Messi-Trump: el ídolo eterno y el presidente pasajero
Tras la polémica por el encuentro entre Lionel Messi y Donald Trump, Sergio Bruni analiza por qué la influencia del ídolo argentino es más profunda y duradera que la autoridad de cualquier mandatario.
Desde que Donal Trump recibió al plantel del Inter Miami CF y elogió a Messi, sectores vinculados al relato kirchnerista, reaccionaron con unas cataratas de críticas, sin advertir, que el ídolo argentino, es más importante que el presidente de los EEUU.
No se trató solamente de un cuestionamiento político circunstancial, sino de algo más profundo: la irritación que genera cuando una figura cultural de alcance global se vincula, siquiera protocolarmente, con un liderazgo que despierta fuertes adhesiones y rechazos ideológicos. En ese reflejo crítico aparece una vieja tensión de la política argentina: la tendencia a leer todos los gestos públicos desde la lógica de la grieta, incluso aquellos que pertenecen a esferas distintas del poder.
Sin embargo, más allá de la coyuntura, el episodio abre una pregunta de fondo: ¿qué tipo de influencia es verdaderamente más perdurable en el mundo contemporáneo? La política institucional, con su enorme capacidad de decisión en el corto plazo, o el liderazgo cultural que atraviesa generaciones y geografías. Desde esta perspectiva, puede sostenerse que Messi representa una forma de poder más profunda y duradera que la que encarna Trump.
Trump simboliza el poder político en su forma más visible. Su figura está asociada al ejercicio de la autoridad estatal, a la conducción de una potencia global, a decisiones que impactan en los mercados, la diplomacia y la seguridad internacional. Ese poder es real, concreto y determinante. Pero también es, por naturaleza, transitorio. Las presidencias terminan, los ciclos electorales se renuevan, y los liderazgos institucionales quedan inevitablemente sujetos al juicio del tiempo y de las mayorías cambiantes.
Messi, en cambio, encarna un liderazgo cultural que no depende de estructuras formales. Desde hace más de dos décadas es un fenómeno mundial capaz de generar admiración transversal. Su influencia no se apoya en decretos ni en mayorías parlamentarias, sino en algo más intangible y, a la vez, más persistente: la identificación emocional de millones de personas. En cada rincón del planeta donde un niño patea una pelota soñando con parecerse a él, se construye una forma de poder simbólico que ningún calendario electoral puede limitar.
La reacción kirchnerista frente a esa reunión también revela una mirada reduccionista sobre la figura del deportista. Pretender que un ícono global quede encapsulado en una lógica ideológica local implica desconocer la naturaleza misma de los fenómenos culturales masivos.
Messi no pertenece a un partido, ni a una corriente política, ni siquiera exclusivamente a un país. Su figura es patrimonio emocional de una comunidad global que lo reconoce como símbolo de esfuerzo, disciplina y talento. Pero, el kirchnerismo, en un arrebato delirante, intentó presentarlo como un aliado geopolítico de Trump para bombardear a Irán.
En un mundo donde las fronteras entre las disciplinas artísticas se vuelven cada vez más difusas. ¿No resultaría fantástico imaginar a Lionel Messi recibiendo el Premio Nobel de Literatura? No por haber escrito novelas ni ensayos, sino por haber compuesto, a lo largo de más de dos décadas, una obra estética que se expresa en el lenguaje universal del fútbol. Sus gambetas parecen versos improvisados sobre el césped, su percepción infinita de cada rincón del campo de juego, su lectura omnipresente en cada acción táctica, funciona como la intuición de un poeta que anticipa el sentido profundo de la jugada antes de que esta ocurra. Y sus goles, muchos de ellos convertidos en instantes míticos de la memoria colectiva, tienen la estructura perfecta de un poema borgiano: intensidad, belleza y permanencia.
No sería la primera vez que el Nobel reconoce formas no convencionales de creación literaria. En 2016, el galardón fue otorgado al músico y compositor Bob Dylan, precisamente por haber creado "nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción americana". Aquella decisión abrió una puerta simbólica: la literatura ya no debía entenderse únicamente como la palabra escrita, sino como toda manifestación capaz de producir sentido estético y conmover a la humanidad.
En ese marco, Messi podría ser visto como el autor de una narrativa sin tinta ni papel, escrita con movimientos, humildad, silencios y explosiones de genialidad. Cada partido suyo contiene una dramaturgia propia: tensión, clímax y resolución. Cada gambeta es un acto creativo irrepetible. Cada asistencia, un gesto de generosidad artística que enriquece la obra colectiva.
Tal vez nunca figure formalmente entre los candidatos al Nobel. Pero en la sensibilidad de millones de personas que lo han visto jugar, su legado ya funciona como una forma de poesía contemporánea. Una poesía que no se recita: se celebra
No debe soslayarse, además, la diferencia clave entre la política y el deporte como fuentes de legitimidad social. La política, en contextos polarizados, suele dividir. El deporte, en cambio, tiene la capacidad de unir, de generar momentos de comunión colectiva que trascienden identidades partidarias. Un gol memorable puede suspender por unos instantes las tensiones de la vida pública y crear una experiencia compartida que ningún discurso político logra reproducir con la misma intensidad.
La obtención de la Copa del Mundo en Qatar, bajo el liderazgo inspirador de nuestro mayor talento futbolístico, generó una movilización social inédita. Millones de argentinos coincidieron en el espacio público con un mismo sentimiento, dejando en suspenso, al menos por un momento, las divisiones políticas e ideológicas."
Por eso, afirmar que Messi es "más importante" que Trump no implica minimizar la trascendencia del poder estatal ni desconocer la relevancia de las decisiones de gobierno. Significa reconocer que existen distintos planos de influencia histórica. El poder político define el presente; el liderazgo cultural construye el legado. Y en un mundo hiperconectado, donde las emociones circulan con la misma velocidad que la información, ese legado puede ser más decisivo para comprender el espíritu de una época.
Cuando Trump deje definitivamente la escena institucional, su figura será objeto de análisis académico, debate partidario o revisión histórica. Messi, en cambio, probablemente seguirá recorriendo el planeta, ya sea jugando en ligas menos competitivas o transmitiendo su experiencia en clínicas deportivas, inspirando a nuevas generaciones que encontrarán en su historia un relato de superación universal.
Tal vez la polémica actual sea, en el fondo, una discusión sobre cómo entendemos el poder en el siglo XXI. Si lo reducimos a la capacidad de mandar, firmar o decidir, Trump representa su expresión más clásica. Pero si lo concebimos como la capacidad de inspirar, emocionar y trascender fronteras culturales, entonces Messi aparece como una figura incomparable.
¿En la época de esplendor de Miguel Ángel Buonarroti, se le recuerda más al gran pintor o a quien por entonces gobernaba Roma?
La cultura construye memoria. Y en la memoria colectiva del mundo contemporáneo, es altamente probable que el nombre de Messi resuene durante mucho más tiempo que el de cualquier presidente.