Un mundo imperfecto
Mentiras verdaderas de una batalla perdida. Escribe Isabel Bohorquez.
¿Cómo les fue a los gobiernos de izquierda y de derecha en el siglo XX y cómo les va en el presente? O, mejor dicho, cómo les fue/les va a los países gobernados por partidos/alianzas/ sectores de izquierda o de derecha? ¿Cómo le fue/le va a la gente?
Y con la expresión "cómo les fue/les va" me refiero al éxito de las gestiones en términos de sus propósitos manifiestos y de los resultados reflejados en algunos indicadores que ya hemos abordado en otros textos.
Les fue/les va bien desde la mirada de quienes han logrado sostenerse en el poder.
Les fue/les va mal a las personas, a la gente, a los países en su conjunto.
Analizar el desempeño de los gobiernos de izquierda y derecha a escala global durante los siglos XX y XXI requiere observar indicadores estructurales de largo plazo. Dado que la definición de "izquierda" y "derecha" ha mutado (desde economías planificadas vs. de mercado hasta estados de bienestar vs. neoliberalismo), la academia suele utilizar bases de datos como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y proyectos de investigación como Our World in Data y el V-Dem Institute (a este último ya nos hemos referido para desarrollar el concepto de democracia/autocracia en el mundo).
¿Cuáles son los indicadores que hemos escuchado mencionar tantas veces y que se basan en tendencias históricas, así como en los ejes de desarrollo que tanto la izquierda como la derecha han reconocido durante estos dos últimos siglos?
Un indicador fundamental -y presente desde el origen mismo de la izquierda/derecha- es el crecimiento económico ya que la distribución de la riqueza y el control sobre la misma es uno de los fundamentos tanto de una como de la otra.
El otro indicador es el progreso social que se refleja en el acceso a salud (nutrición y atención médica), agua y saneamiento, seguridad, vivienda, educación, calidad medioambiental, trabajo digno, derecho y voz, libertad y elección, inclusión social, etc. y que es razón de existencia de la izquierda en base a su lucha por la justicia social pero también es parte de la agenda política de la derecha como hemos visto desde el origen mismo de la revolución industrial.
Veamos ambos:
Crecimiento Económico y Eficiencia de Mercado
Históricamente, los gobiernos con una marcada inclinación a la derecha (liberales o conservadores en lo económico) han priorizado el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) mediante la apertura de mercados, la desregulación y la propiedad privada.
Durante la segunda mitad del siglo XX, las reformas de mercado en países como los "Tigres Asiáticos" (Corea del Sur, Taiwán) o la apertura en Chile (bajo la dictadura de Pinochet y continuada en democracia) mostraron tasas de crecimiento del PIB aceleradas. Según el Banco Mundial, la integración al comercio global promovida por estas gestiones correlaciona con aumentos en la renta per cápita.
Los modelos de izquierda radical del siglo XX (Bloque Soviético, China pre-1978) lograron una industrialización rápida inicial, pero enfrentaron crisis de escasez y estancamiento tecnológico hacia finales de siglo. En el siglo XXI, el "Socialismo del Siglo XXI" en América Latina mostró inicialmente crecimiento por el boom de commodities, pero derivó en crisis de hiperinflación y contracción del PIB en casos como Venezuela.
Hoy en día, la distinción no es solo teórica, sino que se refleja en resultados medibles en términos de Producto Interno Bruto (PIB) y bienestar social.
Son dos modelos que podemos resumir como de mercado o intervencionista estatal y a grandes rasgos, la distinción entre derecha e izquierda en el plano económico se define por el rol que asignan al Estado.
En la práctica actual, la mayoría de los países operan en economías mixtas, pero la inclinación hacia un lado u otro genera dinámicas distintas.
Los gobiernos de derecha suelen priorizar el crecimiento económico y la eficiencia, tienden a atraer mayor inversión extranjera, presentan menores niveles de inflación y generan dinamismo tecnológico debido a la competencia. Sin embargo, pueden experimentar una mayor concentración de la riqueza y una brecha de desigualdad más pronunciada si no existen mecanismos de competencia leales o redes de contención básicas.
Los gobiernos de izquierda suelen priorizar la distribución del ingreso y las garantías de los derechos sociales. Históricamente logran mejoras rápidas en indicadores de alfabetización, acceso a salud pública y reducción de la pobreza extrema mediante transferencias directas. Sin embargo, el exceso de intervención puede derivar en déficits fiscales, desincentivo a la innovación privada y, en casos extremos, crisis de suministros o inflación por emisión monetaria para financiar el gasto.
Y un problema fundamental para el progresismo de izquierda del siglo XXI "(...) la estrategia estatal priorizó aspectos socioeconómicos sobre los políticos-culturales, limitando la transformación de las condiciones de vida y subjetividad (...)".
Con esta afirmación entiendo que la izquierda no alcanzó el más preciado de los objetivos: que las personas alcanzaran una transformación positiva en sus vidas en función del amparo estatal. Mientras que la derecha ha estado siempre en el límite de dejar a las personas varadas ante obstáculos socio económicos que podrían disminuirse si hubiera un mayor amparo estatal.
¿Esta dicotomía tiene remedio?
El modelo nórdico, países como Dinamarca o Noruega desafían la dicotomía tradicional (ya lo hemos analizado antes) combinando un libre mercado extremo (facilidad para hacer negocios, apertura comercial) con una intervención estatal masiva en seguridad social. Tienen altos impuestos, pero también los niveles más altos de progreso social y estabilidad económica del mundo.
También el Sudeste Asiático, países como Corea del Sur o Taiwán utilizaron una "intervención inteligente" o Estado Desarrollador, donde el gobierno guió al mercado privado hacia industrias de alto valor agregado, logrando un progreso económico y social sin precedentes.
Consciente de lo extremadamente sucinto del planteo que seguramente descuidad aspectos fundamentales, es posible afirmar que la tercera vía viene mostrando evidencias de un mayor éxito en el equilibrio necesario entre crecimiento económico, intervención del estado y bienestar social.
El progreso social
Con relación a este segundo indicador, no vamos a reiterar los índices de progreso social (Índice de Desarrollo Humano-IDH) que ya expusimos anteriormente en el abordaje de las democracias /autocracias.
Los gobiernos de derecha han priorizado la movilidad ascendente derivada del acceso a los bienes de consumo (adquirir una vivienda, un auto, etc.), el éxito profesional y la inversión privada. Según informes de la OCDE y el World Inequality Database (WID), los periodos de gobiernos de derecha marcada (como en los años 80 en EE. UU. y Reino Unido) suelen coincidir con una concentración de la riqueza y el debilitamiento de las redes de seguridad social, aumentando la brecha entre clases sociales.
Al favorecer la privatización de servicios básicos como la salud y la educación bajo una lógica de eficiencia técnica, se corre el riesgo de crear sistemas de dos niveles donde el acceso a derechos fundamentales depende de la capacidad de pago individual, dejando atrás a los sectores más vulnerables. Además, su enfoque en la austeridad fiscal a menudo conlleva recortes en programas de asistencia y protección laboral, lo que puede reducir la movilidad social y debilitar la red de seguridad necesaria para que la población prospere frente a crisis económicas.
La derecha suele ser muy efectiva reduciendo la pobreza por ingresos a través de la estabilidad y el empleo, pero puede fallar en la cohesión social si no asegura que todos tengan un punto de partida equitativo para competir en ese mercado.
Los gobiernos de izquierda han tenido éxito inicial en la distribución masiva de la educación, salud, etc. Cuando los organismos internacionales mencionan reducciones de pobreza bajo modelos de intervención, generalmente se refieren a indicadores de corto plazo o pobreza multidimensional, acceso a servicios (expansión de redes de agua, salud pública o electrificación rural que el mercado por sí solo no proveía en zonas aisladas) y consumo inmediato (programas de transferencias que elevan los ingresos por encima de la línea de indigencia de forma estadística, aunque no necesariamente de forma sostenible o productiva). Sin embargo, la relación entre intervención estatal y pobreza es compleja y la intervención per se no es una garantía de éxito; de hecho, cuando se implementa sin equilibrio macroeconómico, suele derivar en resultados regresivos que profundizan la pobreza.
Pueden generarse así "trampas de pobreza" por inflación y pérdida de poder adquisitivo. Si el Estado interviene financiando un gasto público excesivo mediante la emisión monetaria, genera inflación. La inflación es el "impuesto a los pobres" más regresivo, ya que quienes tienen menos recursos no pueden proteger sus ahorros, destruyendo su capacidad de consumo. Cuando la intervención se limita a transferencias directas sin contraprestación educativa o laboral, se pueden generar "franjas de pobreza estructural" (clientelismo) donde las personas quedan desconectadas del mercado laboral formal por generaciones.
El éxito inicial de estos gobiernos suele ser un espejismo financiero impulsado por el auge de las materias primas o el gasto de reservas acumuladas, lo que permite una expansión rápida de servicios públicos y subsidios que mejoran las estadísticas de cobertura a corto plazo. Sin embargo, esta bonanza desemboca inevitablemente en decadencia cuando el intervencionismo asfixia la inversión privada, provocando desabastecimiento, inflación y una caída drástica en la calidad de los servicios por falta de mantenimiento.
En resumidas cuentas, la gente común y más desprotegida sufre el desamparo de la derecha y sufre las trampas de la izquierda que los empobrece aún más y a largo plazo, y lo que es peor, los hace dependientes del Estado.
La evidencia sugiere que la libertad económica es el motor más potente para sacar a la gente de la pobreza de forma permanente (teoría del "Efecto Goteo"- Trickle-down) , mientras que el Estado es más efectivo cuando se limita a proveer bienes públicos esenciales (justicia, seguridad, infraestructura) sin asfixiar la actividad privada.
Los países con mayor libertad económica (como Irlanda, Singapur o Estonia) han logrado reducir la pobreza extrema de forma drástica y permanente. Al haber estabilidad monetaria (baja inflación), el ahorro de los más pobres no se licúa.
El siguiente gráfico muestra la relación entre pobreza extrema y libertad económica. Los países con mayor libertad (en verde) prácticamente no tienen pobreza e inversamente, los países con menor libertad económica tienen las mayores franjas de pobreza (en rojo) :
Si, es importante destacar que el éxito actual parece no residir en el extremo de la intervención o en el mercado, sino en la calidad institucional. Los países que logran progreso social (y económico) sostenido son aquellos donde, independientemente de si el gobierno es de izquierda o derecha, existe:
Seguridad jurídica (respeto a las reglas).
Burocracia eficiente (el Estado gasta bien lo que recauda).
Apertura comercial combinada con inversión en capital humano (educación y salud).
Parece entonces que no es cuestión de ubicarse en un lado u otro de la vereda gestada en la revolución francesa, sino de hacer bien las cosas...quizá el verdadero aprendizaje de la política de este siglo donde sobradamente ya nos hemos encontrado con todas las miserias y paradojas de enfocarnos de un lado u otro de la grieta.
Los desafíos son siempre los mismos, la reducción de la pobreza, la promoción de la movilidad social, afrontar la vulnerabilidad ante las crisis, la seguridad ciudadana, la concordia social...sobre la base del progreso social y el crecimiento económico sustentable.
¿Cómo se expresa la nueva izquierda y la nueva derecha en pleno siglo XXI?
Hoy en día, un seguidor de la nueva derecha (pro mercado, nacionalista a ultranza) y uno de la izquierda radical (de ruptura, anticapitalista e intervencionista a ultranza) pueden parecer enemigos mortales, pero si analizamos cómo operan, las similitudes son asombrosas.
El discurso "Nosotros contra Ellos", implica que ambos bandos han abandonado la idea de la "gestión técnica" para pasar a la confrontación total. La izquierda divide al mundo entre "el Pueblo" y "la Oligarquía / las Corporaciones". La derecha divide al mundo entre "el Pueblo" y "la Casta / la Élite Globalista / el Deep State". En ambos casos, el "otro" no es un rival político, sino un enemigo que debe ser destruido.
Y en el medio la gente...nosotros.
El culto al líder (Mesianismo) tan presente en la izquierda y la derecha, Venezuela, Nicaragua, Estados Unidos, El Salvador, Argentina...
Y, por último, el uso de las redes sociales y la "posverdad". Ambos bandos han perfeccionado el uso de algoritmos para crear cámaras de eco, se prioriza la emoción (indignación, miedo, esperanza) sobre los datos y se utilizan "ejércitos digitales" para acosar a la oposición y deslegitimar a los medios de comunicación tradicionales.
La división izquierda/derecha ha recorrido dos siglos y ambas posturas han sido oportunas, necesarias, a lo largo del tiempo porque desde una y otra óptica, han aportado a la construcción de la dinámica política mundial.
La izquierda, lo reiteramos aquí, aportó al mundo la noción de lucha por la ciudadanía, por los derechos civiles, en especial de los más desprotegidos; la derecha aportó la noción de estructura y orden necesarios en cualquier sociedad y asumió como motor del desarrollo al crecimiento económico, entendiendo la fecundidad del capitalismo.
La izquierda se perdió en los laberintos del poder y generó nuevos (y peores) vicios a los que inicialmente quiso combatir, volviéndose autoritaria y opresiva en demasiadas ocasiones. Se instaló en el fervor de la revolución y fue irresponsable e ineficaz en la gestión de los recursos para cumplir con sus mandatos. La derecha se orientó cada vez más a su propio interés en desmedro del bienestar social y si bien fue motor de progreso, las más de las veces, fue indiferente a los mecanismos injustos y hasta perversos de un sistema que devora al más débil.
Hoy la izquierda agoniza lejos del proletariado que juró defender en sus comienzos y se acopla o apropia de las banderas que recoge en el camino a su conveniencia (a riesgo de perder más aún su identidad o enmascarándose detrás de quienes dice defender). Defiende minorías, ideología de género, a Palestina, a Cuba, a Irán o al planeta todo. No logró sus objetivos y no los logrará, basada en el resentimiento y en el constante reclamo de justicia, donde ve fascistas por cualquier intersticio. La izquierda se ha convertido en un folleto parlante y chillón sin más capacidad que la de oponerse a todo lo que interpreta como su enemigo.
Hoy la derecha se ve acorralada por un mundo que ya no acepta las desigualdades como naturales y las injusticias como inevitables. La derecha está conminada a humanizarse, a mirar al prójimo y a interesarse por los demás. Esa derecha poderosa, enriquecida y hambrienta de más y más con el pretexto de que el crecimiento económico no tiene techo (ni escrúpulos) se encuentra en la encrucijada de un mundo que mira el propio planeta, la condición humana y el porvenir con ansias de ecuanimidad.
Mucho nos han dado ambas posiciones y mucho nos han quitado. No se reconciliaron jamás y hoy en día siguen tratando de abatirse mutuamente.
¿Las posturas de centro, las que definimos como moderadas? No son ni la izquierda ni la derecha, no nos confundamos. Son otra cosa. Esa tercera vía no es un poco de esto y un poco de lo otro. Es otra mirada de cómo se puede llevar adelante el progreso social y el crecimiento económico por el bien de todos.
Quizá ya sea el momento de pensar en esa tercera vía y mirarnos sinceramente respecto a por qué ese modelo es tan esquivo a nuestro alcance.
Nos queda por ver entonces el horizonte.