El eco del zonda en un winco
La novela Bonarda y Malarda, en su Capítulo LIII.
El calendario en la cocina de la finca marcaba mediados de 1966, pero el tiempo parecía correr a una velocidad distinta para los nietos y bisnietos de Bonarda y Malbeca. Ya no bastaba con el silencio del desierto o el ritmo pausado de las acequias. La década del 60 había estallado en el este, como un racimo maduro a punto de vendimiar.
Alicia, con su sensibilidad heredada y su visión clara, ya no solo miraba las etiquetas de vino; ahora devoraba las revistas que llegaban de Buenos Aires con noticias de la moda mod y el arte pop. El Winco de la sala, que antes solo emitía tangos y folclore de Hilario Cuadros, ahora vibraba con los acordes eléctricos de Los Gatos Salvajes y la voz de Sandro.
Abuela, el mundo es más grande que estos viñedos, decía Alicia mientras sintonizaba la radio, buscando las frecuencias que traían los ecos de la "Beatlemanía". El cambio era radical. La música se difundía en "asaltos" en los clubes del este, donde los jóvenes reemplazaban el vals por el twist. Las noticias ya no solo llegaban por el diario La Tarde; la televisión empezaba a ocupar un lugar central, mostrando un mundo en blanco y negro que pedía a gritos el color de la libertad.
Doña Bonarda observaba desde su sillón de mimbre. Ella, que había luchado por el agua y la tierra, veía en sus nietos una sed diferente: una sed de justicia social y expresión artística. Por su parte, Malbeca, siempre práctica más revolucionaria, fruncía el ceño ante las minifaldas y el cabello largo de los varones, aunque en el fondo, sentía que esa rebeldía era la misma que ella usó para sobrevivir a su pasado roto.
El impacto real llegó una tarde de junio. Mientras en Buenos Aires los titulares hablaban del derrocamiento de Illia que enfrentaba gran inestabilidad, oposición sindical, recesión económica y presión de los militares, llegó la Revolución Argentina, en la finca, los jóvenes organizaron un "happening" entre los viñedos viejos. Pintaron los tachos de cosecha con colores psicodélicos y, por primera vez, el vino Bonarda no se sirvió en copas de cristal, sino en vasos de colores mientras discutían sobre el "Manifiesto de los 21" y el nuevo cine argentino. Fue un choque de eras. Los mellizos, hijos de la paz del 61, se convertían en los arquitectos de un nuevo paisaje cultural. Ya no solo se trataba de cultivar la vid, sino de cultivar ideas. Miren estas plantas, dijo el joven Gerónimo hijo, señalando las cepas retorcidas. Tienen raíces profundas, pero sus sarmientos siempre buscan el cielo nuevo. Así somos nosotros.
Esa noche, bajo la luna de San Martín, la familia comprendió que la leyenda de las gemelas estaba mutando. Ya no era solo una historia de hermanas separadas por el viento Zonda; era la historia de una tierra que, a pesar de los golpes militares y los cambios sociales, se negaba a dejar de soñar en voz alta.
Los jóvenes comenzaban a viajar diariamente a la ciudad de Mendoza para estudiar en la Facultad de Filosofía y Letras, Ciencias Políticas, Arte. El contraste era brutal: salían de la paz de la finca, con el olor a leña y tierra húmeda, para sumergirse en las asambleas universitarias donde se discutía el existencialismo y se criticaban las dictaduras, libros prohibidos, todo un mundo abierto a nuevos compromisos sociales, culturales incluso amorosos.
Pero el cambio más profundo fue estético, se vincularon estrechamente con el movimiento del Nuevo Cancionero, que había nacido pocos años antes en Mendoza, la música era la nueva forma de repartir el agua. Abuela, la poesía no es solo para los libros de papá, le decía a Gerónimo, mientras le hacía escuchar un disco de Mercedes Sosa. Esta mujer canta como ruge el viento Zonda. Es nuestra voz.
Las reuniones ahora se hacían en un viejo galpón de la propiedad de la fina, allí, entre el eco de las barricas, se juntaban jóvenes barbudos y chicas con ruanas a tocar la guitarra. Ya no eran solo zambas tradicionales; eran canciones con letra social, que hablaban del hachero, del viñatero y de la libertad. La difusión era artesanal pero imparable. Se grababan cintas de carrete abierto que pasaban de mano en mano por toda la zona y los nuevos vínculos sociales fuera del este, donde el arte era el arma y la poesía paz y amor.