivos de Mendoza, por Matías Edgardo Pascualotto, autor de "Las políticas hídricas y el proceso constitucional de Mendoza".

Matías Pascualotto

Sin duda alguna el fenómeno climatológico del fin de semana pasado quedará en los registros de la provincia como un hecho calamitoso. Autos flotando, zanjones y canales rebalsados de su cota máxima, calles anegadas, edificios inundados, lamentables pérdidas materiales, y algunas notas de color, como las improvisadas embarcaciones que pulularon por las redes, mostrando una imagen de la "Venecia cuyana".

El hecho, a la luz de la memoria colectiva, trajo reminiscencias que dieron lugar a algunas notas periodísticas, recordando el trágico temporal que en 1970 causó muertes y pérdidas de hogares en nuestra área metropolitana. El paralelismo vale, ya que dicho fenómeno, tal como el de las pasadas jornadas, tienen los suficientes visos de extraordinarios como para prender las alarmas sobre el colapso del sistema de desagües citadino.

No obstante ello, y más allá de la discusión sobre las obras aluviales, su eficacia, la desidia de la gente en cuanto a la limpieza de los cauces (consecuencia de lo cual, año a año, como ha manifestado reiteradamente el Departamento General de Irrigación, se destina alrededor del 30 por ciento del presupuesto anual en sacar todo tipo de residuos de los cauces de riego), hemos de tener en cuenta una realidad: las inundaciones son un distintivo inherente a la ciudad de Mendoza, una característica inseparable de nuestro enclave urbano.

Y es que el fenómeno, a la luz de la lógica de conformación de nuestra metrópoli, no ha de resultarnos tan extraordinario, sino una característica genética.

Partamos de la siguiente base histórica: el lugar elegido para el asentamiento de damero fundacional, en el año 1561, tuvo como condicionante la necesidad de proveer de agua a la incipiente villa, lo cual llevó a "encajar" el casco urbano, literalmente, entre zanjones existentes en el elegido valle de Huentata.

No hubo gran magia en esto: se utilizó el sistema de canales que, con pendiente sur- norte y oeste-este, corren por un gran plano inclinado que conforma dicho espacio, alimentado por el actual Río Mendoza, y a dicha época explotado por la etnia huarpe millcayac, que se verá desplazada de la ocupación del espacio.

Dicho plano inclinado, conlleva una gran ventaja, la cual consiste en proveer de agua a los solares de la ciudad y su ejido, por causa de su natural pendiente, lo cual permitió el desarrollo de todo un núcleo agrícola que, con el paso de las décadas, se convertirá en el vergel del que hablan las crónicas de los viajeros, y que darán a Mendoza una marca distintiva. Toda una red de canales y acequias serán usufructuadas para consumo humano, riego y utilización de fuerza hidráulica, y, a su vera, se formarán senderos, que, con el tiempo, devendrán en arterias o calles principales.

Pero, tras la ventaja, está también la espada de Damocles: esta gran área mesopotámica citadina, en épocas de lluvias estivales, es vulnerable a las crecidas de dichos cauces, como así también a la pendiente que, permitiendo el aprovechamiento de sus aguas, trae como lado B, grandes caudales de dicho elemento en forma abrupta.

Resultados: los caminos serpenteantes a la vera de los ríos proveedores de agua, se convierten en verdaderos cauces aluviales, y las faldas de los cerros con su pendiente oeste- este, acechan con su caudal el largo flanco de la ciudad, delante del tapiz que nos muestra la estampa cordillerana.

Así, las inundaciones, son noticia local de vieja data. Las actas del Cabildo de Mendoza, a pocos años de fundada la ciudad, ya se hacen eco de los lamentos por los daños edilicios y los desbordes de canales en época de lluvias.

Datos curiosos traen los archivos, como las noticias de las roturas de las casas del Cabildo "por la zanja formidable" formada a su vera por ensanchamiento de una vieja acequia debido a las lluvias, en el actual límite entre el departamento de Ciudad y Guaymallén, en la denominada "zona de la medialuna", o el colapso de los diques, a poco de construidos, siendo paradigmático testimonio la ruina de la llamada "Toma de los Españoles", en Luján de Cuyo, y que grandes dolores de cabezas y erogaciones extraordinarias de presupuesto trajo a los constructores y gobernantes.

Así las cosas, nuestra ciudad de Mendoza, esta "Venecia cuyana", trae tras su signo distintivo, sus zanjones y canales, la vulnerabilidad ante sus acechantes aguas. 

Ver: Las claves de la tormenta histórica que puso en jaque a Mendoza

Esta nota habla de: