90 veces marzo
Es "requete feo" admitir cuánto nos quejamos de ella, pero es "requete lindo" reconocer que, tras nueve décadas, no soltamos la tradición que nos hace comunidad y que celebra el trabajo que merece luces. Por Marcela Muñoz Pan.
Es requete feo admitirlo, pero todos los años repetimos el ritual: que la Fiesta Nacional de la Vendimia es cara, que el guion ya lo vimos, que el concepto de reina necesita otra época, que el Carrusel es un caos y que el teatro griego te deja la espalda como declaración jurada. Lo decimos con solvencia. Con análisis. Con estadísticas inventadas en la sobremesa. Y, sin embargo, ahí estamos.
Noventa años cumple la fiesta. Desde 1936 celebrando algo tan antiguo y tan simple como la cosecha. Mientras el mundo cambiaba de idioma, de guerras y de pantallas, Mendoza seguía contando la historia de una vid. Puede parecer repetido. Puede parecer excesivo. Puede parecer, incluso, ingenuo. Es requete feo reconocerlo, pero nos gusta discutir la Vendimia porque es nuestra. Lo que no importa no genera debate. Lo que no duele no convoca.
La criticamos porque nos pertenece, y en ese punto, algo se acomoda. Noventa años no son un capricho institucional. Son abuelos que llevaron a sus nietos. Son padres que explicaron por qué el agua acá no es paisaje sino milagro. Son generaciones enteras mirando un escenario de piedra como si ahí se revelara una parte de la identidad. La Vendimia no es perfecta. Nunca lo fue. Es humana y eso la mantiene viva. Es requete feo quejarse tanto. Pero es requete lindo seguir estando.
Porque en el fondo sabemos que celebrar la cosecha no es un gesto folclórico: es una declaración. Es decir que esta tierra florece. Que el desierto fue desafío y no condena. Que el trabajo también merece luces. Y ahora sí. Ahora que cumple noventa, que carga discusiones, reformas, críticas y reinvenciones, tal vez lo más honesto sea dejar de fingir distancia. Tal vez lo más mendocino sea aceptar la contradicción: discutimos todo... pero no soltamos lo que nos hace comunidad.
Así que, levantemos la copa. Por los que empezaron en 1936 sin saber que estaban fundando una tradición. Por los que bailan cada año, aunque el presupuesto tiemble. Por los que critican con pasión porque aman con la misma intensidad. Por los que miran el escenario con frío en los hombros y esperanza en los ojos. Noventa vendimias después, seguimos acá. Y mientras haya una cosecha que agradecer, una historia que contar y alguien dispuesto a aplaudir, aunque haya protestado antes... habrá fiesta. Brindemos. Por lo que fuimos. Por lo que discutimos. Por lo que todavía florece. Porque si algo aprendimos en noventa años es esto: la tradición no es quedarse quieto. Es seguir encendiendo luces en medio del desierto y esto en Mendoza es Requete Lindo. La Vendimia me emociona más cuando la recuerdo que cuando la miro. Antes uno iba al teatro griego como quien iba a misa. Se llevaba abrigo, paciencia y una silla prestada. No había drones, pero había estrellas. No había streaming, pero había silencio compartido. Las reinas eran promesa. Las bandas sonaban desafinadas pero valientes. El vino se tomaba en vaso chico y nadie hablaba de marketing.
Noventa años después, la fiesta cambió. Se hizo más grande, más tecnológica, más discutida. Y está bien. Las fiestas que no cambian se convierten en museo. La fiesta empezó en 1936, mientras el mundo estaba en guerras, Mendoza ensayaba coreografías. Y hoy estamos igual, mundo en guerras y nosotros tratando de festejar una manera de ser.
Es requete feo decirlo, pero la Vendimia no es perfecta. Es mejor: es nuestra. Y lo nuestro nunca es prolijo, es intenso, es exagerado. es un poco dramático. Como debe ser toda buena celebración.