CAPÍTULO LII

El gran enredo del este: Ovillos, chismes y la nostalgia del sabor

La novela Bonarda y Malarda, en su Capítulo LII. Escribe Marcela Muñoz Pan.

Marcela Muñoz Pan

La galería de Zia Arola esa tarde literalmente fue explosión controlada en un ramillete de lanas multicolores. Las gemelas, Bonarda y Malarda, siguiendo su impulso visionario de organizar a las mujeres, habían convocado a la "Primera Gran Teletón-Mateada-Cafetina" en honor a las artesanas de la zona y las invitadas especiales.

Los jardines de Zia Arola aromados de romero y lavanda, rosas, desafiaban el ruido del tren que pasaba por las faldas de las plantas, atracción casi turística cultural para las mujeres, que esa tarde lograron reunirse a tejer al crochet y llevar sus dulces elaborados el fin de semana anterior. El aroma a café recién molido y la deliciosa pastelería casera de Griselda Ambrosio, tan metódica para la didáctica de la matemática como para las recetas de su Zia (tía) Arola, habían creado un destino embebido entre pastafrolas y crochet. La pastaflora de membrillo y tortas fritas abrieron los suspiros de la reina de la tarde: Las tabletas mendocinas. Fue tal el éxito de las tabletas, que Griselda tuvo que empezar a dar la receta, faltando lapiceras, hojas para que cada una tomara apuntes. 

Receta

Se baten muy muy bien 3 docenas de yemas y dos claras, se toma una masa con 1 vaso de vino blanco, 1 cucharón de grasa y 1 cuchara de royal, se mezcla con la harina necesaria, se estira con bolillo y se cortan las hojas que se pinchan con un tenedor y se ponen al horno fuego medio. Una vez cocinadas se unen con dulce de leche, de durazno o alcayota, luego se prepara un almíbar más bien espeso y se almibaran dejando que se sequen.

Las invitadas no se hicieron esperar. Llegaron las vecinas del Barrio Las Bonardas y Las Malardas, las esposas de los cosechadores, las amigas de toda la vida y de la vida que fueron haciendo, sus hijas, sus nietas y bisnietas, las mujeres inmigrantes que traían el acento tano, gallego o croata, sirios, libaneses, franceses, mezclado con el modismo mendocino. No solo traían agujas de crochet y ovillos de lana, traían sus historias. Doña Claudia Nuarte es la que ayudaba a construir ese mundo de cuadraditos de colores de diez por diez, Doña Mariam con sus patrones de ponchos recién sacados de las últimas revistas de moda al crochet que Chiara, siempre traía de sus viajes por el mundo, imponiendo un estilo único y Doña Marcela con sus pies de camas a rayas o lisas y mantas para los sillones. Mujeres y sus agujas, sin tacos de aguja, iban comprendiendo el estilo Hippie que había comenzado aparecer por el este, el crochet se convirtió en una forma de expresión personal y de moda hecha en casa, reflejando el espíritu libre de los años 60 que había venido a cambiar varios patrone, reconstruyéndose. El auge de los cuadrados de la abuela, que se remontan al siglo XIX, alcanzaron su máximo esplendor en esta década, permitiendo crear ropa y accesorios a partir de restos de lana, las prendas de vestir se popularizaron en chalecos, vestidos, chaquetas y gorros hechos con ganchillo. La moda promovía la creación propia, valorando el trabajo manual y lo artesanal por sobre lo industrial. Cuadraditos y cuadraditos se acumularon en una tarde de gentileza y generosidad femenina.

'¡A ver, a ver, orden en la sala!', clamó Bonarda, ajustándose su delantal impecablemente blanco y almidonado pintado con el nombre de su amiga Doña Irene de María Paz. Hoy no cocinamos, hoy somos artesanas. Vamos a tejer cuadrados para hacer mantas para el hospital, y para celebrar nuestro día. Recuerden lo que dicen: cada punto es un latido, y cada enredo, un pecado capital masculló Malarda por lo bajo, ya lidiando con un ovillo de lana verde petróleo que parecía tener vida propia. Malarda llevaba su delantal con la mancha de Malbec de la semana anterior, que no se había ido del todo a pesar de la soda, la sal, el limón que usó para sacar la mancha, pero lo lucía como si fuera una obra de arte (inconscientemente quiso que quedaran esas manchas para recordar las travesuras con su hermana).

Doña Carmen, una italiana de octogenarios inviernos, no levantaba la vista de su crochet. Es que me olvido de los dolores del reuma si tejo, el crochet es mágico. Lo inventaron en Arabia, o en China, o acá a la vuelta en Sudamérica, qué sé yo, pero en Italia nos salvó del hambre.

En una mesa, las inmigrantes intercambiaban técnicas. Una mujer turca mostraba un punto que parecía un encaje de bolillos, pero hecho con gancho. En mi pueblo, contaba con melancolía, hacíamos esto frente al fuego, no había tele, solo lana y canciones. Es nostálgico pensar que ahora estoy acá, en el este de Mendoza, tejiendo con ustedes.

Doña Claudia comentó: es que la artesanía nos une, nos recuerda de dónde venimos. Es preservar técnicas ancestrales. Mientras las mujeres tejían y el sol comenzaba a bajar, pintando el cielo de un color ámbar que recordaba al Alcayota en hebras de Doña Florencia, un sonido familiar rompió la atmósfera. ¡Puuuuuu-puuuuuu! Era el tren. Los rieles que costeaban el salón de Zia Arola vibraron, y todas, como si fueran niñas, se asomaron a la galería para ver pasar el carguero. Los niños que correteaban entre los olivos saludaron al maquinista. Es como un reloj de nostalgia, suspiró Griselda, acordándose de su madre querida Chiquita: "chicas es que Zia Arola nació aquí en la calle Valparaíso en 2010 acá en La Colonia, Junín, como un emprendimiento familiar, y el tren siempre fue parte de nuestra banda sonora. Verlo pasar es como ver pasar el tiempo, pero saber que lo dulce permanece".

La tarde cerró con una montaña de cuadrados de colores listos para ser cosidos. Las mujeres, con los dedos un poco cansados pero el corazón contento, se despidieron con la promesa de otra tarde de mates, cafecitos y las inigualables tabletas mendocinas.

Al quedar solas, las gemelas miraron el caos de lana y migas en la galería. Bueno, Malbeca, dijo Bonarda, mirando un cuadrado fucsia horriblemente deforme que Malarda había dejado abandonado. La jornada internacional de las artesanas fue un éxito. Pero este cuadrado... parece que lo tejió un dinosaurio.

Malbeca sonrió como Malarda: La perfección solo es real cuando se permite ser salpicada por la vida, ¿no? Además, mi dinosaurio fucsia va a abrigar más que tu cuadrado perfecto de color crudo. Las risas de las dos ancianas se fundieron con el sonido de los grillos. En Zia Arola, entre romeros y lavandas, el legado de la artesanía, el sabor casero y la unión femenina había quedado, punto por punto, bien tejido.

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