24M: solo sonrío cuando recuerdo a Nicolino en su Torino Comahue
Una remebranza sobre el periodo entre el 24 de marzo de 1976 y el 2 de abril de 1982 para alguien que nació en 1963, o sea dentro de la generación que pasó su adolescencia "criado" en el clima de la dictadura.
"De lo único que no te puedes sacudir es de la infancia. Mi niñez la conservo porque es lo último que perdemos antes de morirnos". (Joan Manuel Serrat el jueves 5 en conferencia de prensa en Mendoza).
Predialogal. Soy seguidor vivo y consciente del Nano Serrat o el querido Juanito. Mi calendario interno me marca mi inicial admiración por el juglar y su poesía entonada a mis 7 años cuando lo escuché por primera vez con Mediterráneo en alguna de las cuatro radios AM que dominaban el aire mendocino. Ahora, él con 82 y yo con 62, casi 63, me sigue enseñando cómo se puede vivir cargando con nuestra propia historia personal y en el cuadro histórico que nos ha tocado hacerlo. Por eso es que escribo estas líneas en recordatorio del Golpe del 76.
Otro predialogal. Hoy martes 24, estamos iniciando el ritual mental y emocional ciudadano doloroso y redundante como un tango. Lo que algunos llaman la Semana Santa cívica de la Argentina, que va del 24 de marzo al 2 de abril. Ahí está marcada la era más tremenda de este país. Entre 1976 y 1982 nos apagaron la luz y estuvimos a ciegas; solo una guerra dio por terminado ese periodo oscuro.
Tiempo intocable
Medio siglo es más de la mitad de una vida humana promedio. En la historia de un país puede resultar determinante. Mi recuerdo está fresco aún; son los 12 años y un solo interés existencial: saber qué haría con mi vida, pensando que estaba terminando mi niñez con el séptimo grado de la escuela Nicolás Avellaneda de la Cuarta Sección. La vida pública nos pasaba por el costado; hablo por mí y mis generacionales. Lo más atractivo que nos pasaba con la cotidianidad de un barrio de esa época era que veíamos al genial Nicolino Locche pasar lentamente en su fantástico Torino Comahue color naranja repleto de juguetes (el inolvidable campeón de los walter juniors tenía una juguetería).
Era un paso triunfal del Intocable. Cada tarde por la calle Moreno, donde jugábamos a la pelota, en la última cuadra antes de llegar al Zanjón de los Ciruelos, límite con Las Heras. Cerca vivían familiares del Nico y a seis cuadras al este estaba el Mocoróa Boxing Club, donde entrenaba dirigido por Don Paco Bermúdez. Por eso teníamos el privilegio de verlo y que él nos saludara sin estridencias, pero amablemente. Así nos sorprendió el golpe del 24 de marzo de 1976; sorprendió es un decir, pareció un capítulo más dentro de la secuela peronista de ese tiempo. Ya había pasado el Mendozazo (1972), había muerto Perón, Juan Domingo (1974); estaba Isabel, su viuda, en la presidencia y escuchábamos mencionar con frecuencia al Brujo López Rega. En los días previos se escuchaba en la radio los planteos militares y los percibíamos como lógicos.
Monumento a Nicolino en el parque lineal de calle Perú en la Cuarta Sección.
Los milicos sonaban como un partido político más, como si fueran la oposición constituida. O sea, terminé la primaria bajo el régimen dictatorial y no sabíamos que estábamos en la antesala del infierno. Mi generación, la del 63, que integra el ilustre Páez, Rodolfo, nació con Videla (Jorge Rafael) y creció sin poder, como furiosamente proclamara Carlos Moreno García, nuestro presente Charly.
Sigo sosteniendo que esta generación, la que fue a Malvinas y que se prepara ahora para dejar espacio a sus hijos y nietos, quedó a mitad de camino. Nuestros propósitos nacidos del preámbulo constitucional recitado por Alfonsín, Ricardo, nunca fueron cumplidos. Siento y hay evidencias de que tenemos una República formal, pero el concepto nunca se respetó en la aplicación. Pruebas sobran.
No hemos sabido cómo hacer un país saludable y humano. Los dictadores hicieron su trabajo. Solo una vivencia más para graficar mi confesión. Estando en pleno invierno de 1982, con 18 años, y atentos a la guerra en las islas con pibes de nuestra edad peleando; en el aula del sexto año de la Escuela Química BT19 (hoy Capitán Daniel Vázquez) hablábamos de qué estudiaríamos después de egresar y avalamos con naturalidad la idea de uno de nosotros de ingresar a la Escuela de Oficiales de la Fuerza Aérea porque quería ser presidente de la Nación. Nada podía malir sal. La democracia fue lo mejor que nos pasó, pero no es lo mejor que hemos hecho.
Desaprovechamos una oportunidad; por eso, este tiempo de señales distópicas y de gobiernos de autor sigue siendo una consecuencia de esa ignorancia que nos inculcaron los perversos que dominaron los '70 y parte de los '80.