SAN VALENTÍN

Asado quemado y ronquidos: el manual de supervivencia para enamorar al desastre

Dicen que el amor es ciego, pero yo creo que lo que tiene es una miopía selectiva muy conveniente. Escribe Marcela Muñoz Pan.

Marcela Muñoz Pan

Dicen que el amor es ciego, pero yo creo que lo que tiene es una miopía selectiva muy conveniente. Porque amar de verdad no es mirar juntos el atardecer en la Toscana (que también, si el presupuesto alcanza y no hay huelga de AA), sino verse a la cara un lunes a las siete de la mañana, con el aliento a café hervido y el pelo como si hubieras peleado con un mapache, y pensar: "Sí, definitivamente elijo este desastre".

Hablemos de este invento del marketing que nos obliga a ser adorables por decreto. Porque el amor, seamos honestos, es un accidente biológico, químico, físico y demás elementos universales, que decidimos decorar con moños y tarjetas cursi generalmente rojas pasión. En el fondo, San Valentín es un recordatorio de que somos seres absurdos buscando a otro ser absurdo para que el vacío del universo se sienta un poco menos absurdo. Es encontrar a alguien que conozca tus "demonios" y, en lugar de salir corriendo, les invite con un vinito y asado de por medio, aunque salga quemado y no te gusten esas costillitas.

Hay algo profundamente poético en el hecho de que hayamos sobrevivido un año más sin asfixiarnos con la almohada mientras alguno ronca. El romance no son las velas aromáticas que huelen a "brisa de lavanda sintética"; el romance es el sarcasmo compartido. Es ese código secreto de miradas cuando estamos en una cena aburrida. Es saber exactamente qué decir para que el otro se ría cuando tiene ganas de prender fuego el mundo. Es aceptarnos en nuestra versión más rancia, esa que no sale en Instagram.

Pero si nos ponemos serios, amar es también un acto de resignación heroica. Es saber que, en algún momento, el tiempo nos va a pasar la factura. Que las manos que hoy se entrelazan se van a poner viejas, que los chistes se van a repetir y que, eventualmente, alguno de los dos se va a quedar solo en la mesa de la cocina. Esa es la verdadera profundidad: el miedo, la nostalgia. Amamos para no estar solos en la oscuridad, sabiendo que la oscuridad siempre está ahí, esperando. Por eso nos aferramos a la mano del otro como si fuera un salvavidas de plástico en medio del océano. El amor es esa broma pesada que el destino nos gasta para convencernos de que la vida no es un trámite burocrático. Amar es la valentía de decir: "Tengo un miedo atroz a perderte, pero mientras estés acá, pasame el control remoto que empezó mi serie".

Otra cosa pensaba: nos pasamos la vida conjugando mal. Nos enseñaron que "enamorarse" es algo que nos sucede, como un virus o una multa de tránsito. Pero yo prefiero el verbo en su forma de combate. En-amor-ar. Meterse en el amor como quien se mete en un lío del que no quiere salir. Porque enamorar no es conquistar un territorio, es aprender a habitar el mapa de las cicatrices del otro sin querer borrarlas. Es el trabajo cotidiano de volver a mirar a la misma persona, con sus mismos chistes malos y sus mismas mañas de siempre, y decidir que hoy, precisamente hoy, lo vas a volver a enamorar (o al menos a convencerlo de que no te deje por alguien que sí sepa hacer el asado a punto).

Brindo por nosotros. Por los que se aguantan las mañas, por los que perdonan el "visto" en WhatsApp y por los que, a pesar de saber que todo esto es un caos destinado a la entropía, deciden que vale la pena pedir otra botella de vino, mirarse a los ojos y volver a enamorar al desastre que tenemos enfrente. Así que, aunque el asado esté arrebatado, el lunes sea un embole y la entropía nos sople la nuca: ¡Que viva el amor! (O al menos, que viva este lío hermoso que armamos para no tener que darle explicaciones al vacío).

Esta nota habla de: