Sensaciones

Ese maldito detalle (los paisajes urbanos de Rombolí)

Una cuadra singular, una casa que, sin ser modesta, no se destacaba... hasta que llegó la gran remodelación. Pero un detalle, a último momento, opacó todo. Escribe María Laura Rombolí.

Laura Romboli

No era una casa que sobresaliera, aunque era importante. Lo cierto es que, un día, una cuadrilla de hombres comenzó a rodearla y, con las ventanas y puertas abiertas, comenzó la gran remodelación; esa que nos iba a tener a todos los que pasaran por ahí atrapados y expectantes para ver los cambios.

Una vez alguien dijo que un hombre solo y con mucho dinero vivía allí, pero nunca pudimos identificar quién era realmente el dueño. El placero contó que lo conocía y hasta alardeaba de que conversaba con él en las mañanas, bien temprano, cuando regaba la plazoleta, que se acomodaba como una platea preferencial para ver semejante obra en movimiento.

Mientras mojaba para ahuyentar la mugre que algunos dejaban por la noche, saludaba a los obreros a los gritos, como una especie de despertador para los sin techo que dormían en el pasto, sobre colchones viejos y tapados con sábanas rotas.

Sí, enfrente, la casa, en plena etapa de cambios, largaba ruidos y chillidos, a la vez que llenaba contenedores, que serían, al terminar la obra, más de una docena.

El portón de la cochera, súper grande o súper triple, levantado al máximo, se había convertido en un depósito de los materiales que se necesitaban.

Durante meses, la casa fue mostrando su transformación, pero sin perder la esencia ni la forma cuadrada que tenía. De dos plantas, las ventanas de arriba -cuatro en total- dejaban ver el cambio de color y cómo soportaron la transición del primer piso, donde la sala principal se convirtió en una gran sala y las escaleras se vistieron de baldosas nuevas. Un pasillo muy iluminado ostentaba que, al final de ese lugar, algo más se estaba construyendo.

Todo eso era lo que se podía vislumbrar durante los días que los albañiles trabajaron allí. Grupos de obreros fueron terminando semejante construcción y, luego, los contenedores desaparecieron, la vereda comenzó a verse nueva y despejada. Un frente pintado de un gris topo convertía la fachada en algo un poco más sofisticado. Y la numeración, con números grandes y apilados, le dio modernidad: 6 1 7. Se lee de arriba hacia abajo, pausado, con la certeza de que no lo olvidaremos una vez que se pronuncie. Hasta el canasto para la basura y las rejas del frente brillan su estreno. El portón, ese que se levantaba como bienvenida a los trabajadores, fue reemplazado por uno de metal, de tres hojas, con el único fin de mostrar vanguardia, con la seguridad de que siempre lucirá cerrado.

Estoy segura de que una noche vi al dueño, ubicado en la plazoleta, en penumbras, en el borde del cordón, con una taza de café que, mientras bebía pausadamente cada sorbo, le permitía apreciar y disfrutar de la obra terminada. Un sueño cumplido.

Pude leer esa escena como un momento especial. Luego de tanto esfuerzo, tanto tiempo y tanto trabajo, al fin no había más intrusos de overol lijando paredes o haciendo piquetes.

Dos empleadas -sí, dos- comenzaron a barrer el porche de la casa, unas escalinatas anchas y bajas que iluminaban sus bordes apenas comenzaba a oscurecer. No había tanta escalera ni vereda, pero parecía que nadie en ese lugar trabajara en solitario. Las dos mujeres, sin conversar entre ellas, trataban de no chocarse, siendo tal vez el signo de la opulencia en un lugar que, a esas alturas, carecía de calidez hogareña.

Ahora luce como lo que es: una obra recién terminada. Una maravillosa construcción que se impone y luce elegante, firme y segura.

Solo hay algo que oscurece todo lo anteriormente dicho. Un detalle que arruina semejante levantamiento. En la puerta de entrada -la que promete que adentro hay mármol, madera y paredes recién pintadas-, pegado como al pasar, hay un papel amarillo desteñido, casi quemado por el sol y sujetado solo por el borde superior, que avisa, que no traiciona, que sin disimular deja al descubierto que la perfección no se puede alcanzar. Porque, aunque el cambio fue planificado, pareciera que no valió la pena. El dinero invertido, la fuerza del hombre y del tiempo no pudieron con ese error, ese detalle.

Ese maldito detalle, como dice La Mississippi en su canción, fue fatal -para mí- y echa por tierra todo.

El cartel avisa que el timbre no funciona.

Un gran desastre.

Ver: Hola y adiós. 

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