Hace 165 años, Mendoza sucumbió y volvió a nacer
Memoria del terremoto de 1861 en el Día Provincial de la Prevención Sísmica. Por Fabiana Mastrángelo.
Hace 165 años, la provincia de Mendoza vivió una de las noches más trágicas y decisivas de su historia. El miércoles 20 de marzo de 1861 quedó grabada para siempre en la memoria colectiva como el momento en que la ciudad sucumbió ante la fuerza indomable de la naturaleza. A las 20:36, cuando el último día del verano se desvanecía bajo un cielo sereno y una atmósfera pesada, la vida cotidiana seguía su curso habitual. Algunos mendocinos se recogían tras la jornada, otros oraban en la Iglesia, muchos hombres compartían conversaciones en los bares, y en el Cabildo los policías cobraban sus sueldos. La ciudad, iluminada tenuemente por velas y lámparas de aceite, parecía descansar en una calma engañosa. De repente, la tierra bramó.
Los testimonios coinciden en describir un estruendo sordo y profundo. En cuestión de segundos, un violento movimiento sacudió el suelo con una intensidad devastadora. Durante dos minutos y treinta y cinco segundos, la ciudad osciló hasta derrumbarse casi por completo. Lo que hasta ese instante era orden y rutina, se convirtió en caos, espanto y desesperación.
Nadie comprendía qué estaba sucediendo. El desconcierto se mezclaba con gritos, llantos y plegarias. El entonces gobernador, Laureano Nazar, sufrió la pérdida de parte de su familia, al igual que muchas otras autoridades y vecinos que quedaron atrapados bajo los escombros. Mendoza enfrentaba una tragedia sin precedentes: causó la muerte de 4247 personas y más de 1000 heridos, en una población cercana a los 11.500 habitantes.
Las construcciones, en su mayoría precarias, no resistieron la violencia del sismo. Casas, iglesias y edificios públicos se transformaron en montañas de tierra, madera y caña. Las luces que antes iluminaban la ciudad se convirtieron en una inmensa hoguera: los incendios, desatados por lámparas y brasas encendidas, se extendieron sin control durante cuatro días. Paradójicamente, esas llamas contribuyeron a evitar una crisis sanitaria aún mayor, al reducir el riesgo de epidemias en un contexto donde la magnitud de la catástrofe hacía imposible una adecuada atención médica.
La tierra continuó temblando durante toda la noche. La ciudad había perdido su forma, su identidad. Al amanecer del 21 de marzo, la magnitud del desastre se hizo plenamente visible: calles cubiertas de escombros, canales obstruidos, agua desbordada. El paisaje era desolador.
La emergencia exigía respuestas inmediatas. El gobierno organizó la provisión de alimentos y priorizó la seguridad y la salubridad de una población que lo había perdido todo. Sin embargo, el impacto del terremoto no se limitó a la capital: numerosos departamentos y villas también fueron sacudidos. En la San Vicente (hoy Godoy Cruz), por ejemplo, el sismo causó la muerte de 588 personas.
Pensar una nueva ciudad
Frente a esta devastación, comenzó a gestarse una idea fundamental: la necesidad de pensar una nueva ciudad. La tragedia se convirtió en el punto de partida para una transformación profunda. Como expresó Domingo Faustino Sarmiento: "la catástrofe no constituye una fisura insuperable. Por el contrario, la catástrofe registra el punto de una nueva fundación a partir de la cual adquiere impulso el devenir del progreso".
La reconstrucción no fue inmediata ni sencilla. Se convocó a especialistas para definir el lugar más seguro donde emplazar la nueva Mendoza. Entre las opciones consideradas figuraban San Nicolás -aludía a la hacienda de los Agustinos como también a la Calle de San Nicolás-, San Vicente, Cruz de Piedra, Las Tortugas y San Francisco del Monte. Tras intensos debates, la decisión final recayó en la Hacienda de San Nicolás, establecida oficialmente en 1863.
A partir de entonces, comenzó el diseño de la "Ciudad Nueva". El agrimensor Julio Gerónimo Balloffet fue el encargado de proyectar el trazado urbano, que mantendría la clásica forma de damero e incorporaría innovaciones fundamentales. La actual Plaza Independencia se convirtió en el eje central, rodeada por otras cuatro plazas -Chile, Italia, España y San Martín- concebidas como amplios espacios abiertos que funcionarían como refugios en caso de futuros sismos.
Las calles y avenidas fueron diseñadas con mayor amplitud, permitiendo mayor distancia entre las edificaciones para reducir riesgos ante derrumbes. La calle San Nicolás, que luego pasaría a llamarse Avenida San Martín, se consolidó como la columna vertebral de la nueva ciudad.
La reconstrucción de Mendoza estuvo en manos de una generación política que no solo buscó levantar edificios, sino también transformar la sociedad. La tragedia había dado lugar a una comunidad más consciente, resiliente y orientada hacia el futuro.
Hacia 1882, la ciudad comenzaba a mostrar su nueva fisonomía. El esfuerzo colectivo, sumado al desarrollo de la agricultura y el comercio, permitió a Mendoza recuperar su vitalidad. Incluso las normativas de construcción fueron modificadas para adaptarse a la realidad sísmica de la región, incorporando criterios más seguros y sostenibles. La forestación urbana también cambió: los plátanos reemplazaron a los álamos, contribuyendo a estabilizar el suelo y mejorar la resiliencia ambiental.
Hoy, el área donde se erigía la antigua ciudad -representada por la Plaza Pedro del Castillo y sus alrededores- permanece como testimonio silencioso de aquella noche trágica. Recordar el terremoto de 1861 no es solo evocar una catástrofe, sino también reconocer la capacidad de un pueblo para reconstruirse, reinventarse y proyectarse hacia el futuro.
En el marco del Día Provincial de la Prevención Sísmica, establecido el 20 de marzo por ley 9052 de 2018, la memoria del terremoto adquiere un sentido activo. No se trata solo de evocar el pasado, sino de fortalecer la conciencia colectiva frente a una realidad geográfica vigente.